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— ¿Quién soy yo? — preguntó.

Si hubiera hecho tal pregunta a una de las máquinas de información diseminadas por toda la ciudad, Alvin sabía de antemano la respuesta adecuada que hubiese recibido. Lo había hecho con frecuencia y la respuesta era invariablemente: «Eres un hombre». Pero ahora estaba encarándose con una inteligencia de otro orden muy diferente, y no era preciso emplear agudezas semánticas. El Computador Central, sabía lo que él quería decir; pero no suponía en sí que tuviera que responderle. Pero la respuesta fue justamente la que Alvin se había temido.

— No puedo responder a esa pregunta. Hacerlo, sería como revelar el propósito de los que me construyeron, y en consecuencia, anularlo.

— Entonces… el papel que yo juego en la vida fue planeado cuando se construyó la ciudad, ¿no es cierto?

— Eso mismo puede decirse de todos los hombres.

Aquella respuesta evasiva hizo que Alvin reflexionara. Era cierto, todos los habitantes de Diaspar habían sido diseñados tan cuidadosamente como las máquinas. El hecho de que fuese un Único, daba a Alvin una cierta rareza; pero no necesariamente una virtud especial.

Alvin sabía que no podría saber nada más allí con respecto al misterio de su origen. Resultaba inútil intentar emplear trucos con aquella vasta inteligencia o esperar que dejase escapar alguna información que hubiese sido ordenada mantener en secreto por el gran cerebro del Computador Central. El joven no se sintió realmente decepcionado, sintió que ya había comenzado a otear la verdad desde lejos, y en todo caso, aquélla no era la causa fundamental de su visita.

Miró al robot que había traído y pensó en la forma de dar el siguiente paso. Podría reaccionar violentamente, de conocer lo que estaba planeando, por lo que resultaba esencial que no pudiese oír lo que intentaba decir al Computador Central.

— ¿Puedes disponer de una zona de silencio? — preguntó.

Instantáneamente, sintió la inequívoca formación de una zona muerta, impenetrable, totalmente aislada de todo sonido, que se producía al crear aquella zona de aislamiento. La voz del Computador, ahora curiosamente enérgica y siniestra en cierto modo, le habló de nuevo.

— Nadie puede oírnos ahora. Di cuanto tengas que decir.

Alvin miró de reojo al robot, que no se había movido de su posición. Tal vez no sospechase nada y hubiera estado completamente equivocado al suponer que pudiese hacer planes por su propia cuenta. Podría muy bien haberle seguido a Diaspar como un sirviente confiado y leal, en cuyo caso lo que estaba planeando entonces no tenía por qué ocultarlo.

— Tienes que haber oído de la forma en que este robot — comenzó a decir Alvin —. Debe poseer conocimientos del pasado que no tienen precio, ya que proceden de los días en que nuestra ciudad aún no existía como ahora la conocemos. Puede incluso estar en condiciones de decirnos cosas respecto a otros mundos diferentes de la Tierra, ya que siguió al Maestro en sus viajes. Desgraciadamente, sus circuitos de lenguaje se hallan bloqueados totalmente. Ignoro de qué forma tan efectiva puedan estarlo; pero solicito de ti que los suprimas.

Su voz sonaba a hueco en aquella zona de silencio que absorbía cada palabra antes de que pudiese formar un eco. Esperó dentro de aquel vacío falto de reverberaciones, ya que su solicitud tenía que ser obedecida o rehusada.

— Tu orden implica dos problemas — replicó el Computador —. Uno es moral y el otro de orden técnico. Ese robot fue diseñado para obedecer las órdenes de cierto hombre. ¿Qué derecho tengo yo a contrarrestarías, aunque pudiera?

Era una pregunta a la que Alvin se había anticipado y para la que había preparado varias respuestas.

— No sabemos qué forma exacta tuvo la prohibición del Maestro — replicó. Si puedes hablar con el robot, podrías con toda seguridad persuadirle, de que las circunstancias en las que ese bloqueo fue impuesto, han cambiado.

Aquél era, evidentemente, el paso siguiente hacia su — objetivo. Alvin lo había intentado sin éxito; pero esperó —que el Computador Central, con sus recursos mentales — infinitamente más grandes, pudiese llevar a cabo lo que él había fallado en realizar.

— Eso depende completamente de la naturaleza de ese — bloqueo — fue la respuesta que le llegó a Alvin —. Es posible disponer un bloqueo mental, de tal forma, que entrometiéndose en él, tendría como causa final la erradicación de las células de memoria que lo han causado. Sin embargo, creo que el Maestro no poseyese suficiente destreza — como para hacer tal cosa; eso requiere unas técnicas altamente especializadas. Preguntaré a tu máquina si se ha insertado un circuito suprimible en sus unidades de memoria.

_Pero supongamos que tiene por causa la supresión de la memoria simplemente por preguntar si existe un circuito suprimible — advirtió entonces Alvin en una súbita alarma.

— Para tales casos, existe un procedimiento típico, que es el que voy a poner en práctica. Le insertaré unas instrucciones secundarias, diciéndole a la máquina que ignore mi pregunta, si tal situación existe en ella. Así, es simple asegurarse de que se convertirá en una paradoja lógica, de forma tal que tanto si me contesta o si no me dice nada, se verá forzado a desobedecer sus instrucciones. En tales casos, todos los robots actúan de la misma manera, por su propia protección. Se desentienden de sus circuitos de fuerza mecánica y actúan como si no se les hubiera hecho ninguna pregunta.

Alvin casi lamentó haber planteado aquella cuestión y tras un momento de lucha mental decidió que él también adoptaría la misma táctica y pretender que nunca había preguntado tal cuestión. Al menos había recibido la seguridad en un punto importante: el Computador Central se hallaba totalmente preparado para encararse con cualquier trampa que pudiera existir en las unidades de memoria de cualquier robot, de la clase que fuera. Alvin no tenía el menor deseo de ver su máquina reducida a una pila de chatarra, sino por el contrario, volver a toda costa a Shalmirane con él y sus secretos intactos.

Esperó con paciencia, mientras se llevaba a cabo el silencioso e impalpable encuentro de aquellos dos intelectos. Allí estaba produciéndose la reunión entre dos mentes, ambas creadas por el genio humano en una edad dorada, tiempo atrás perdida, en el más grande de sus logros científicos. Y ahora se hallaban mucho más allá de la completa comprensión de cualquier hombre viviente.

Muchos minutos más tarde, la hueca voz sin ecos del Computador Central, habló de nuevo.

— He establecido un contacto parcial con tu robot — le dijo —. Al menos, conozco la naturaleza del bloqueo y creo saber ahora por qué le fue impuesto. Sólo existe una forma de poder romperlo. El robot no volverá a hablar jamás, a menos que los Grandes no vuelvan a la Tierra.

— ¡Pero eso es absurdo! — protestó Alvin —. El otro discípulo del Maestro también creía en ellos y trató de explicar que eran como nosotros. La mayor parte del tiempo, lo que dijo fue una pura jerga. Los Grandes no han existido, y nunca existirán.

Aquello parecía un callejón sin salida y Alvin sintió un amargo desamparo. Se hallaba imposibilitado de conocer la verdad por los deseos de un hombre que había muerto hacía ya mil millones de años atrás.

— Puede que estés en lo cierto al decir que los Grandes nunca han existido — dijo el Computador Central —. Pero eso no significa que nunca existirán.

Se produjo otro silencio mientras que Alvin analizaba aquel comentario del Computador Central, en tanto que los dos robots volvían de nuevo a realizar otro delicado contacto. Y entonces, sin previo aviso, se encontró en Shalmirane.

CAPÍTULO XVII