— Sólo te estoy pidiendo que mires — suplicó Alvin —, no a que dejes la ciudad. ¡Creo que podrás hacerlo!
Durante su breve estancia en Airlee, Alvin había visto a una madre enseñar a andar a su hijito. Sin poderlo evitar, se le vino aquella escena a la memoria, al tener que coger por el brazo a su viejo tutor y ayudarle a seguir adelante por el corredor, dándole ánimos, mientras Jeserac avanzaba paso a paso con evidente resistencia contraria a su voluntad. Pero Jeserac, a diferencia de Khedrom, no era cobarde. Estaba preparado a luchar contra su compulsión y fue una lucha desesperada. Alvin estaba casi agotado al igual que el anciano en el momento en que llegaron a un punto desde donde se podía ver la totalidad de aquel inmenso e ininterrumpido océano del desierto que se extendía ante sus ojos.
Una vez allí, el interés y la extraña belleza de la escena, tan extraña para Jeserac y para todos los recuerdos de todas sus anteriores existencias, que pareció sobreponerse a sus temores. Estaba claramente fascinado por aquella inmensa vista de las dunas ondulantes y de las lejanas y distantes colinas, casi perdidas en la lejanía Eran ya las horas del atardecer y dentro de muy poco toda aquella tierra sería visitada por la noche que jamás llegaba a Diaspar.
— Te rogué que vinieses aquí —le dijo Alvin, hablando rápidamente como si apenas pudiese controlar su impaciencia— porque sé que te tienes merecido más derecho que ninguna otra persona a ver dónde me conducen mis viajes. Quería también que vieras el desierto y además que seas un testigo para que el Consejo sepa lo que he hecho.
«Como le dije al Consejo, traje este robot de Lys en la esperanza de que el Computador Central fuese capaz de quebrantar el bloqueo que le fue impuesto una vez en sus recuerdos, por el hombre que fue conocido por el Maestro. Mediante un truco que todavía no he comprendido muy bien del todo, el Computador lo hizo— Ahora, tengo acceso a todas las memorias de esta maravillosa máquina, lo mismo que a los sutiles dispositivos que se diseñaron en su interior. Voy a utilizar ahora una de sus habilidades. Observa.
Bajo una orden silenciosa que ni siquiera Jeserac pudo imaginar el robot flotó y salió volando fuera del túnel, a una velocidad enorme cada vez mayor, hasta que a los pocos segundos, sólo era perceptible como una mácula brillante de metal, a la luz del sol, en la distancia sobre el desierto. Volaba a baja altura sobre las dunas, con su aspecto de olas inmóviles y heladas, zigzagueando a veces pero dando la impresión de que buscaba algo, que Jeserac no podía ni imaginar siquiera.
Después, bruscamente, aquella manchita brillante, se elevó rápidamente hacía el cielo y quedó inmóvil a un millar de pies de altura. En el mismo momento. Alvin dejó escapar un suspiro de alivio y de satisfacción. Echó una mirada de reojo a Jeserac, como si quisiera decir: ¡Allí está!
Al principio, no sabiendo qué esperar, Jeserac no pudo apreciar ningún cambio en la escena. Después, y casi no dando crédito a sus propios ojos, vio que una nube de polvo comenzaba a levantarse lentamente del desierto.
No hay nada más terrible que el movimiento, allí donde no se espera movimiento alguno; pero Jeserac estaba ya desbordado por lo fantástico, cuando las dunas comenzaron a abrirse en un largo trecho como queriendo dejar algo al descubierto. Bajo las arenas del desierto, algo se movía, como un gigante despierto de un largo sueño y en el acto llegó a los oídos de Jeserac el ruido estruendoso de la tierra que se desploma y la conmoción de las rocas que se parten en dos por una fuerza irresistible. Entonces, súbitamente, un gran géiser de arena surgió en erupción a cientos de pies por el aire, escondiendo el terreno existente debajo.
Poco a poco, el polvo comenzó a sedimentarse, mostrando como una enorme herida dentada que se hubiese abierto en pleno desierto. Pero Jeserac y Alvin todavía tenían los ojos puestos en el cielo abierto donde hacía tan poco rato sólo permanecía suspendido el robot. Por fin Jeserac comprendió por qué Alvin se había mostrado tan indiferente a la decisión del Consejo y por qué no había mostrado emoción alguna cuando le dijeron que se había condenado la única salida de Diaspar.
Las capas de arena y tierra emborronaron algo; pero no pudieron ocultar las orgullosas líneas de una espléndida nave espacial que ascendía del hendido desierto. Mientras Jeserac observaba atónito, la nave espacial giró suavemente hacia ellos propia dirección. Hasta dirigirse rectamente en su Alvin comenzó a hablar rápidamente, como sí le faltase tiempo.
— Este robot fue designado para ser el acompañante del Maestro y servirle y más que todo, como el piloto de esa nave espacial. Antes de ir a Lys, ya había aterrizado en el Puerto de Diaspar que ahora yace bajo esa tumba de arena. Incluso en aquella época ya debió hallarse bastante abandonado, creo que la nave del Maestro fue tal vez una de las últimas que llegaron a la Tierra. Vivió algún tiempo en Diaspar antes de ir a Shalmirane; el camino debía estar abierto normalmente en aquella época lejana. Pero ya no volvió jamás a necesitar la nave espacial y durante todas estas edades pasadas ha permanecido oculta en la arena del desierto. Como la propia Diaspar, y como este mismo robot, y como todas las cosas a las cuales concedieron importancia los constructores del pasado, fue preservada por sus propios circuitos de eternidad. Teniendo sus propios recursos energéticos, nunca ha podido ser estropeada o destruida; las imágenes que llevan sus células de memoria no se han desvanecido nunca y esa imagen controla su estructura física.
La nave se encontraba ya muy próxima a la boca del túnel sobre el precipicio, yendo controlada por el robot y dirigida lentamente hacia la Torre. Jeserac pudo apreciar que tendría unos treinta metros de longitud y agudamente afilada en punta en ambos extremos. No se apreciaban aberturas ni ventanas de ningún género, aunque la espesa capa de tierra que la recubría hacía imposible el estar cierto de aquello.
Bruscamente, se abrió toda una sección de la nave, arrojando con ella la tierra que la recubría al exterior, y Jeserac captó un vistazo de una pequeña cabina con una segunda puerta al otro extremo. La nave estaba suspendida en el aire a un pie escaso de la entrada del aeroducto y se aproximaba suave y cautelosamente como un ser sensible.
— Adiós, Jeserac — le dijo Alvin —. No puedo volver a Diaspar para despedirme de mis amigos: por favor, hazlo por mí. Di a Eriston y a Etania que volveré pronto; de no ser así, les quedaré muy reconocido por cuanto han hecho por mí. También te quedo a ti muy agradecido, aunque no hayas aprobado la forma en que he aprendido muchas de tus lecciones. Respecto al Consejo… ¡diles de mi parte que un camino que se abre una vez no puede cerrarse de nuevo por el simple hecho de aprobar una resolución!
La nave era ya sólo una simple manchita perdida en el cielo, hasta que Jeserac la perdió de vista. Apenas si vio cómo desaparecía; pero a sus oídos llegó el eco procedente de los cielos del más aterrador ruido de cuantos el Hombre había producido… el trueno lejano y persistente del aire que cae, milla tras milla, a lo largo de un túnel al vacío súbitamente en la distancia del firmamento.
Aún después de haberse perdido todo eco lejano de la nave espacial y quedar nuevamente el desierto con su calma infinita, Jeserac continuó allí inmóvil. Estaba pensando en el muchacho que se había ido… ya que para Jeserac, Alvin siempre sería un chiquillo, el único llegado a Diaspar desde que el ciclo del nacimiento y la muerte se habían roto, tanto tiempo atrás en el pasado. Alvin nunca crecería; para él, la totalidad del universo era una cosa para jugar con ella, un rompecabezas a resolver para su propia distracción y entretenimiento. En aquel juego, había encontrado el último y más terrible juguete que podía hundir lo que quedaba de la civilización humana… pero ocurriese lo que ocurriese, para él siempre seguiría siendo un juego.