— ¿Quieres decir que los consejeros han venido a reunirse en persona? Yo creía que con vuestros poderes telepáticos tales reuniones serían innecesarias.
— Y lo son; pero hay veces en que son deseables. No conozco la exacta naturaleza de la crisis; pero ya han llegado tres senadores y el resto están a punto de aparecer.
Alvin no pudo por menos de sonreír en la forma en que los acontecimientos de Diaspar se habían reflejado allí. A donde quiera que fuese, parecía ir dejando un rastro de consternación y alarma tras él.
— Creo que sería una buena idea — dijo a Hilvar— si yo pudiese hablar ante vuestra Asamblea… en tanto en cuanto pueda hacerlo con la suficiente seguridad.
— Sería mucho más seguro para ti que vinieses en persona — le contestó su amigo, si la Asamblea promete no tratar de asaltar tu mente otra vez. Además, yo estaré donde tú estés. Llevaré también a tu robot a los senadores… creo que se sentirán más bien trastornados al verlo.
Alvin volvió a sentir aquella sensación de aprecio hacia su amigo y de alegría Interior al seguir a Hilvar hacia su casa. Ahora se enfrentaría con los gobernadores de Lys en igualdad de términos, y aunque no sentía rencor contra ellos, era muy agradable saber que entonces era el dueño de la situación y en posesión de poderes que ni siquiera él mismo tenía una perfecta idea de su grandioso alcance.
Se cerró la puerta de la sala de la conferencia y transcurrió algún tiempo antes de que Hilvar atrajese la atención de los allí reunidos. Las mentes de los senadores, al parecer, se hallaban tan completamente inmersas en intercambios telepáticos, que resultaba difícil interrumpir sus silenciosas deliberaciones. Después y como con cierta reluctancia, se deslizó una de las paredes hacia un lado y Alvin movió su robot rápidamente al interior de la sala de conferencias.
Los tres senadores se quedaron helados en sus asientos, mientras que volaba hacia ellos; pero sólo una chispa de sorpresa cruzó el rostro de Seranis. Tal vez Hilvar le hubiese enviado ya un aviso previo o quizá ella lo hubiese esperado, pensando que más pronto o más tarde, Alvin volvería.
— Buenas noches — dijo cortésmente, como si aquella simple entrada hubiera sido la cosa más natural del mundo. He decidido volver con vosotros.
La sorpresa excedió a cuanto esperaba, ciertamente. Uno de los senadores, un joven con algunos cabellos grises, fue el primero en recobrar su compostura.
— ¿De qué forma viniste hasta aquí? —le preguntó.
La razón para la sorpresa era evidente. Al igual que Diaspar había hecho, Lys había puesto el transporte subterráneo fuera de todo servicio.
— Pues de la misma forma que la última vez — repuso Alvin, sin poder resistir la tentación de divertirse un poco a costa de los gobernadores de Lys.
Dos de los senadores miraron fijamente al tercero, que extendió los brazos en un gesto de chasqueada resignación. Entonces, el joven que se había dirigido a él por primera vez, habló de nuevo.
— ¿Y no tuviste… ninguna dificultad?
— En absoluto — repuso Alvin en el acto, determinado a incrementar la confusión de sus oyentes. Comprobó entonces que su éxito era indiscutible —. He vuelto de nuevo — continuó —, por mi propia y libre voluntad y porque tengo algunas importantes noticias para vosotros. Sin embargo, en vista del anterior desacuerdo, permanezco fuera de vuestra vista por el momento. Si aparezco en persona ante vosotros, ¿prometéis no intentar de nuevo el restringir mis movimientos?
Nadie respondió durante un rato, y Alvin estuvo seguro de que mientras tanto se estaban intercambiando rápidas impresiones telepáticas. Al final, Seranis habló en nombre de todos.
— No intentaremos controlarte de nuevo, Alvin, aunque no pienso que antes tuviéramos éxito.
— Muy bien, pues. Estaré en Airlee tan pronto como pueda.
Alvin esperó que el robot estuviese de vuelta; después, con mucho cuidado, dio instrucciones a la nave estelar e hizo que se las repitiera. Estaba seguro de que Seranis no faltaría a su palabra; pero de todas formas, prefería tener salvaguardada su línea de retirada, por lo que pudiera ocurrir.
La cámara de compresión se cerró silenciosamente tras él al abandonar la nave. Un momento después, se oyó un murmurante silbido apagado, como un silencioso grito de sorpresa y el aire dejó paso a la nave que saltaba al espacio. Por unos instantes, una mancha oscura salpicó el cielo estrellado, para desaparecer de la vista casi al momento.
Hasta no desvanecerse por completo, Alvin no cayó en la cuenta de que había hecho una ligera y preocupante equivocación posible, que muy bien pudiera acarrearle el desastre de todos sus planes. Había olvidado que los sentidos del robot eran mucho más agudos que los suyos propios y que la noche era mucho más oscura de lo que habría esperado. Más de una vez perdió el sendero por completo, en su camino hacia Airlee y varias veces apenas si pudo evitar el chocar contra los árboles. En los bosques reinaba una casi completa oscuridad y una vez vio algo bastante grande de tamaño que se dirigía hacia él a través de la espesura. Se produjo un ligero aleteo y dos ojos de color esmeralda le miraron a la altura del pecho. Llamó a aquella criatura con voz suave y una lengua increíblemente larga raspeó contra su mano. Momentos después un cuerpo poderoso se frotaba afectuosamente contra él y se marchó sin el menor ruido. No pudo tener idea de lo que habría sido.
A poco, las luces de la pequeña población brillaron entre los árboles que tenía frente a él y ya no tuvo necesidad de la guía que le hubiese podido ofrecer el sendero de acceso a Airlee, ya que bajo sus pies se extendía todo un río de una intensa luz azul. El musgo sobre el que caminaba, era luminiscente y sus pisadas iban dejando oscuras manchas que desaparecían lentamente tras él. Fue una hermosa entrada en Airlee y queriendo comprobar aquel misterioso musgo fluorescente, Alvin tomó un puñado entre sus manos que brilló durante unos minutos antes de desvanecerse su luminiscencia.
Hilvar le salió al encuentro al exterior de la casa y por segunda vez le presentó a Seranis y a los senadores. Le saludaron con una especie de bondadosa y algo retraída cortesía y respeto. Si quisieron saber a dónde habría ido a parar el robot, al menos no lo dieron a entender.
— Lo lamento mucho comenzó a decir Alvin— de que tuviera que abandonar vuestro país en una forma tan poco digna. Es posible que os interese saber que fue casi tan difícil como el abandonar Diaspar… — Dejó unos instantes en suspenso su discurso para que hiciera efecto su observación, para continuar—: He hablado a mi pueblo respecto a lo que es Lys e hice cuanto estuvo en mis manos para darles la más favorable de las impresiones. Pero Diaspar no quiere saber nada con vosotros. A despecho de cuanto pude decirles en vuestro favor, Diaspar se muestra enemiga de contaminarse con una cultura inferior y quiere evitarlo por todos los medios.
A Alvin le resultó de lo más satisfactorio el presenciar las reacciones de los senadores e incluso la educada Seranis enrojeció visiblemente ante sus palabras. De poder enfrentar a Diaspar y a Lys lo suficientemente, su problema estaría casi más que medio resuelto. Cada una de las dos partes se hallaba tan ansiosa de demostrar la superioridad de su forma de vida, que las barreras existentes entre los dos territorios pronto habrían caído para siempre.
— ¿Por qué has vuelto de nuevo a Lys? — preguntó Seranis.
— Porque quiero convenceros a vosotros, lo mismo que a Diaspar, de que habéis cometido todos un grave error. — No añadió ninguna razón… la de que en Lys estaba el único amigo con quien estaba seguro de contar y cuya ayuda necesitaba en aquel momento.
Los senadores continuaron silenciosos, esperando a que continuase Alvin en su disertación, y éste comprendió que a través de los ojos de los allí presentes y escuchando por sus oídos, había muchas otras personas invisibles en la sala de conferencias, de poderosas inteligencias. El actuaba como representante de Diaspar y la totalidad de Lys estaba juzgándole por aquello que pudiera decir. Era una enorme responsabilidad y se sintió un tanto amilanado ante ella. Dominó valientemente sus pensamientos y continuó: