Su tema fue concretamente Diaspar. Pintó a la ciudad inmortal tal y como la había visto, soñando en el corazón del desierto, con sus enormes torres resplandeciendo como cautivos arco iris luciendo contra el cielo. Del tesoro de su memoria, recordó líricamente los cantos que los escritores y poetas antiguos habían escrito en alabanza de Diaspar, y se refirió al incontable número de hombres que habían empleado sus vidas en embellecer la ciudad. Ningún ser humano, por mucho tiempo que hubiera vivido, podría haber agotado los inmensos tesoros de la ciudad inmortal, ya que siempre existía algo nuevo. Contó con detalle algunas de las muchas maravillas que los hombres de Diaspar habían conseguido, tratando de calar en la mente de los que le escuchaban, para darles una visión aproximada, algunos de los encantos que los artistas del pasado habían creado genialmente para la eterna admiración de los hombres. Remarcó incluso, que la música de Diaspar era el último sonido que la Tierra hubiera esparcido entre las estrellas.
Le escucharon hasta el fin, sin interrumpirle y sin formularle preguntas. Cuando acabó, era ya bastante tarde y Alvin se sintió realmente cansado, tanto como jamás recordó haberlo estado en toda su vida. El esfuerzo y la excitación de aquel largo día había podido más que su voluntad y sin apenas darse cuenta se quedó profundamente dormido.
Cuando despertó, se halló en una habitación extraña y transcurrieron algunos momentos antes de darse cuenta de que no estaba realmente en Diaspar. Conforme retornaba su consciencia, la luz fue aumentando en su entorno hasta hallarse bañado en el suave y frío resplandor del sol de la mañana, filtrándose por las traslúcidas paredes. Permanecía en una especie de duermevela recordando los acontecimientos del día anterior y especulando sobre qué poderes y fuerzas tendrían ahora que ponerse en acción.
Con un suave y musical sonido, una de las paredes comenzó a replegarse sobre sí misma en una forma tan sutil y extraña que escapaba a sus propios ojos. Hilvar entró por la abertura y miró a Alvin con una expresión medio divertida y medio preocupada.
— Ahora que estás despierto, Alvin, tal vez quisieras explicarme cuál va a ser el próximo paso que vas a dar, al menos, y cómo vas a arreglártelas para volver aquí. Los senadores acaban de ir a echar un vistazo al sistema de transporte subterráneo, ya que no pueden comprender en modo alguno cómo viniste por él. ¿Fue así como viniste a Lys?
Alvin se tiró de la cama y se desperezó con fuerza mientras decía:
— Quizá será mejor que vayamos a su encuentro No quiero que pierdan el tiempo lastimosamente. Y respecto a la pregunta que acabas de hacerme… dentro de poco te mostraré la respuesta.
Casi habían llegado hasta el lago antes de alcanzar a los tres senadores, y ambos grupos se intercambiaron los saludos de rigor. El Comité de Investigación pudo comprobar que Alvin sabía a donde iba y su inesperado encuentro les dejó en cierta forma perplejos.
— Me temo que os confundí la noche pasada — dijo Alvin alegremente —. No vine a Lys por la antigua ruta; pero vuestro intento de cerrarla fue totalmente innecesario. De hecho y como cosa cierta, El Consejo de Diaspar también ha cerrado el otro extremo, con la misma falta de éxito.
Los rostros de los senadores eran un verdadero estudio de perplejidad mientras que una solución tras otra, discurría a través de sus mentes.
— Entonces ¿cómo llegaste hasta aquí? —le preguntó el jefe del grupo. Entonces pareció surgir una chispa de comprensión en sus ojos y a Alvin le pareció que había comenzado a sospechar la verdad. Especuló sobre si la orden que había dado había sido interceptada a través de las montañas. Pero no dijo nada, limitándose a señalar hacia el cielo del norte.
Demasiado rápido para seguirse con la vista, algo en forma de una gran aguja plateada y luminosa se arqueó por sobre las montañas dejando detrás de sí un rastro de una milla de incandescencia. Se detuvo a unos veinte mil pies encima de Lys, permaneciendo allí como una estrella brillante. No se produjo deceleración ninguna, ni frenazo aparente en tan colosal velocidad. Se detuvo instantáneamente, de forma tal que los ojos que le habían seguido en su marcha cruzaron un cuarto del cielo aparente para volver a comprobar más atrás el sorprendente fenómeno de aquella fabulosa nave espacial. A los pocos instantes, pareció desprender de los cielos un trueno; el sonido producido por el aire al ser batido y aplastado por la violencia del paso de la nave. Un poco más tarde, la propia nave, brillando esplendorosamente a la luz del sol, se detuvo silenciosamente en la falda de una colina a un centenar de yardas de distancia.
Resultaba difícil decir quién estaba más asombrado; pero Alvin fue el primero en recobrarse. Conforme se aproximaban, casi corriendo hacia la nave, el joven se preguntó si siempre viajaría de aquella forma meteórica. El pensamiento era desconcertante, aunque lo cierto es que viajando en su interior, no se notaba la menor sensación de movimiento. Considerablemente más desconcertante, sin embargo, era el hecho de que el día de antes, aquella resplandeciente maravilla mecánica hubiera permanecido escondida bajo una espesa capa de roca dura como el hierro; la envoltura que aún retenía al ser liberada de las entrañas del desierto. No fue sino hasta que Alvin llego a la nave y se quemó los dedos al dejarlos posar incautamente sobre el casco, cuando comprendió lo sucedido. Cerca de la popa, aún quedaban restos de tierra; pero se habían fundido en lava. Todo lo demás había desaparecido, dejando al descubierto la Purísima estructura metálica que ni el tiempo, ni ninguna fuerza natural, pudo haberla afectado.
Con Hilvar a su lado, Alvin se irguió en la puerta abierta de la nave y se volvió hacia los silenciosos senadores. Quiso saber en qué estarían pensando y qué… por cierto, pensaría todo Lys. A juzgar de sus expresiones, parecía que se hallasen más allá de todo pensamiento…
— Voy a ir a Shalmirane — dijo Alvin— y volveré a Airlee en una o dos horas. Pero esto es sólo el principio, y mientras estoy ausente hay algo que quiero que sepáis. Este no es un aparato volador de cualquier clase, de la que los hombres utilizaban para volar sobre la Tierra en tiempos pasados. Es una nave estelar, una de las más rápidas jamás construidas por el genio humano. Si queréis saber dónde la encontré, tendréis que ir a Diaspar y encontrar allí la solución. Pero es preciso que vayáis, ya que Diaspar nunca vendrá aquí.
Se volvió hacia Hilvar y le hizo una señal hacia la puerta. Hilvar vaciló un solo instante, mirando el paisaje que le era tan familiar a su alrededor. Después se introdujo en la cámara de compresión.
Los senadores se quedaron observando hasta que la nave estelar que viajaba despacio, ya que era un corto espacio de recorrido, desaparecía hacia el sur. Después, el joven de cabellos grises, que encabezaba el grupo, se encogió filosóficamente de hombros y se volvió hacia sus colegas.
— Siempre os habéis opuesto a cualquier cambio — les dijo. Y hasta ahora habéis vencido. Pero no creo ahora que el futuro se encuentre de nuestra parte, en ningún grupo. Lys y Diaspar han llegado ambos al final de una era, y es preciso que saquemos de ello el mejor partido.
— Me temo que tienes razón — fue la respuesta sombría que se produjo. Esto es una crisis y Alvin sabe muy bien lo que ha dicho, al indicarnos que tenemos que ir a Diaspar. Ellos ya tienen noticias nuestras, por lo que resulta inútil seguir ocultando nada. Creo que es mucho mejor que nos pongamos en contacto con nuestros antiguos parientes… y creo que podremos hallarlos mucho más ansiosos de cooperar ahora.