Fue Hilvar el que habló en palabras con los pensamientos de ambos conforme los Siete Soles brillaban más y más frente a ellos.
— Alvin — hizo notar— esa formación no es posible que sea natural.
El otro asintió con un gesto.
— Lo he estado pensando durante mucho tiempo; pero todavía sigue pareciéndome fantástico.
— Ese sistema puede no haber sido construido por el Hombre convino Hilvar— pero puede haber sido creado por la inteligencia. La Naturaleza nunca ha podido crear tan perfecto círculo de estrellas, todas igualmente brillantes. Además, no existe nada en el Universo visible como ese Sol Central.
— Entonces ¿por qué pudo haber sido hecha semejante cosa?
— Oh, para mí pueden existir varias razones. Tal vez sea una señal, para que cualquier nave extraña que entrara en nuestro universo supiese dónde buscar la Vida. Quizá marque el centro de la administración galáctica. O, quien sabe, y creo que ésta sea la única plausible explicación, es sencillamente la más grande de las obras de arte. Dentro de pocas horas conoceremos la verdad.
«Conoceremos la verdad». Tal vez, pensó Alvin; pero ¿qué parte de esa verdad y en qué cuantía podremos conocerla? Le pareció extraño, que entonces, cuando había abandonado a Diaspar y por supuesto la propia Tierra, a una velocidad más allá de toda comprensión, su mente se volviera una vez más hacia el misterio de su origen. Así y todo, tal vez no fuese tan sorprendente, había ya aprendido muchas cosas desde su primera llegada a Lys; pero desde entonces no había tenido un momento de respiro para la reflexión serena de las cosas.
No había nada que pudiera hacer, sino permanecer sentado y esperar; su inmediato futuro estaba controlado por aquella maravillosa máquina… seguramente uno de logros supremos de la ingeniería de todos los tiempos, y que entonces le transportaba hacia el propio corazón del universo. Entonces era llegada la hora de la reflexión y los pensamientos, tanto si lo deseaba como si no. Pero primero quiso decirle a Hilvar todo lo que le había ocurrido desde su escapada apresurada de Lys tan sólo dos días antes.
Hilvar absorbió todo el relato, sin hacer ningún comentario, y sin exigir explicaciones; daba la impresión de comprenderlo todo en el acto en que Alvin lo iba describiendo, sin mostrar signos de sorpresa incluso cuando escuchó la conversación sostenida con el Computador Central y la operación que había realizado sobre la mente del robot. No es que fuese incapaz de maravillarse; pero aquella historia del pasado estaba tan llena de maravillas que podían emparejarse muy bien con el relato de Alvin.
— Resulta evidente — dijo, al acabar Alvin— que el Computador Central tiene que haber recibido instrucciones especiales con respecto a ti cuando fue construido. Tienes ya que haber imaginado el porqué.
Creo que sí. Khedrom me dio parte de la respuesta cuando explicó de qué forma los hombres hubieron diseñado y concebido a Diaspar y tomaron las medidas necesarias para prevenir que se convirtiera en algo sujeto a la decadencia.
— ¿Crees, pues, que tú y los otros Únicos anteriores a ti sois parte del mecanismo social que preserva el estancamiento completo de Diaspar? Claro; de esa forma, los Bufones son los factores correctores de ese defecto a corto plazo y tú y tus congéneres a otro mucho más largo.
Hilvar había expresado la idea mucho mejor que Alvin hubiera podido hacerlo aunque no era exactamente lo que tenía en el pensamiento.
— Creo que la verdad es algo mucho más complicado que todo eso. Parece como si hubiese existido un conflicto opinión cuando se construyó la ciudad, entre aquellos que deseaban cerrarla totalmente del mundo exterior y los que deseaban mantener ciertos contactos con él. Debió ganar la primera facción, pero los otros no admitieron la derrota. Creo que Yarlan Zey tuvo que haber sido uno de sus líderes; aunque no tuvo suficiente poder como para poder haber actuado abiertamente. Hizo cuanto pudo en tal sentido, dejando en funcionamiento el sistema subterráneo de comunicaciones, de tal forma que se asegurase de que a largos intervalos alguien de los que fueran saliendo de la Sala de la Creación, que no compartiese los temores de sus conciudadanos, pudiera utilizarlo y escapar. De hecho, estoy pensando si… — Y Alvin se detuvo, con los ojos velados por un pensamiento que por un momento le abstrajo de su entorno.
— ¿En qué estás pensando ahora? — preguntó Hilvar.
— Acaba de ocurrírseme… que tal vez sea yo Yarlan Zey. Es perfectamente posible. Tuvo muy bien que haber insertado su personalidad en los Bancos de Memoria confiando en romper el molde de Diaspar antes de que se hallase firmemente establecido. Un día puede que descubra lo que ha sido de esos otros Únicos anteriores a mí; ello ayudaría a llenar la laguna existente en la imagen completa de todo el misterio.
— Y Yarlan Zey, o quienquiera que fuese, daría también instrucciones al Computador Central para que prestase especial ayuda a los Únicos, cuando fuesen creados — musitó Hilvar, siguiendo aquella línea de razonamiento.
— Exactamente. Lo irónico del caso, es que pude haber obtenido toda la información que precisaba, directamente del Computador Central, sin especial asistencia por parte de Khedrom. Me habría dicho más de lo que me dijo. Pero no hay duda de que el Bufón me ahorró mucho tiempo y de que me enseñó muchas cosas de las que yo pude haber aprendido por mí mismo.
Creo que tu teoría cubre muy bien los hechos conocidos — intervino Hilvar con cautela —. Desgraciadamente, deja abierta la mayor de todas las interrogantes; el propósito original de Diaspar. ¿Por qué trató tu pueblo de pretender que el mundo exterior no existía? Esta es la pregunta que quisiera ver contestada.
— Es precisamente la pregunta a la que intento hallar su réplica justa — replicó Alvin —. Pero no sé dónde… ni cómo.
Y así continuaron argumentando y soñando, mientras que hora tras hora los Siete Soles iban aproximándose hasta llenar por completo aquel misterioso túnel oscuro como la noche en donde la nave volaba como el pensamiento. Después, una por una, las seis estrellas se desvanecieron en el anillo exterior, al borde de la oscuridad, quedando únicamente el Sol Central a la vista. Aunque podía hallarse evidentemente en su propio espacio, seguía brillando con la luz perlada que la distinguía de las otras seis que formaban el anillo. Minuto tras minuto, fue incrementando su brillo hasta que dejó de ser un punto para transformarse en un pequeño disco. Y a poco, el disco fue ensanchándose…
Se produjo el más breve de los avisos: por un instante, una nota profunda y vibrante como la de una campana, resonó por la cabina. Alvin se aferró con los brazos al asiento, aunque fuese un gesto inútil.
De nuevo, los grandes generadores de la nave estelar estallaron llenos de vida y con una brusquedad casi cegadora, las estrellas reaparecieron en el cielo. La nave había surgido del hiperespacio al espacio normal, al universo de soles y planetas, al mundo natural en que nada podía moverse a velocidad mayor que la de la luz.
Se encontraban ya dentro del sistema de los Siete soles, ya que el gran anillo de globos multicolores dominaba el firmamento visible. ¡Y qué firmamento! Todas las estrellas que habían conocido, todas las constelaciones familiares, habían desaparecido. La Vía Láctea ya no era la banda lechosa que podía apreciarse a un lado de los cielos; los cosmonautas se encontraban ahora en el centro de la creación y su gran círculo dividía el universo en dos. La nave se dirigía rectamente hacia el Sol Central, y las seis otras estrellas que formaban el círculo a su alrededor eran como joyas de colores diversos dispuestas alrededor del cielo. No lejos de la más próxima de ellas, se observaban ya las diminutas chispas de luz de sus planetas en órbita; mundos que deberían tener un enorme tamaño para ser apreciados desde tan colosal distancia.