– Así es -dijo.
Forester tenía en la mano una pieza de tejido azul, que estudiaba atentamente. En realidad, se estaba esforzando en mantener sus ojos fijos en la tela. Sospechaba que no se fiaba de poder ser capaz de contener su expresión si se cruzaban nuestros ojos, y a mí aquello me pareció un detalle que me sería útil tener en cuenta. Forester no se creía capaz de disimular.
– ¿Qué es lo que queréis? -me preguntó ahora Ellershaw.
– Solo venía a veros, ya que vos me buscabais, señor -respondí.
– Ahora no tengo tiempo para vos -replicó-. ¿No veis que estamos ocupados con cosas que no son de vuestra incumbencia? ¿No sois de mi misma opinión, Forester?
El aludido seguía sin levantar la vista.
– Así es -remachó-. Un hombre de su condición no tiene nada que aportar a nuestra discusión.
– Pues a mi me parece que eso que decís es una afirmación exagerada -le espetó Ellershaw-. Puede que Weaver no sea un hombre de la Compañía, pero es un tipo inteligente. ¿Pensáis que tenéis algo que decirnos, Weaver?
– No sé de qué discutís -dije.
– Nada que pueda interesaros -murmuró Forester.
– Hablamos de estas telas. Lo que estáis viendo, Weaver, son los tejidos que el Parlamento, que ojalá vaya a pudrirse al infierno, nos permitirá vender en el mercado interior después de Navidades. Como podéis ver, se trata de un plan un tanto diabólico. La mayor parte de nuestro comercio en estas islas se centrará ahora en estos tejidos azules -sostuvo en alto una pieza de algodón azul claro-, y mucho me temo que el comercio que podamos hacer sea una mera sombra del que manteníamos antes.
Guardé silencio.
– Como podéis ver -dijo Forester-, este hombre no tiene experiencia ni interés en estos asuntos. No quiero ofenderlo, pero no es una persona cuya opinión debáis solicitar.
– ¿Para qué se usa ahora esta tela? -pregunté.
– Pañuelos -dijo Ellershaw-. Medias, lazos y otros accesorios semejantes, y también para vestidos para las damas, naturalmente.
– ¿No sería prudente -sugerí- animar a los hombres que siguen la moda a que se hicieran sus trajes de este material?
Forester soltó una fuerte carcajada.
– ¿Un traje, decís? Ni el más necio de los petimetres se atrevería a lucir un color tan femenino. Esa idea es ridícula.
– Tal vez lo sea -dije encogiéndome de hombros-. Pero el señor Ellershaw observó que la clave del éxito es permitir que los almacenes dirijan la moda y no que la moda dicte lo que se deba almacenar. Podéis vender tanto género de este tipo como deseéis, sin que la Compañía deba esforzarse en cambiar los gustos del público en vez de amoldar vuestro producto a sus percepciones. Como se me ha dado a entender, solo necesitáis cierto número de trajes de este color y darlos a un número suficiente de caballeros que crean la moda para que este color deje de ser absurdo. Y, si tenéis éxito, para la temporada que viene nadie se acordará ya de una época en la que los trajes de este tono de azul eran impopulares.
– ¡Bobadas! -dijo Forester.
– No -replicó, pensativo, Ellershaw-. Tiene razón. Eso es lo que hay que hacer. Empezad a enviar notas a vuestros asociados en el mundo de la moda. Concertad citas para que un sastre vaya a visitarlos.
– Pero, señor…, eso solo va a ser una pérdida de tiempo y esfuerzos -objetó Forester-. Nadie querrá llevar un traje de ese absurdo color.
– Todo el mundo llevará estos trajes -lo corrigió Ellershaw-. Bien pensado, Weaver. Con menos de dos semanas para el inicio de la asamblea, tal vez logre asegurar mi puesto. Volved ahora a vuestras obligaciones. Luego tendré más que deciros.
Aquella noche, a la hora acordada, Carmichael y yo nos encontramos detrás del almacén principal. El cielo estaba más oscuro de lo normal -nublado, sin luna y con ocasionales ráfagas de cellisca-, y aunque la finca estaba bien iluminada, había amplias zonas de sombra por las que podíamos avanzar en silencio. Los perros estaban ya familiarizados con mi olor y lo pasarían por alto, y conocíamos, además, las horas de las patrullas, las rondas que harían los vigilantes, por lo que no nos sería difícil movernos en la fría y oscura noche.
Carmichael me llevó hacia el extremo norte de los terrenos de la Casa de las Indias Orientales, donde se alzaba el edificio llamado Greene House. Tenía cuatro pisos de altura, pero era estrecho y no estaba en buen estado. Había oído decir que tenían pensado derribarlo en algún momento del próximo año.
La puerta, naturalmente, estaba cerrada, pues a los vigilantes no les estaba autorizado acceder al interior para que no tuvieran la tentación de llevarse cualquier cosa que pudiera haber dentro. Pero a mí, como capataz de los vigilantes, nadie iba a impedirme acceder y, tras aguardar a uno de los hombres que hacían la ronda, que tenía los andares tambaleantes de quien ha estado bebiendo demasiada cerveza durante el trabajo, entramos allí.
Yo había tenido la precaución de esconder velas y yesca donde pudiera encontrarlas después, así que luego, en el espacio oscuro y resonante, me volví para mirar el rostro de Carmichael, que el parpadeo de la llama parecía agitar.
– ¿Adonde vamos? -pregunté.
– Hacia arriba. Está en el piso más alto, que ya no se emplea porque cuesta muchísimo acarrear cajones subiéndolos y bajándolos de allí. Y la escalera no es nada del otro mundo, así que tendremos que ir con mucho cuidado. Deberéis apartar de la ventana la luz que lleváis, si no queréis que alguien la vea desde abajo. No hay forma de saber quiénes son hombres de Aadil y quiénes no.
Era un buen consejo, sin duda, y por eso le tendí la vela y decidí ponerme en sus manos. Se me ocurrió como muy posible que Carmichael pudiera no ser lo que parecía, que pudiera no ser de fiar o no estar decidido a ayudarme. Yo ya había encontrado allí más agentes dobles de lo que es normal incluso en instituciones como esas compañías, que alientan las puñaladas por la espalda de la misma manera que los asilos crían putas. A pesar de todo, a mí no me quedaba otra elección que seguir adelante, y así lo hice, procurando no apartarme de mi guía.
Cuando llegábamos al último piso, Carmichael se volvió hacia mi:
– A partir de aquí, la cosa se pone algo más difícil.
Levantó la vela y comprendí enseguida lo que quería decir. Los escalones parecían estar en ruinas y a punto de desmoronarse, sin ninguna señal que indicara qué parte de ellos resistiría el peso de un hombre y qué otra parte se desmoronaría con solo pisarla. Supuse que no podían ser tan frágiles como parecían, porque en tal estado Aadil y los suyos no podrían subir los cajones hasta el cuarto piso. Sin embargo, procuré que mis pies pisaran exactamente los lugares en que lo hacía Carmichael.
Cuando llegamos al rellano, mi guía me condujo por un polvoriento corredor que se abría a la izquierda, hasta que llegamos por él a una puerta. Probé a abrirla, pero vi que estaba cerrada con llave. Yo ya iba preparado, no obstante, y saqué del bolsillo un juego de ganzúas, que brillaron al dar en ellas la luz de la vela que llevaba Carmichael. Pero este no quiso ser menos: vi, a la escasa luz, que sus labios se curvaban en una sonrisa mientras hurgaba en sus ropas y sacaba de ellas una llave.
– No dudo de que seréis hábil con esas ganzúas, señor, pero creo que esta conseguirá lo que queremos de forma más sencilla.
Guardé las ganzúas y asentí. Después, tomando la vela para darle luz, vi cómo insertaba la llave, daba una vuelta al pomo, empujaba y abría la puerta. Finalmente, con un gesto teatral, que me pareció fruto de algo que no era simple cortesía, me invitó a pasar yo primero.
Así lo hice, levantando en alto mi vela para iluminar una amplia, si no enorme, estancia, llena de cajones de diferentes tamaños. Algunos estaban apilados hasta llegar casi al techo, otros diseminados por el suelo aquí y allá en aparente desorden. Todos estaban cerrados.
Bajé la vela, y al distinguir una palanqueta de hierro, la así y me acerqué al cajón que tenía más cerca.