– ¿Cómo puede estar muerta? -exclamó.
Aquella confusión con el género comenzaba a agotar mi paciencia.
– Es un asunto bastante turbio -dije-. Hay muchos detalles en él que aún no acabo de comprender; pero lo cierto es que hay quienes creen que la Compañía de las Indias Orientales puede haber tenido algo que ver en su muerte.
– ¡La Compañía de las Indias Orientales! -repitió Teaser con una mezcla de rabia y de dolor-. Oh… Yo ya le advertí que no se cruzara en su camino, pero ella no quería escucharme. No, no me hacía caso. Owl siempre tenía que hacer las cosas a su aire.
Dado que, en el momento de su muerte, el personaje en cuestión estaba casado con tres mujeres, por lo menos, y mantenía relaciones con sodomitas, no pude encontrar ninguna razón para contradecir lo que afirmaba de él Teaser.
– Sé que esto debe de ser un golpe terrible para vos -dije-, pero debo pediros, sin embargo, que respondáis ahora algunas de nuestras preguntas.
– ¿Por qué he de hacerlo? -preguntó, manteniendo el rostro oculto entre sus manos-. ¿Por qué debería ayudaros?
– Porque se nos ha pedido que identifiquemos al autor de un crimen tan terrible y lo pongamos en manos de la justicia. ¿Podríais decirme por qué pensabais que la Compañía de las Indias Orientales lo deseaba muerto?
– ¿Quién os ha contratado? -preguntó-. ¿Quién desea que se haga justicia?
Comprendí que nos hallábamos en una encrucijada. Ya no podría dar marcha atrás y lo cierto era que estaba cansado de engaños y medias verdades. Cansado de estar llevando una investigación a medias. Deseaba llegar al final. Así que se lo dije:
– Me ha contratado un hombre llamado Cobb.
– Cobb… -repitió Teaser-. ¿Por qué habría de querer eso él?
Difícilmente puede imaginar el lector la fuerza que tuve que hacer para no saltar inmediatamente de mi asiento. Nadie en los círculos sociales o de negocios de Londres había oído hablar nunca de Cobb, pero allí, en aquel burdel, un homosexual liado con un individuo que a su vez tenía tres esposas, repetía su nombre como si fuera para él algo tan común como el polvo. Y, sin embargo, yo era consciente de que, si quería que él confiara en mí, tendría que demostrar mi autoridad y reprimir mi sorpresa.
– No estoy en condiciones de responder a vuestra pregunta -le dije, como si el asunto no fuera conmigo-. Pero Cobb es el hombre que me contrató. Los motivos que pueda tener son cosa suya. Aunque encuentro que resultaría interesante conocerlos. Tal vez podríais especular sobre el tema.
Teaser se levantó del asiento con tanta prisa, que casi saltó.
– Debo irme -dijo-. He de echarme un rato. Yo… yo quiero ayudaros, señor Weaver. Quiero que se haga justicia. Os lo aseguro. Pero no puedo hablar en este momento. Dejad que vaya a echarme un rato, para llorar, para ordenar mis pensamientos.
– Por supuesto -dije, lanzando una mirada a Madre Clap, porque no quería abusar de su hospitalidad. Ella expresó su consentimiento con una inclinación de la cabeza.
Teaser salió enseguida de la habitación y los tres nos quedamos sumidos en un embarazoso silencio.
– No os habéis esforzado gran cosa en suavizar el golpe -dijo Madre Clap-. Tal vez pensáis que los homosexuales no sienten el amor como vos.
– Nada de eso -respondí, sintiéndome un tanto irritado. Madre Clap daba la impresión de pensar que mi insensibilidad hacia los sodomitas era la raíz de todos los males del mundo-. Lo que pasa es que, a la hora de tener que dar malas noticias como esa, sé por experiencia que no existe forma bondadosa, sensible o amable. La noticia es la que es, y resulta mucho mejor darla que intentar limar su aspereza.
– Ya veo que no entendéis la situación. Owl no era meramente un amigo de Teaser, ni tanto solo su amante. Owl era su esposa.
– Su esposa -dije, haciendo un gran esfuerzo por mantener serena mi voz.
– Tal vez no lo fuera a los ojos de la ley, pero sí, sin duda, a los ojos de Dios. Es más, la ceremonia fue celebrada por un ministro anglicano, un hombre que se desenvuelve en el mundo con la misma facilidad y tan libre de prejuicios como vos, señor Weaver.
Evidentemente aquella mujer sabía muy poco de mi vida; dejé pasar su afirmación.
– ¿Aquí los hombres se casan unos con otros?
– Sí, claro. Uno asume el papel de esposa, y en adelante es designado siempre como «ella», y su unión es tan firme e inquebrantable como la que se da entre un hombre y una mujer.
– ¿Y en el caso del señor Teaser y Owl? -preguntó Elias-. ¿Formaban también una pareja inquebrantable?
– Por parte de Teaser, ciertamente sí -dijo Madre Clap, con cierta tristeza-, pero me temo que Owl haya sido más variable siempre en sus intereses…
– ¿Con respecto a los otros hombres? -pregunté.
– Y, si queréis saberlo, con respecto a las mujeres, también. Muchos de los hombres que acuden aquí, si encontraran aquí su camino, jamás desearían el cuerpo de una mujer, pero otros han desarrollado ese apego y no son capaces de dejarlo. Owl era una de estas.
– Si me permitís el atrevimiento de decíroslo, no me sorprende lo que me contáis -observé.
– ¿Porque pensáis que todos los hombres deben sentirse atraídos por el cuerpo de la mujer?
– No, no es por eso. Sino porque el señor Absalom Pepper, al que llamáis Owl, estaba casado al mismo tiempo con tres mujeres por lo menos. Era polígamo, señora, y creo que un desvergonzado oportunista también. Barrunto que Pepper quería utilizar al señor Teaser para algún propósito suyo. Que, con este fin, debió de seducir al pobre hombre para ablandarle el corazón y abrirle la bolsa.
– El hombre -observó Madre Clap- está siempre intentando abrir una bolsa u otra.
Madre Clap fue a abrir los labios para dar forma a su pensamiento, pero la interrumpió un fuerte estrépito proveniente del exterior de nuestra estancia. A esto siguieron varios gritos, ásperos unos y varoniles, y en falsete otros de una voz de hombre imitando voz de mujer. Escuché el estruendo de objetos pesados cayendo y nuevos gritos, estos graves y con tono de autoridad.
– ¡Dios bendito! -Madre Clap se levantó de su asiento con una agilidad sorprendente para una mujer de su edad. Su tez había perdido el color; tenía los ojos muy abiertos, y los labios, blancos-. Es una redada. Sabía que esto tenía que pasar algún día.
Abrió la puerta y salió corriendo. Oí una voz confusa que exigía que alguien se detuviera en nombre del rey, y otra que gritaba que alguien lo hiciera en nombre de Dios. Me pareció muy difícil probar que alguien estuviese allí fuera actuando con la autoridad de cualquiera de los dos.
– Son los hombres de la Reforma de las Costumbres -dijo Elias-. Esa es la razón de que se encontraran frente a la casa; estarían coordinando una redada con los alguaciles. Tenemos que llegar hasta Teaser. Si lo detienen, es posible que ya nunca volvamos a verlo.
No hacía falta que completara su pensamiento. Si arrestaban a Teaser, existía una gran probabilidad de que estuviera muerto antes de que pudiéramos llegar hasta él, porque los demás presos vapulearían a un sodomita hasta matarlo, antes que compartir una celda con él.
Saqué mi daga de la vaina y fui hacia la ventana, donde me puse a arrancar un trozo del forro de la cortina. Tendí a Elias parte de él, mientras yo tomaba otra parte y me cubría la cara con ella, ocultándola completamente por debajo de mis ojos.
– ¿Te propones robar a los alguaciles? -me preguntó Elias.
– ¿Quieres que te reconozcan? Te iba a resultar muy difícil convencer a los caballeros de Londres de que te permitieran administrarles un purgante si se olieran que has sido acusado de sodomía.
No hizo falta más argumento. La tosca máscara -no muy distinta de aquellas a las que ocasionalmente había tenido que recurrir en mi juventud cuando me dedicaba a asaltar coches en la carretera- no tardó en ocultarle el rostro y nos precipitamos los dos a la refriega.