—¡Garra! ¡Colmillo! ¡Lobo! ¡A callar, muchachos!
Frodo y Sam se detuvieron en seco, pero Pippin se adelantó unos pasos. La puerta se abrió, y tres perros enormes salieron al camino y se precipitaron sobre los viajeros ladrando fieramente. Pasaron por alto a Pippin; Sam se encogió contra la pared mientras dos perros con aspecto de lobos lo husmeaban con desconfianza y le mostraban los dientes cada vez que se movía. El mayor y más feroz de los tres se detuvo frente a Frodo, erizado y gruñendo. En la puerta apareció un hobbit macizo de cara redonda y roja.
—¡Hola! ¡Hola! ¿Quiénes pueden ser y qué pueden desear?
—¡Buenas tardes, señor Maggot! —dijo Pippin. El granjero lo miró detenidamente.
—¡Ah, si es el señor Pippin; mejor dicho, el señor Peregrin Tuk! —exclamó, trocando su mueca por una amplia sonrisa—. Hace mucho tiempo que no viene por aquí. Es una suerte para usted que lo conozca. Yo ya estaba a punto de azuzar a mis perros. Pasan cosas raras últimamente. Por supuesto, de vez en cuando hay gente extraña rondando. Demasiado cerca del Río —dijo, meneando la cabeza—. Pero ese sujeto era el más extraño que yo haya visto nunca. No volverá a cruzar mi tierra sin permiso, si puedo impedirlo.
—¿A qué sujeto se refiere? —preguntó Pippin.
—¿Entonces no lo vieron? —dijo el granjero—. Tomó el camino a la calzada, no hace mucho. Era un parroquiano raro, que hacía preguntas raras. Entren y hablaremos de las últimas novedades. Tengo una pizca de buena cerveza de barril, si usted y sus amigos están de acuerdo, señor Tuk.
Era evidente que el granjero les diría algo más si le daban oportunidad y tiempo, de modo que todos aceptaron la invitación.
—¿Y los perros? —preguntó ansiosamente Frodo.
El granjero rió. —No les harán daño, a menos que yo lo ordene. ¡Aquí, Garra! ¡Fuera, Colmillo, Lobo! —gritó.
Los perros se alejaron, para alivio de Frodo y Sam.
Pippin presentó sus amigos al granjero.
—El señor Frodo Bolsón —dijo—. No lo recordará, pero vivió en Casa Brandi.
Al oír el nombre de Bolsón, el granjero se sobresaltó y echó a Frodo una mirada penetrante.
Durante un momento Frodo pensó que Maggot había recordado de pronto las setas robadas, y que les diría a los perros que lo echasen fuera. Pero el granjero lo tomó por un brazo.
—Bien, ¿no es esto todavía más extraño? —exclamó—. El señor Bolsón, ¿eh? ¡Entren! Tenemos que hablar.
Entraron en la cocina de la granja y se sentaron junto a la amplia chimenea. La señora Maggot trajo cerveza en una enorme jarra y llenó cuatro picheles. Era una buena cerveza, y Pippin se sintió más que compensado por no haber ido a La Perca Dorada. Sam sorbió su cerveza con recelo. Tenía una desconfianza natural hacia los habitantes de otras partes de la Comarca, y no estaba dispuesto a hacer amistad rápidamente con nadie que hubiese golpeado a su señor, aunque fuera largo tiempo atrás.
Luego de breves observaciones sobre el tiempo y las perspectivas agrícolas, que no eran peores que otras veces, el granjero Maggot dejó su pichel y los miró uno por uno.
—Ahora, señor Peregrin —dijo—, ¿de dónde vienen y hacia dónde van? ¿Vienen a visitarme? Pues si es así, podrían haber pasado por mi puerta sin que yo los viera.
—Bueno, no —respondió Pippin—. A decir verdad, puesto que lo ha adivinado, hemos llegado al sendero por la otra punta, atravesando los campos de usted, pero fue sólo por accidente. Perdimos el camino en el bosque, cerca de Casa del Bosque, tratando de encontrar un atajo hacia Balsadera.
—Si tienen prisa, les hubiera convenido más tomar el camino —dijo el granjero—. Pero no era ésa mi preocupación. Pueden ustedes andar por todas mis tierras, si así lo desean, señor Peregrin. Y usted también, señor Bolsón, aunque supongo que todavía le gustan las setas. —Se rió—. Sí, reconocí el nombre. Recuerdo la época en que el joven Frodo Bolsón era uno de los peores pilluelos de Los Gamos. Pero no estaba pensando en setas. Oí el nombre, Bolsón, poco tiempo antes de que ustedes llegaran. ¿Qué creen que me preguntó el extraño cliente?
Los hobbits esperaron ansiosamente a que Maggot continuara hablando.
—Bien —dijo el granjero, paladeando la lentitud con que llegaba al asunto—. Vino cabalgando en un caballo negro y enorme, cruzó el portón, que estaba abierto, y llegó hasta mi puerta. Todo negro, él también, y envuelto en una capa y encapuchado como si no quisiera que lo reconociesen. Pensé para mis adentros: «¿Qué querrá en la Comarca?». No vemos mucha Gente Grande de este lado de la frontera, y de todos modos nunca oí hablar de algo parecido a este individuo negro.
”«Buen día —le dije acercándome—. Este sendero no lleva a ninguna parte, y vaya a donde vaya lo más corto será que vuelva en seguida al camino.» No me gustaba su aspecto, y cuando Garra acudió, lo husmeó y soltó un aullido como si lo hubiesen atravesado con una aguja. Se escapó con la cola entre las patas, lloriqueando. El sujeto negro no se inmutó.
”«Vengo de más allá —dijo lentamente, muy tieso, señalando hacia el oeste, sobre mis campos—. ¿Ha visto a Bolsón?», me preguntó con una voz rara, inclinándose hacia mí. No pude verle la cara, oculta bajo el capuchón, y sentí que una especie de escalofrío me corría por la espalda. Pero no entendía cómo había atravesado mis tierras con tanta audacia, a caballo.
”«¡Váyase! —le ordené—. No hay aquí ningún Bolsón. Se ha equivocado de sitio. Es mejor que vuelva a Hobbiton, pero esta vez por la calzada.»
”«Bolsón ha partido —murmuró—. Viene hacia aquí, y no está lejos. Deseo encontrarlo. Si pasa, ¿me lo dirá? Volveré con oro.»
”«No, no volverá aquí —repliqué—. Volverá al lugar que le corresponde, y rápido. Le doy un minuto antes de que llame a todos mis perros.»
”El hombre lanzó una especie de silbido. Quizá era una risa, o no. Luego me echó encima el caballo, y salté a un lado justo a tiempo. Llamé a los perros, pero se volvió rápidamente y desapareció por el portón tomando el sendero hacia la calzada, como un relámpago.
”¿Qué piensan de todo esto? —concluyó el granjero.
Frodo se quedó mirando las llamas durante un rato; no pensaba en otra cosa que en cómo diablos llegaría a Balsadera.
—No sé qué pensar —dijo al fin.
—Entonces yo mismo voy a decírselo —continuó Maggot—. No tendría que haberse mezclado con la gente de Hobbiton, señor Frodo. Son gente rara allá. —Sam se revolvió en su silla y echó al granjero una mirada hostil—. Pero usted siempre ha sido un cabeza dura. Cuando supe que había dejado a los Brandigamo yéndose a vivir con el viejo señor Bilbo, dije que usted las pasaría mal. Oiga bien lo que le digo: todo esto viene de la rara conducta del señor Bilbo. Dicen que obtuvo su dinero de modo extraño, en lugares distantes. Quizá alguien desee saber qué ocurrió con el oro y las joyas que enterró en la colina de Hobbiton, según he oído.
Frodo no respondió; la perspicacia de las hipótesis del granjero era desconcertante.