arriba rechinando, abajo ronroneando,
y serruchando en el medio.
El posadero tiene un perrito
que es muy aficionado a las bromas;
y cuando en los huéspedes hay alegría,
levanta una oreja a todos los chistes
y se muere de risa.
Ellos tienen también una vaca cornuda
orgullosa como una reina;
la música la trastorna como una cerveza,
y mueve la cola empenachada
y baila en la hierba.
¡Oh las pilas de fuentes de plata
y el cajón de cucharas de plata!
Hay un par especial de domingo 5
que ellos pulen con mucho cuidado
la tarde del sábado.
El Hombre de la Luna bebía largamente
y el gato se puso a llorar;
la fuente y la cuchara bailaban en la consola,
y la vaca brincaba en el jardín,
y el perrito se mordía la cola.
El Hombre de la Luna empinó el codo
y luego rodó bajo la silla,
y allí durmió soñando con cerveza;
hasta que el alba estuvo en el aire
y se borraron las estrellas.
Luego el palafrenero le dijo al gato ebrio
—Los caballos blancos de la Luna
tascan los frenos de plata, y relinchan
pero el amo ha perdido la cabeza,
¡y ya viene el día!
El gato en el violín toca una jiga-jiga
que despertaría a los muertos,
chillando, serruchando, apresurando la tonada,
y el posadero sacude al Hombre de la Luna,
diciendo: ¡Son las tres pasadas!
Llevan al hombre rodando loma arriba
y lo arrojan a la Luna,
mientras que los caballos galopan de espaldas
y la vaca cabriola como un ciervo
y la fuente se va con la cuchara.
Más rápido el violín toca la jiga-jiga;
la vaca y los caballos están patas arriba,
y el perro lanza un rugido,
y los huéspedes ya saltan de la cama
y bailan en el piso.
¡Las cuerdas del violín estallan con un pum!
La vaca salta por encima de la Luna,
y el perrito se ríe divertido,
y la fuente del sábado se escapa corriendo
con la cuchara del domingo.
La Luna redonda rueda detrás de la colina,
mientras el Sol levanta la cabeza,
y con ojos de fuego observa estupefacta 6
que aunque es de día todos
volvieron a la cama.
El aplauso fue prolongado y ruidoso. Frodo tenía una buena voz, y la fantasía de la canción había agradado a todos.
—¿Por dónde anda el viejo Cebadilla? —exclamaron—. Tiene que oírla. Bob podría enseñarle al gato a tocar el violín, y tendríamos un baile. —Pidieron una nueva ronda de cerveza y gritaron:— ¡Cántela otra vez, señor! ¡Vamos! ¡Otra vez!
Hicieron tomar una jarra más a Frodo, que recomenzó la canción, y muchos se le unieron, pues la melodía era muy conocida, y se les había pegado la letra. Le tocó a Frodo entonces sentirse satisfecho de sí mismo. Zapateaba sobre la mesa y cuando llegó por segunda vez a la vaca salta por encima de la Luna, dio un salto en el aire demasiado vigoroso. Frodo cayó, bum, sobre una bandeja repleta de jarras, resbaló, y fue a parar bajo la mesa con un estruendo, un alboroto, y un golpe sordo. Todos abrieron la boca preparados para reír, y se quedaron petrificados en un silencio sin aliento, pues el cantor ya no estaba allí. ¡Había desaparecido como si hubiera pasado directamente a través del suelo de la sala sin dejar ni la huella de un agujero!
Los hobbits locales se quedaron mirando mudos de asombro; en seguida se incorporaron de un salto y llamaron a gritos a Cebadilla. Todos se apartaron de Pippin y Sam, que se encontraron solos en un rincón, observados desde lejos con miradas sombrías y desconfiadas. Estaba claro que para la mayoría de la gente ellos eran los compañeros de un mago ambulante con poderes y propósitos desconocidos. Pero había un vecino de Bree, de tez oscura, que los miraba con la expresión de alguien que está sobre aviso, y con una cierta ironía; Pippin y Sam se sentían de veras incómodos. Casi en seguida el hombre se escurrió fuera del salón, seguido por el sureño bizco; los dos se habían pasado gran parte de la noche hablando juntos en voz baja. Harry, el guardián de la puerta, salió también detrás de ellos.