Выбрать главу

—¿Cómo sabemos que es usted el Trancos de que habla Gandalf? —preguntó—. Nunca mencionó a Gandalf, hasta la aparición de la carta. Quizá sea un espía que interpreta un papel, por qué no, tratando de que lo acompañemos. Quizá se deshizo del verdadero Trancos y tomó sus ropas. ¿Qué me responde?

—Que eres un individuo audaz —dijo Trancos—, pero temo que mi única respuesta, Sam Gamyi, es ésta. Si yo hubiese matado al verdadero Trancos, podría matarte a ti. Y ya lo hubiera hecho, sin tanta charla. Si quisiera el Anillo, podría tenerlo... ¡ahora!

Trancos se incorporó, y de pronto pareció más alto. Le brillaba una luz en los ojos, penetrante e imperatoria. Echando atrás la capa, apoyó la mano en la empuñadura de una espada que le colgaba a un costado. Los hobbits no se atrevieron a moverse. Sam se quedó mirándolo, boquiabierto.

—Pero soypor fortuna el verdadero Trancos —dijo, mirándolos, el rostro suavizado por una repentina sonrisa—. Soy Aragorn hijo de Arathorn, y si por la vida o por la muerte puedo salvaros, así lo haré.

Hubo un largo silencio. Al fin Frodo habló titubeando: —Pensé que eras un amigo antes que llegara la carta —dijo—, o por lo menos así quise creerlo. Me asustaste varias veces esta noche, pero nunca como lo hubiera hecho un servidor del Enemigo, o así me lo parece al menos. Pienso que un espía del Enemigo... bueno, hubiese parecido más hermoso y al mismo tiempo más horrible, si tú me entiendes.

—Ya veo —rió Trancos—. Tengo mal aspecto, y me siento hermoso, ¿no es así? No es oro todo lo que reluce, ni toda la gente errante anda perdida.

—Entonces, ¿los versos se referían a ti? —preguntó Frodo—. No comprendí de qué hablaban. Pero ¿cómo sabes que están en la carta de Gandalf, si nunca la leíste?

—No lo sabía —respondió Trancos—. Pero soy Aragorn, y esos versos van con ese nombre. —Sacó la espada y vieron que la hoja estaba de veras quebrada a un pie de la empuñadura—. No sirve de mucho, ¿eh, Sam? —continuó—. Pero poco falta para que sea forjada de nuevo.

Sam no dijo nada.

—Bueno —dijo Trancos—, con el permiso de Sam, diremos que el trato está hecho. Trancos será vuestro guía. Tendremos un rudo trecho mañana. Aunque podamos dejar Bree sin mayores dificultades, ya no pasaremos inadvertidos. Pero trataré de que nos pierdan lo antes posible. Conozco uno o dos caminos para salir de Bree, además de la ruta principal. Una vez que nos libremos de perseguidores, iremos hacia la Cima de los Vientos.

—¿La Cima de los Vientos? —dijo Sam—. ¿Qué es eso?

—Es una colina, justo al norte de la ruta, casi a medio camino entre Bree y Rivendel. Domina todas las tierras vecinas, y tendremos la posibilidad de mirar alrededor. Gandalf irá allí, si nos sigue. Luego de la Cima de los Vientos el camino será más difícil, y tendremos que elegir entre varios peligros.

—¿Cuándo viste a Gandalf por última vez? —preguntó Frodo—. ¿Sabes dónde está o qué hace ahora?

Trancos mostró un aire grave.

—No lo sé —dijo—. Vine al oeste con él en la primavera. He vigilado a menudo las fronteras de la Comarca en los últimos años, cuando él andaba ocupado en alguna otra parte. Pocas veces las descuidaba. Nos encontramos por última vez el primero de mayo, en el Vado de Sarn, en el curso inferior del Brandivino. Me dijo que los asuntos contigo habían ido bien, y que partirías para Rivendel en la última semana de septiembre. Sabiendo que él estaba a tu lado, me fui de viaje a atender mis propios asuntos. Y esto resultó un error, pues es evidente que le llegaron ciertas noticias, y yo no estaba allí para ayudar.

”Estoy preocupado por primera vez desde que lo conozco. Tendríamos que haber recibido algún mensaje, más aún si no pudo venir él mismo. A mi regreso, ya hace días, me enteré de las malas nuevas. Se decía por todas partes que Gandalf había desaparecido, y que se habían visto unos jinetes. Fueron los Elfos de Gildor quienes me lo dijeron; y más tarde me contaron que ya no estabas en tu casa, pero no se sabía que hubieras dejado Los Gamos. He estado observando el Camino del Este con impaciencia.

—¿Piensas que los Jinetes Negros tienen alguna relación con eso... quiero decir con la ausencia de Gandalf? —preguntó Frodo.

—No conozco ninguna otra cosa que hubiese podido detenerlo, excepto el Enemigo mismo —dijo Trancos—. ¡Pero no abandonemos toda esperanza! Gandalf es más grande de lo que se supone en la Comarca; como regla general no veis de él otra cosa que bromas y juegos. Pero este asunto nuestro será la mayor de sus empresas.

Pippin bostezó.

—Lo siento —dijo—, pero no me tengo en pie. A pesar de tantos peligros y preocupaciones he de irme a la cama, o me dormiré aquí sentado. ¿Dónde está ese tonto de Merry? Sería el colmo, si hay que salir a buscarlo a la oscuridad.

En ese momento oyeron un portazo. Luego unos pies vinieron corriendo por el pasillo. Merry entró precipitadamente, seguido por Nob. Cerró de prisa la puerta, y se apoyó contra ella. Estaba sin aliento. Los otros lo observaron alarmados, antes que él dijera, jadeando:

—¡Los he visto, Frodo! ¡Los he visto! ¡Jinetes Negros!

—¡Jinetes Negros! —gritó Frodo—. ¿Dónde?

—Aquí. En la aldea. Estuve dentro durante una hora. Luego, como no volvías, salí a dar un paseo. De regreso me detuve justo fuera de la luz de la lámpara, a mirar las estrellas. De pronto me estremecí y sentí que algo horrible se arrastraba cerca de mí, algo así como una sombra más espesa entre las sombras del camino, justo al borde del círculo de la luz. En seguida se deslizó a la oscuridad sin hacer ningún ruido. No vi ningún caballo.

—¿Hacia dónde fue? —preguntó Trancos bruscamente.

Merry se sobresaltó, advirtiendo por primera vez la presencia del extraño.

—¡Continúa! —dijo Frodo—. Es un amigo de Gandalf. Te explicaré más tarde.

—Me pareció que subía por el Camino, hacia el este —prosiguió Merry—. Traté de seguirlo. Por supuesto, desapareció casi en seguida, pero yo doblé en la esquina y llegué casi hasta la última casa al borde del Camino.

Trancos miró asombrado a Merry. —Tienes un corazón a toda prueba —dijo—, pero fue una tontería.

—No lo sé —dijo Merry—. Ni coraje ni estupidez, me parece. No pude contenerme. Fue como si algo me arrastrara. De cualquier modo, allá fui, y de pronto oí voces junto a la cerca. Una murmuraba; la otra susurraba, o siseaba. No pude oír una palabra de lo que decían. No me acerqué más porque empecé a temblar de pies a cabeza. Luego sentí pánico, y me volví, y ya estaba echando a correr de vuelta cuando algo vino por detrás y... caí al suelo.

—Yo lo encontré, señor —intervino Nob—. El señor Mantecona me mandó afuera con una linterna. Bajé a la Puerta del Oeste, y luego retrocedí subiendo hasta la Puerta del Sur. Justo al lado de la casa de Bill Helechal alcancé a ver algo en el Camino. No puedo jurarlo, pero me pareció que dos hombres se inclinaban sobre un bulto y lo alzaban. Lancé un grito, pero cuando llegué al lugar no vi a nadie; sólo al señor Brandigamo que estaba tendido junto a la ruta. Parecía estar dormido. «Pensé que había caído en un pozo profundo», me dijo cuando lo sacudí. Estaba raro, y tan pronto como lo desperté se levantó y escapó hacia aquí como una liebre.