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Lydia lo observaba desde su rincón, veía que su cuerpo se aproximaba al de su madre, que incluso sus lentes parecían echarse hacia delante. Tal vez fuera de los que se pierden por unas faldas, pero tenía una risa bonita. Trató de prestar atención a su conversación, pero sus desordenados pensamientos la distraían.

¿Qué había sucedido allí exactamente?

¿Por qué su madre iba vestida con ropa nueva? ¿De dónde la había sacado?

¿De Antoine? Era una posibilidad. Pero aquello no explicaba la limpieza de la habitación, ni el perfume de lavanda que impregnaba el aire.

Sirvió el té en la única taza que les quedaba y se lo llevó al señor Parker, al que dedicó la mejor de sus sonrisas.

– Lo siento, pero no tenemos leche.

El hombre parecía algo indeciso.

– Bébalo solo -terció Valentina, echándose a reír-, como hacemos los rusos. Es mucho más exótico. Le gustará.

– Si lo prefiere, puedo bajar a comprarla -se ofreció Lydia-. Aunque para eso necesitaría dinero.

– ¡Lydia!

Pero Parker estaba mirando a la joven. Su mirada se desplazó hasta su vestido desgastado, pasó por sus sandalias remendadas y llegó a sus muñecas huesudas. Era como si acabara de darse cuenta de que, cuando le había dicho que era «pobre», lo que había querido decirle era que no tenía nada. Ni siquiera dinero para comprar leche. De la billetera extrajo dos billetes de veinte dólares y se los alargó.

– Sí, baja a comprar leche, por favor. Y algo de comer para ti.

– Gracias -respondió ella, y se fue deprisa, por si cambiaba de opinión.

No tardó más de diez minutos en ir a por leche y unas galletas María, pero, cuando regresó, Valentina y Parker ya estaban de pie, listos para ausentarse, y su madre se estaba enfundando unos guantes nuevos.

– Lydochka, si no salgo ahora mismo, llegaré tarde a mi nuevo trabajo.

– ¿Trabajo?

– Sí, empiezo hoy.

– ¿Y qué trabajo es?

– Bailarina.

– ¿Bailarina?

– Así es. No pongas esa cara.

– ¿Y dónde?

– En el hotel Mayfair.

– Pero si siempre has dicho que las bailarinas no eran mejores que las…

– Cállate, Lydia, no seas tonta. A mí me encanta bailar.

– No soportas a los hombres torpes. Dices que son como renos que te pisotean.

– Esta noche quedaré a salvo de esa suerte, porque el señor Parker se ha ofrecido amablemente a acompañarme para asegurarse de que no me pase mi primera noche sentada, como una flor en un florero.

– ¿Baila usted bien, señor Parker? -le preguntó Lydia.

– Aceptablemente.

– En ese caso estás de suerte, mamá.

Su madre le dedicó una mirada difícil de interpretar, antes de salir agarrada del brazo de su acompañante. Cuando llegaron al primer rellano, Lydia oyó que Valentina exclamaba:

– Vaya por Dios, he olvidado algo. ¿Le importaría esperarme aquí un momento? No tardo nada.

Sonido de pasos corriendo escalera arriba, y la puerta que se abrió, antes de cerrarse de golpe.

– Eres tonta, eres una niña tonta e imprudente -masculló su madre con la mano extendida. El bofetón le echó la cabeza hacia atrás-. Podrías estar en el calabozo de la policía en este preciso momento. Entre ratas y violadores. No salgas de casa hasta que vuelva -le ordenó.

Y volvió a salir.

Su madre no le había puesto nunca la mano encima. Jamás. Su estupor era tan grande que empezó a temblar y a agitarse. Se llevó una mano a la mejilla, que le ardía, y emitió un gemido gutural. Empezó a caminar de un lado a otro, buscando alivio en el movimiento, como si de ese modo fuera a ir más deprisa que sus pensamientos, y entonces vio en el suelo el paquete que el señor Parker había comprado en los almacenes Churston, el que llevaba envuelto en papel de seda blanco, y que se había dejado olvidado, concentrado como estaba en su madre. Lo levantó, lo abrió, y encontró una pitillera de plata engastada con lapislázuli y jade.

Se echó a reír. Reía y reía sin poder evitarlo. La risa ascendía desde su pulmones, inagotable, hasta que le pareció que iba ahogarse. Todo era tan absurdo… Primero el collar, y ahora la pitillera. En ambos casos a su alcance, y a la vez fuera de su alcance. Lo mismo que Chang An Lo.

«Chang, ¿dónde estás? ¿Qué estás haciendo?» Todo lo que quería se le escapaba.

Cuando el ataque de risa remitió, se sintió tan vacía que empezó a llevarse galletas a la boca. Primero una, después otra, y otra, y otra más, hasta que sólo quedó una, que aplastó, mezcló con las hojas y las hierbas de la bolsa de cartón. Una vez que lo hubo hecho, bajó a ver a Sun Yat-sen.

Capítulo 14

Los muros eran altos, enlucidos, la valla de roble negro, y en ella, labrado, destacaba el espíritu de Men-shen, que protegía del mal. Un león se agazapaba sobre cada poste. Theo Willoughby observó los ojos de piedra y no sintió más que odio hacia ellos. Cuando un cuervo negro como el carbón fue a posarse en la cabeza de uno de ellos, deseó que con sus garras le arrancara el corazón mineral, que era lo que él quería hacer con sus propias manos: arrancarle el corazón a Feng Tu Hong.

Se acercó al portero.

– El señor Willoughby quiere ver a Feng Tu Hong. -Optó por no expresarse en mandarín.

El portero, con su túnica gris y su calzado de esparto, le hizo una gran reverencia.

– Feng Tu Hong le espera.

La esposa del empleado condujo a Theo a través de los distintos patios. Caminaba con dificultad, pues sus pies no eran mayores que los pulgares de un hombre, y habían sido vendados una y otra vez hasta que, bajo el envoltorio, apestaban a putrefacción, con aquellos pies sucedía lo mismo que con ese país infernal, de podredumbre encubierta. Aquel día los ojos de Theo se revelaban ajenos a la belleza de China, a pesar de estar rodeados de ella por todas partes. Cada uno de los patios que atravesaban acariciaba sus sentidos con nuevas delicias, fuentes frescas que aliviaban el calor de la sangre, campanillas que el viento hacía sonar y que cantaban directamente al alma, estatuas y pavos reales que atraían las miradas, y por todas partes, a la luz oblicua del atardecer, los lirios con su palidez fantasmagórica recordaban al visitante su propia invalidad.

– ¡Tú! ¡Endemoniada puta de alcantarilla!

Las palabras rasgaron la penumbra.

Theo se detuvo abruptamente. A su derecha, en un pabellón profusamente ornamentado, farolillos con forma de mariposas proyectaban una luz tenue sobre las cabezas oscuras de dos mujeres jóvenes que jugaban al mah-jongg. Las dos iban perfectamente peinadas y maquilladas, y ataviadas con magníficas sedas, pero una había hecho trampas, y la otra maldecía como un marinero. «En China el engaño es fácil.»

– Venga -musitó su guía.

Y Theo obedeció. Los patios indicaban el grado de riqueza: a más patios, de más lingotes de plata podía alardear el propietario y, como Theo sabía muy bien, a Feng Tu Hong le encantaban los alardes. Tras pasar bajo un arco profusamente decorado, salpicado de farolillos con forma de dragón, y acceder al último y más lujoso de los patios, una figura surgió de entre las sombras. Se trataba de un hombre de unos treinta años, y el ardor excesivo de la juventud iluminaba todavía su mirada. Apoyaba una mano en el machete que llevaba al cinto.

– Te busco -dijo secamente.

Era ancho de hombros, bajo, de piel fina, y Theo lo reconoció al instante.

– Antes tendrás que clavarme ese machete, Po Chu -respondió Theo en mandarín-. No he venido hasta aquí para que me traten como a un perro. Estoy aquí para hablar con tu padre.

Rodeó al hombre y siguió su camino en dirección al edificio bajo y elegante que se alzaba frente a él, pero antes de llegar al primer peldaño, sintió un filo recortado en forma de zarpa de tigre que se apoyaba entre sus clavículas.

– Te busco -repitió la voz, más áspera.