– Ese presidente de consejo, ese Feng Tu Hong, con su cara de camello, merece un trato especial.
– Cuéntame, ¿qué novedades se han producido en mi ausencia?
La sonrisa se esfumó al instante.
– Ayer ordenó una purga de los obreros de la metalurgia en la fundición, los que pedían mejoras de seguridad en los altos hornos.
– Decapitaron a doce de ellos en el patio, como aviso para el resto -añadió Yuesheng, que se llevó la mano a la cicatriz y se la acarició. Su rostro, tras el gesto, pareció oscurecerse y latir con vida propia.
Un estallido de ira recorrió el cuerpo de Chang. Cerró los ojos y se concentró. Aquél no era el momento. Ese momento estaba envuelto en fuego. Y, con el peligro tan cerca, lo que a él le hacía falta era control.
– El momento de Feng Tu Hong llegará -dijo, sereno-. Eso os lo prometo. Y con esto el momento llegará antes. -Sacó un papel de la bolsa de piel que llevaba atada al cuello.
Yuesheng se lo arrebató, lo leyó a toda prisa y asintió, satisfecho.
– Es una nota prometedora -anunció al resto-. Nos darán rifles. Winchesters. Cien Winchesters.
Seis rostros esbozaron sonrisas al unísono, y un hombre alzó al aire un puño manchado de sangre, a modo de saludo.
– Lo has hecho muy bien -dijo Yuesheng, con orgullo en la voz.
Chang se sentía satisfecho. Yuesheng y él eran tan amigos que se consideraban casi hermanos. Su amistad era la piedra en la que se apoyaban. Le plantó la mano en el hombro y, sin palabras, comprendiéndose, se miraron a los ojos.
– Las noticias que llegan del sur son buenas -le dijo Chang.
– ¿Mao Tse-tung? ¿Nuestro líder sigue evitando las trampas de los barrigas grises?
– Escapó por los pelos el mes pasado. Pero su campamento militar de Jiangxi crece día a día, y desde todo el país acuden a él como abejas a un panal. Algunos con sólo una hoz en la mano, y el corazón lleno de fe. Se acerca la hora en que Chiang Kai-Chek descubrirá que con su traición al país ha firmado su propia sentencia de muerte.
– ¿Es cierto que la semana pasada hubo otra escaramuza cerca de Cantón?
– Sí -respondió Chang-. Hizo explosión un tren lleno de tropas del Kuomintang, y…
Un fuerte estrépito acalló su voz y el ruido de las imprentas, y la puerta metálica, en lo alto de la escalera, se abrió de golpe. Un muchacho se metió en la bodega presa del pánico, con los ojos desbocados.
– ¡Están aquí! -exclamó-. Las tropas están…
Un disparo resonó en el sótano, y el muchacho cayó al suelo de tierra boca abajo, mientras la mancha de un rojo intenso se extendía por la espalda de su chaqueta.
Al instante, el movimiento se apoderó de la bodega. Todos sabían qué tenían que hacer. Yuesheng los había preparado para ese día. Se apagaron las antorchas. En la oscuridad, las botas enemigas atronaban en su descenso de los peldaños, y se emitían órdenes dirigidas a sombras. Silbaron otros dos disparos, que acabaron incrustados en la pared. Pero, en el otro extremo, una escalerilla de mano estaba lista. Unas tuercas bien engrasadas retrocedieron con suavidad. Se abrió una escotilla. Pero el rectángulo de noche era más pálido, y recortó las siluetas contra la abertura cuando, una tras otra, iniciaron la huida.
Ultimo en la cola, junto a la escalera, acompañado de Yuesheng, Chang vio el perfil tenuemente dibujado de un soldado que se aproximaba desde la escalera, y de una patada certera le desencajó la mandíbula. Se oyó un grito de dolor desgarrado. En un abrir y cerrar de ojos, Chang se apoderó del rifle y disparó una ráfaga de balas por todo el sótano.
– Vamos -le gritó a Yuesheng.
– No, sal tú primero.
Chang posó la mano en el brazo de su amigo.
– Sal tú.
Yuesheng no esperó más y ascendió a toda prisa por la escalera de mano. Chang disparó una vez más y notó que, a modo de respuesta, la bala de un Kuomintang le rozaba el pelo. Sin dar tiempo a su amigo a salir, salió disparado tras sus talones. Más balas disparadas desde abajo, y de pronto Chang sintió un peso muerto que se le venía encima. Fue como si le hubieran desgarrado el corazón.
Se cargó el cadáver de Yuesheng a un hombro, salió de la escotilla, y corrió hacia la oscuridad.
Capítulo 16
– ¿Más vino, Lydia?
– Gracias, señor Parker.
– ¿Crees que debe beber, Alfred? Sólo tiene dieciséis años.
– Vamos, mamá, que ya soy mayor.
– No tanto como tú te crees, querida.
Alfred Parker sonrió, indulgente, y los vidrios de sus lentes brillaron al contemplar a Lydia a la luz de las velas.
– Sólo por esta vez. Después de todo, ésta es una noche especial.
– ¿Especial? -Valentina arqueó una elegante ceja-. ¿En qué sentido?
– En el sentido de que es la primera comida que hacemos juntos. La primera de muchas, espero, en las que tendré el honor de acompañar a dos mujeres tan hermosas. -Alzó la copa brevemente, apuntando con ella, sucesivamente, a Lydia primero, y después a Valentina.
Ésta bajó la mirada un instante, se pasó un dedo por la pálida piel del cuello, como sopesando la conveniencia de la proposición, y a continuación lo miró fijamente a los ojos. Al constatar el efecto que aquellos gestos tuvieron en Alfred Parker, Lydia pensó que era como si su madre hubiera activado una trampa. El hombre estaba colorado de placer. Los ojos oscuros y sensuales de su madre; sus labios entreabiertos, le nublaban la mente y le desposeían de mucho más de lo que Lydia jamás pretendió robarle.
– Garçon -llamó-. Otra botella de borgoña, por favor.
Se encontraban en un restaurante del Barrio Francés, y Lydia había pedido filete a la pimienta. El maître francés le había hecho una reverencia, como si se tratara de alguien importante, alguien que pudiera permitirse pagar una cena como ésa. En un restaurante como ése. Se había puesto el vestido, por supuesto, el vestido color albaricoque que había llevado al concierto, y se había propuesto mirar a los demás comensales con indiferencia absoluta, como si acudiera todos los días a locales como aquél.
Nadie podía sospechar que se estrenaba en varias cosas: era la primera vez que iba a un restaurante, la primera vez que comía filete, y la primera vez que bebía vino.
– Espero que escojas algo impactante, querida -había declarado su madre, burlona.
Lydia observaba a Parker atentamente, copiaba los modales que exhibía cuando se trataba de seleccionar el cubierto adecuado de entre el gran despliegue que cubría el mantel blanco, inmaculado, se fijaba en su modo de llevarse la servilleta a la comisura de los labios. Le sorprendió que su madre le anunciara que Alfred la había invitado a cenar con ellos. Otro estreno más. Ningún otro amigo de su madre la había incluido nunca en sus planes, y en su mente sonaron campanas de alarma, pero su deseo de cenar en un restaurante fue mayor que su intuición, que le decía que debía mantenerse lo más alejada que pudiera del señor Parker.
– Está bien -dijo a su madre-. Iré. Pero sólo si no me sermonea.
– No te sermoneará. -Valentina sujetó a su hija por la barbilla y la zarandeó cariñosamente-. Pero pórtate bien. Sé dulce y cariñosa. Esto es importante para mí, cielo.
– ¿Y qué pasa con Antoine?
Hasta ese momento, todo había ido bien. Sólo había cometido un pequeño desliz, cuando Parker, amablemente, le había ofrecido un caracol de su plato para que lo probara. Sin pensarlo, respondió:
– No, gracias, ya he comido tantos caracoles en mi vida que no quiero comer ni uno más.
Valentina le clavó la mirada, y le propinó un puntapié por debajo de la mesa.
– ¿En serio? -Parker parecía sorprendido.
– Sí -respondió Lydia sin vacilar-. En casa de mi amiga Polly. A su madre le encantan.
– No la culpo por ello. ¿Con un poco de mantequilla y ajo?