– Tratas de asustarme.
– Si quisiera asustarte, Lydia Ivanova, hay muchas otras cosas que podría contarte.
De nuevo el gesto de su boca reveló una tristeza que el resto de su cara negaba. Lydia observó aquellos labios con atención, y creyó lo que le decían. Allí de pie, bajo la lluvia, en medio de aquellas ruinas mugrientas, rodeados del cielo nocturno, negro como la muerte, sintió una oleada fría de alivio. Y respiró hondo.
– Parece que vuelvo a deberte la vida -dijo, estremeciéndose.
– Estamos comprometidos, tú y yo. -Alargó la mano para vencer el abismo de luz amarillenta que se extendía entre ellos, y le rozó el brazo, apenas una caricia breve, poco más que el ala de una Polilla en la oscuridad-. Nuestros destinos se han unido, están cosidos con la misma firmeza con que tú me cosiste el pie.
Su voz era tan suave como su caricia. Lydia sintió que la bola compacta de ira que sentía en el interior temblaba y empezaba a derretirse. Sintió que le corría por las venas, que abandonaba su cuerpo por los poros de su piel, que se encontraba con una lluvia que la eliminaba. Pero ¿y si aquello también era mentira? Más mentiras pronunciadas por unos labios capaces de lograr que ella creyera en sus palabras. Se rodeó el cuerpo con los brazos, para impedir que toda la ira que sentía lo abandonara. La necesitaba. Era su armadura.
– El compromiso implica compartir, ¿no es cierto? -dijo-. Y, además, no cambia el hecho de que el collar era mío. Si lo has vendido en algún lugar del sur, donde desconocen su verdadera importancia, entonces deberías compartir el dinero conmigo. A mí me suena justo. El cincuenta por ciento para cada uno -zanjó alargando la mano.
Chang soltó una carcajada. Era la primera vez que Lydia le oía reír, y su risa ejerció un efecto raro en ella. Se liberó. Por un instante fugaz, olvidó la interminable lucha.
– Eres como un zorro, Lydia Ivanova, clavas los dientes y ya no sueltas nunca a tu presa.
Ella no estaba segura de si aquello era un insulto o un halago, pero no se detuvo a averiguarlo.
– ¿Cuánto te dieron por él?
Chang escrutó su rostro con aquellos ojos negros, la risa colgada aún en sus labios.
– Treinta y ocho mil dólares.
Lydia se sentó de golpe sobre un muro bajo, destartalado, y apoyó la cabeza entre las manos.
– Treinta y ocho mil dólares. Una fortuna -susurró-. Mi fortuna. -El silencio lo rompió sólo algo que se arrastraba por el suelo, camino de la puerta. Chang le dio un puntapié. Era una comadreja-. Treinta y ocho mil dólares -repitió, despacio, saboreando las palabras con la lengua, como si fueran de miel.
– El mismo número de vidas se han perdido en Shanghai y en Cantón.
¿Cantón? ¿De qué estaba hablando? ¿Qué diablos tenía que ver Cantón con sus treinta y ocho mil dólares? Sentía la mente embotada, pero en ese instante se le encendió una luz en el cerebro. Una masacre, el año anterior. Recordó que todo el mundo hablaba de ella. Y luego estuvo lo de Shanghai, aquella vez que, cumpliendo órdenes de Chiang Kai-Chek, los nacionalistas del Kuortuntang prepararon una emboscada a los comunistas y acabaron con ellos en un sangriento ataque callejero. Pero en China aquello no era nada nuevo. Nada que se saliera de lo corriente. Siempre aparecía un señor de la guerra u otro, como el general Zhang Xuehang o Wu Peifu, que alcanzaban pactos entre ellos, y luego se traicionaban en guerras salvajes. Entonces, ¿qué tenía que ver Cantón en todo aquello? ¿Por qué había mencionado Chang ese incidente concreto?
Alzó la vista para mirarlo y vio que se había retirado aún más hacia las sombras, aunque su voz, llena de ira, lo delataba. De pronto, todo encajó en su mente, y se puso en pie de un salto.
– Eres comunista, ¿verdad?
Chang no respondió.
– Es peligroso -le advirtió ella-. A los comunistas los decapitan.
– Y a los ladrones los encarcelan.
Se miraron en la penumbra. Sus lenguas no pronunciaban las acusaciones que deseaban proferirse. Lydia se estremeció, pero en esa ocasión él no la acarició.
– Robo para sobrevivir -se justificó ella secamente-. No para satisfacer un ideal intelectual. -Se alejó unos pasos de él-. Yo no puedo permitirme tener ideales.
No oyó sus pasos, pero al momento su perfil oscuro volvía a encontrarse a su lado. La lluvia resplandecía sobre sus cabellos negros, muy cortos, y plateaba su piel.
– Mira, Lydia Ivanova, mira esto.
Ella obedeció. Chang sostenía algo pequeño y delgado que colgaba entre sus dedos. Se acercó más, para verlo mejor. Era la comadreja muerta.
– Ésta -dijo- va a ser mi cena de hoy. No soy yo el que come en un restaurante recurriendo a mentiras y a falsas sonrisas. De modo que no me hables del precio de los ideales. A mí no.
Lydia se ruborizó.
– Vamos a zanjar este asunto ahora -dijo, en un tono más brusco del que pretendía usar-. Quiero mi parte del dinero.
– Siempre tienes hambre, como los zorros. Aquí tienes. Aliméntate con esto.
Le alargó la bolsa de piel. Ella la sostuvo entre sus manos, y sintió que no pesaba nada. Se acercó al punto en que la farola iluminaba más, pasando sobre ladrillos rotos, hasta llegar junto a lo que había sido una ventana. Apresuradamente, abrió la bolsa y extrajo su contenido, con los mismos dedos que, no hacía tantos días, habían acariciado el collar de rubíes. En esa ocasión, sin embargo, sólo encontraron unas pocas monedas. ¿Acaso creía que iba a cerrarle la boca con un puñado de dólares? Sintió su tacto suave, cálido, contra la piel. Eran el precio de su traición. ¿Tan poco valía para él? Se volvió, y en tres zancadas volvió a situarse frente a él. Alargando el brazo, le arrojó las monedas a la cara.
– Vete al infierno, Chang An Lo. ¿Qué sentido tiene que hayas salvado la vida, si luego la destruyes?
No regresó a casa. La idea de encontrarse sola en aquel cuarto miserable le resultaba insoportable en aquellos momentos. Así que se puso a caminar. Deprisa, vigorosamente. Como si, al hacerlo fuera a conseguir librarse del calor que le corría por las venas.
Caminar a aquellas horas de la noche era una temeridad. En el Asentamiento Internacional, las historias sobre secuestros y violaciones estaban a la orden del día, pero aquello no la detuvo esa noche. Habría querido acercarse corriendo al río, escapar de los miles de personas que luchaban por su centímetro cuadrado de aire y de espacio en Junchow. Tal vez allí lograra respirar mejor. Pero ni siquiera Lydia estaba tan desesperada. Sabía de la existencia de las ratas de río, los hombres con un cuchillo y un vicio que satisfacer, de modo que se dirigió colina arriba, por Tennyson Road y Wordsworth Avenue, donde las casas eran seguras y respetables, y donde los perros vigilaban, en sus casetas, cualquier paso furtivo.
Estaba muy enfadada con Chang An Lo, pero más enfadada aún consigo misma. Había consentido que se introdujera bajo su piel, y le había hecho sentir… sentir… ¡Demonios! ¿Sentir qué? Trataba de comprender el remolino de emociones que le oprimía el pecho, pero todas se confundían, se mezclaban, y cuando trataba de tirar de ellas, se aferraban a sus pulmones y a su garganta como alambradas. Le dio un puntapié a una piedra y la oyó rebotar contra el guardabarros de un coche aparcado. En algún lugar ladró un perro. Un coche, una casa, un perro. Con treinta y ocho mil dólares habría podido tener las tres cosas. Por una libra esterlina te daban doce dólares chinos, o eso era lo que Parker le había contado esa noche, más que suficiente para lo que ella necesitaba: dos pasaportes, dos billetes en el vapor de Inglaterra, y una pequeña casa de ladrillo, con baño y suelos de madera, para poder bailar sobre ellos. Y un poco de césped para Sun Yat-sen. Al conejo le encantaría.
Se negó a seguir pensando. Era demasiado doloroso. Ahuyentó aquellas imágenes de su mente, pero no logró librarse tan fácilmente de las de Chang, sus ojos intensos, el susurro de su caricia en el brazo. Aquellos recuerdos perduraban en ella, se extendía por su piel, de un miembro a otro.