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– ¿Por qué comunista? -le preguntó ella, sentándose en un bloque de cemento que había formado parte de una chimenea-. ¿Por qué estás tan loco que quieres ser comunista?

– Porque creo en la igualdad.

– Así de fácil.

– Es que es fácil. Son sólo los hombres, con su avaricia, los que lo complican.

Lydia dejó escapar una risotada burlona que lo pilló por sorpresa. Ninguna mujer china emitiría jamás un sonido como aquel en presencia de un hombre.

– Las cosas no son tan fáciles.

– Pueden serlo.

Los mandarines de su mundo occidental le habían llenados cabeza de falsedades y le habían vendado los ojos con la niebla del engaño, y por eso ella veía lo que le decían, y no lo que tenía delante de sus propios ojos. Su lengua se movía deprisa, pero saboreaba sólo la sal de las mentiras. No sabía nada de China, nada que fuera cierto. Se dio la vuelta para volver a acuclillarse junto al muro, los ladrillos sólidos en contacto con su espalda, y se echó hacia delante para verle el rostro con más claridad. Nunca la había visto tan inmóvil, ni había oído su voz tan hueca.

– ¿Sabes -le preguntó con voz amable, para que no se enfadara- que a las mujeres y a los niños siguen vendiéndolos como esclavos? ¿Que unos terratenientes que no viven en el territorio roban a los campesinos la comida de sus mesas y las cosechas en sus campos? ¿Qué el ejército se lleva a los hombres, que abandonan las aldeas y dejan a los débiles y los ancianos morir de hambre en las calles? ¿Sabes todas esas cosas?

Ella lo miró, pero esa noche sus gestos no le decían nada.

– China no va a cambiar -dijo al fin-. Es demasiado graní, demasiado vieja. En la escuela he aprendido que los emperadores han gobernado como dioses durante miles de años. No se puede.

– Sí se puede. -Al pensar en todo lo que quedaba por hacer, sintió que un calor le ardía en el pecho. Quería que ella lo supiera-. Podemos hacer que la gente sea libre, libre para pensar, libre para trabajar a cambio de un salario digno. Libre para poseer tierras. A los obreros chinos se los trata peor que a cerdos. Se los pisotea en el lodo, como escarabajos. Pero los ricos comen en piáis de oro, y en los textos de Confucio estudian cómo ser Hombres Virtuosos. -Escupió al suelo-. Que el Hombre Virtuoso pruebe un solo día de trabajo en los campos, apoyado en sus manos y sus rodillas. Veamos qué le importa más entonces, si la perfección de una palabra en los poemas de Po Chu o un cuenco de arroz en la panza. -Agarró un pedazo roto de ladrillo y lo lanzó contra la pared-. Que se coma su poema

– Pero, Chang An Lo, tú has comido poemas. -Lo dijo serenamente, aunque a él no le pasó por alto la impaciencia que se ocultaba bajo sus palabras-. Tú eres una persona educada, y sabes que la educación es la única manera de avanzar. Tú mismo dijiste que provenías de una familia adinerada, con tutores y…

– Eso fue antes de que abriera los ojos. Vi que mi familia montaba sobre los lomos rotos de los esclavos, y me avergoncé. La educación debe ser para todos. Para las mujeres tanto como para los hombres. No sólo para los ricos. La educación abre la mente al futuro tanto como al pasado.

Pensó en Kuan, con su licenciatura en derecho, tan decidida a abrir las mentes de los obreros que estaba dispuesta a trabajar jornadas de dieciséis horas en una fábrica mugrienta, en la que morían diez empleados al día en accidentes con máquinas, o de agotamiento. La muchacha-zorro no sabía nada de todo eso. Ella era una de aquellas fanqui privilegiadas y voraces que con sus buques de guerra y sus rifles bien engrasados se dedicaban a llevarse grandes pedazos de su país. ¿Qué estaba haciendo con ella? Pedirle que cambiara sus planteamientos mentales era como pedirle a un tigre que renunciara a las rayas de su pelaje.

Se puso en pie. La dejaría allí, con sus monedas esparcidas por el suelo y sus dotes de ladrona. Algún día la pillarían, algún día se descuidaría, por más que él la vigilara.

– ¿Te vas?

– Sí. -Le hizo una reverencia respetuosa y lenta, y sintió que algo se le desgarraba en el pecho.

– No te vayas.

Chang ignoró su petición y le dio la espalda.

– Entonces, al menos, dime adiós. -Lo dijo con voz hueca, como si supiera que él no iba a volver esa vez, y de su garganta escapó un sonido acallado. Le extendió la mano, como hacían los extranjeros.

Se acercó a ella, que seguía sentada sobre el cemento, se inclino para estrechar aquella mano pequeña en la suya, y cuando su cara estuvo más cerca de la de ella, sintió la fragancia de la lluvia en su pelo. Aspiró con fuerza, para que le llegara a los pulmones, y sintió que impregnaba toda su mente, lo mismo que las nieblas que ascendían desde el río impregnaban el cielo nocturno. Su mano reposa en la suya, y no lograba soltarla. La luna se ocultó tras una nube, y dejó de verle la cara, pero siguió sintiendo la calidez de aquella mano.

– ¿Y los extranjeros? -le preguntó Lydia, su voz apenas un susurro en la oscuridad-. Dime, Chang An Lo, ¿qué pretenden hacer los comunistas con los fanqui?

– Muerte al fanqui -dijo, aunque no deseaba la muerte de Lydia más de lo que deseaba la suya propia.

– En ese caso, debo depositar mi fe en Chiang Kai-Chek -concluyó ella.

Lo dijo esbozando una sonrisa. Aunque no la veía con los ojos, lo supo por el sonido de su voz. Aunque dedujo que hablaba en broma, no le gustaba que dijera aquellas cosas, y sintió que una punzada de rabia se posaba en su lengua como una brasa encendida.

– Los comunistas ganarán algún día, Lydia Ivanova, te lo advierto. Vosotros, los occidentales, no veis que Chiang Kai-Chek es un tirano que actúa bajo un nuevo nombre. -Una vez más escupió en el suelo, tras pronunciar el nombre del diablo-. Sólo tiene ansia de poder. Ha proclamado que guiará nuestro país hasta la libertad, pero miente. Y el Comité Central del Kuomintang es un perro que salta cada vez que él agita el látigo. Chiang Kai-Chek causará la destrucción de China. Estrangula cualquier signo de cambio apenas nace, y sin embargo los extranjeros lo alimentan con dólares para que se haga sensato, lo mismo que un emperador alimenta a un tigre con pájaros cantores para que cante.

Le agarraba la mano con tal fuerza que sentía que los dedos de Lydia forcejeaban para liberarse, aunque su rostro no lo reflejara.

– Y eso no sucederá jamás.

– Pero los comunistas son unos asesinos a sangre fría -dijo ella sin retirar la mano-. Cortan la lengua de sus enemigos, y les hacen beber queroseno. Con sus huelgas y sabotajes, interrumpen la producción de las nuevas fábricas e industrias de China. Eso es lo que el señor Parker me ha dicho esta misma noche. Entonces, ¿por qué darles el dinero de mi collar?

– Para que compren armas. Ese Parker retuerce la cola de la verdad.

– No, es periodista. -Meneó la cabeza, y al hacerlo unas gotas de lluvia se desprendieron de su pelo y fueron a aterrizar en la mejilla de Chang, incendiándola-. Él tiene que saber qué pasa, es su trabajo -insistió-. Y cree que Chiang Kai-Chek será el salvador de China.

– Se equivoca. Tu periodista debe de estar sordo y ciego.

– Y también dice que los extranjeros son la única esperanza de futuro para China, si es que el país quiere salir de la Edad de las Tinieblas y modernizarse.

Chang le soltó la mano. La indignación le agarrotaba la garganta al pensar en la arrogancia de aquellos diablos extranjeros, y los maldijo por su avaricia, por su ignorancia, por su dios vengativo, que devoraba todos los demás. Ella le miraba, confundida, con sus ojos dorados. No entendía nada, y jamás lo entendería. ¿Qué estaba haciendo? Chang se retiró deprisa, dejándola a solas con las mentiras del señor Parker, pero sus dedos no atendían las razones de su cabeza, y se sentían más vacíos que un río sin peces.