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Su anfitrión soltó una carcajada grosera, insultante, dio un puñetazo a la mesa baja que los separaba y apuró el contenido del cuerno del que bebía. Theo lo imitó. El sabor de aquel brebaje resultaba repugnante, pero te daba un picotazo como de serpiente, y al instante sintió que le extraía la vida de sus nervios. Tuvo que bajar la jarra un instante, antes de devolverle la sonrisa al patrón.

– Le pediré a Feng Tu Hong que me sirva tus inútiles orejas en un plato como pago por el trabajo de hoy si no me demuestras respeto -masculló en mandarín, y constató que los ojos estrechos de su interlocutor se abrían, temerosos.

Theo clavó el cuchillo en la mesa y lo dejó ahí, oscilando. Sobre sus cabezas, de un gancho, colgaba una lámpara de aceite, cuya luz, al incidir en el arma, proyectaba una sombra de crucifijo en el regazo de Theo. Tuvo que recordarse a sí mismo que no creía en presagios.

– ¿Cuánto falta para que nos encontremos con el barco? -preguntó.

– Poco.

– ¿Cuándo cambia la marea?

– Pronto.

Theo se encogió de hombros.

– La luna está alta. Los secretos del río puede verlos cualquiera.

– Así, inglés, esta noche veremos si tu palabra vale su peso en lingotes de plata.

– ¿Y si no?

El patrón se echó hacia delante y desclavó el cuchillo de la mesa.

– Si tu palabra no vale más que la promesa de una ramera de callejón, entonces este filo viajará por su cuenta. -Volvió a reírse, y su aliento cargado alcanzó el rostro de Theo-. Desde aquí-dijo, señalándole la oreja izquierda- hasta aquí. -Le acercó la punta a la oreja derecha.

– Esta noche no habrá patrulla. Lo sé de buena tinta.

– Espero que tu lengua no mienta, inglés. O ninguno de nosotros vivirá para ver salir el sol. -Dio otro trago al brebaje, se incorporó pesadamente de su taburete y se alejó por cubierta en silencio.

Un silencio que, por otra parte, brillaba por su ausencia. La embarcación crujía, cabeceaba y gruñía con cada suave embate de una ola, mientras avanzaba río abajo a buen paso. Hasta él llegaba el aroma del agua salada del golfo de Chihli, sentía que su aliento fresco se llevaba el hedor a pescado podrido y queroseno que inundaba el cobertizo de ratán bajo el que aguardaba. Aquella especie de cabaña contaba con un techo curvado, bajo, y el entretejido se veía infestado de insectos que, a intervalos, descendían hasta su pelo, o hasta el plato de gambas fritas. Se fijó en un ciempiés enorme que le subía por la camisa, lo sostuvo con asco y lo arrojó al recipiente del que bebía el patrón.

– ¿No come más?

Era la esposa de su anfitrión, una mujer menuda y tímida, que no alzaba la vista en ningún momento.

– Gracias, pero no. El mar me revuelve el estómago, y no puedo comer nada. Tal vez más tarde, cuando termine todo esto.

Ella asintió, pero permaneció en su sitio. Theo se preguntaba por qué no se iba. Allí, rechoncha, grasienta, con su túnica ancha, el pelo negro recogido en una cola baja, lo observaba todo en silencio, como una gata. A pesar de la espera, la mujer no le dijo nada más. No tenía la menor idea de qué podía querer. ¿Comida? Era improbable, pues cocinaba pescado y arroz en una caldera bajo otro chamizo de ratán, en la proa, donde, a juzgar por su aspecto, se alimentaba bien. Jamás se sentaba a comer con los hombres, porque los chinos consideraban que el acto de ingerir alimentos era feo, y por tanto algo que se hacía en privado, como orinar.

No, aquello no tenía nada que ver con la comida.

– ¿Qué sucede? -le preguntó él cortésmente, y vio que ella tragaba saliva, como si tuviera una espina atravesada en la garganta-. ¿Temes que las armas se disparen esta noche? Yo he prometido que no nos atacarán mientras estemos…

Ella meneó la cabeza, y con sus dedos gruesos se aferraba a las cuentas de ámbar que le rodeaban el cuello, y las retorcía.

– No. Sólo los dioses saben qué sucederá esta noche.

– Entonces, ¿qué es lo que te inquieta?

En cubierta se oyó un grito, y ruido de pasos que corrían por delante del cobertizo. Rápidamente, la mujer se volvió a mirar a Theo. Por primera vez alzó la vista, lo miró, y a él le horrorizó descubrir el sufrimiento que había en ellos.

– Es Yeewai -dijo-. No está a salvo entre estos hombres. Son brutales. Por favor, llévesela al Asentamiento Internacional, donde pueda vivir en paz. Por favor, se lo ruego, señor. -Se acercó tanto a él que hasta Theo llegó el olor a grasa de su pelo, y le acercó una mano cerrada. Al abrirla, cuatro soberanos de oro aparecieron sobre la palma-. Tómelo. Por cuidar de ella. Por favor, es todo lo que tengo.

Observó, nerviosa, en dirección a la abertura del cobertizo, asustada por si volvía su marido, y los ojos de Theo siguieron su mirada. Esperaba ver aparecer en cualquier momento a una joven, a una niña, y ya había empezado a mover la cabeza de un lado a otro, en gesto de rechazo.

– Por favor. -Le tomó la mano y le puso las monedas en ella, antes de volverse y levantar el gato del suelo. Acercó mucho la cara a la del animal, y Theo oyó que de su boca salía un sonido breve, grave, que supuso que sería un ronroneo. A continuación, lo metió en una caja de bambú, que ató con una cuerda para mantener la tapa cerrada, y se la entregó a Theo.

– Gracias, señor -dijo con voz entrecortada y lágrimas en los ojos.

– No -respondió Theo, que quiso desprenderse de la caja pero no lo consiguió, porque la mujer ya había desaparecido. Se encontró en el cobertizo, solo, con una criatura malhumorada que respondía al nombre de Yeewai. «¡Dios santo! Ahora no. Es lo que menos me conviene.» Dejó la caja de bambú sobre el suelo de madera, junto a la soga, y le dio una patada. La respuesta fue un maullido que parecía salir de un horno al rojo vivo, y una garra que se le clavó en el zapato.

El viento soplaba con más fuerza, y la cubierta se movía de modo alarmante bajo sus pies, por lo que tenía que sujetarse de la barandilla de madera, aunque no se lo permitía. Junto a él, el patrón del junco se mantenía firmemente plantado en cubierta, lo mismo que los peñascos que amenazaban con abrir una brecha en el casco si se acercaban más de la cuenta a la costa. Observaban la desembocadura del río, las olas teñidas de plata por la luna, que recortaba también con su luz la silueta de una goleta de dos palos y larga proa oscura. La nave había abandonado sin dificultad la bahía y se dirigía hacia ellos con las velas blancas extendidas, como alas de grulla, en la noche oscura.

– Ahora -balbució Theo entre dientes-. Ahora mediréis el peso de mis palabras.

– Mi vida depende de ellas, inglés -masculló el patrón del junco chino.

El viento se llevó a otra parte su respuesta. De pronto la tripulación hacía descender un pequeño bote con el que echarse al río y a unos cincuenta metros Theo vio que los hombres de la goleta hacían lo mismo. Figuras oscuras intercambiaron susurros apresurados, y luego los dos botes surcaron deprisa las aguas, en dirección al otro, hasta que sus costados se rozaron, como perros que se saludaran. Sobre sus proas se vio pasar una caja. Las dos embarcaciones tardaron apenas diez minutos en regresar a las naves de las que habían salido. Y la caja, finalmente, llegó al cobertizo de ratán cargada en manos furtivas.

Theo no se atrevía a mirarla, de modo que siguió en cubierta, desde donde oyó que el patrón del junco se daba palmadas en los muslos y se reía como una hiena. Mientras remontaban el curso del río, el inglés permaneció en proa, tentado de encender un cigarrillo, aunque no era tan insensato como para hacerlo. Ahora que llevaban el contrabando era cuando el peligro era mayor, y la punta encendida del tabaco podía bastar para delatarlos. Se había dado cuenta de que habían apagado la lámpara de aceite que alumbraba el cobertizo, y surcaban el agua como una sombra oscura. La única luz capaz de traicionarlos era la de la luna. Se llevó un purito turco a la boca y allí quedó, sin encender.