Había decidido confiar en Mason, y en lo más profundo de su corazón, sabía que eso era un error. Si aquel cabrón no cumplía con su parte del pacto, entonces el patrón del junco estaba en lo cierto: ninguno de los dos vería el amanecer.
– Maldito sea -masculló, mordisqueando el puro, sintiendo lo amargo de sus hojas, antes de arrojarlo al mar. La biblia de Mason era el interés propio. Y con ello debía contar Theo.
Mientras avanzaban, el inglés rezaba por que volviera a nublarse.
El bote patrulla surgió de la nada. De la noche. Su motor se puso en marcha de pronto y empezó a perseguirlos desde su refugio detrás de una pequeña ensenada. Con su potente foco iluminaba el junco, y lo rodeaba, levantando altas olas a su paso. La nave chin oscilaba peligrosamente, y dos hombres saltaron por la borda. Theo no los vio, pero oyó el ruido que hicieron al entrar en contacto con el agua. En la locura del momento, se le ocurrió seguir sus pasos, pero ya era demasiado tarde.
Desde el bote patrulla sonó un disparo de aviso, y los agentes de aduanas, con sus uniformes oscuros, parecían dispuestos a volver a usar los rifles.
Theo se metió en el cobertizo, y antes de que los ojos se le acostumbraran del todo a la oscuridad, sintió un cuchillo pegado a la espalda. Nadie dijo nada. No hacía falta. Maldito Mason y sus juramentos: «Nada de patrullas esta noche, chico. Estarás a salvo, te lo juro. Quieren que tú vayas en ese barco.»
– Un rehén, por su propia garantía, supongo.
Mason se había echado a reír, como si Theo acabara de contarle un chiste.
– ¿Vas a culparlos por ello?
No, Theo no podía culparlos por ello.
Se oyó el rasgar de una cerilla, y la lámpara de queroseno volvió a la vida, impregnando el aire con su olor. Para su sorpresa, junto a la luz vio al patrón del junco. El cuchillo lo sostenía la mujer. Su marido mascullaba algo con voz tan ronca y tan áspera que Theo no lo entendía, aunque no le hacía falta. El filo curvo y largo que su anfitrión blandía en la mano derecha no era precisamente para abrir la caja que seguía a sus pies.
– Sha! -le gritó a la mujer-. Mata.
– La gata -dijo sin pensarlo Theo por encima del hombro-. Yeewai. Me la llevaré.
La mujer vaciló apenas una fracción de segundo, pero fue suficiente. Theo se sacó el revólver del bolsillo y apuntó directamente al corazón del capitán del junco.
– Abajo los cuchillos. ¡Los dos!
El patrón quedó inmóvil un instante, y a Theo no le pasó por alto que, con sus ojos negros, calculaba la distancia que le separaba de la garganta del inglés. Fue entonces cuando supo que tendría que disparar. Uno de los dos iba a morir de un momento a otro, y no iba a ser él.
– Patrón, venga deprisa -llamó uno de los grumetes-. Patrón, venga a ver. Los espíritus del río han ahuyentado el barco patulla.
Y era cierto. El sonido del motor se perdía, y la potente luz del foco había desaparecido. La negrura había regresado al cobertizo. Theo bajó el arma, y el capitán, instintivamente, salió a cubierta.
– Era un farol -balbució Theo-. Los agentes del barco patrulla sólo querían que lo supiéramos.
– ¿Que supiéramos qué? -preguntó la esposa en voz baja.
– Que están al corriente de lo que hacemos.
– ¿Y eso es bueno?
– Bueno o malo, no importa. Esta noche, ganamos nosotros.
La mujer sonrió. Le faltaban varios dientes, pero por primera vez se veía feliz.
Junto a la orilla, la cabaña apestaba, y le faltaba el aire, pero Theo apenas se dio cuenta. La noche casi había terminado. Había salido del agua, y no tardaría en encontrarse en su cuarto de baño, y los dedos de Li Mei le limpiarían el sudor de la espalda. Una sensación de alivio inundó su cerebro, y sintió un deseo súbito de propinarle a Feng Tu Kong una buena patada en los huevos. Pero no lo hizo, y se limitó a la reverencia de rigor.
– ¿Ha ido bien? -preguntó Feng.
– Como un reloj.
– Así que esta noche la luna no te ha robado la sangre.
– Como ves, estoy aquí. Tu barco y tu tripulación están a salvo y podrán trabajar una noche más, en una captura más.
Apoyó el pie en la caja que, desde el suelo, los separaba, como si fuera suya y pudiera entregársela o arrebatársela según su antojo. Eso era una ilusión, y los dos los sabían. Fuera, un carro aguardaba, listo para partir.
– El mandarín de tu gobierno es, ciertamente, un gran hombre -admitió Feng cortésmente, inclinando la cabeza.
– Tanto que habla con los mismísimos dioses -replicó Theo, extendiendo la mano.
Feng separó los labios, componiendo lo que pretendía ser una sonrisa, y de un zurrón de cuero que llevaba al cinto extrajo dos saquitos, que entregó a su interlocutor. En los dos entrechocaban las monedas, pero uno pesaba más que otro.
– No olvides cuál es el tuyo -le advirtió Feng en voz baja.
Theo asintió, satisfecho.
– No, Feng Tu Hong, no olvidaré que esto se lo debo al mandarín, te lo aseguro.
– No te enfades.
– No estoy enfadada.
Pero lo cierto es que seguía junto a la ventana, en silencio, muy tensa.
Theo no esperaba aquella reacción.
– Por favor, Mei.
– Sólo serviría para estofarla.
– No seas tan cruel.
– Mírala, Tiyo, es una criatura muy desagradable.
– Cazará ratones.
– Las trampas también los cazan, y no apestan a pelo de camello.
– La bañaré.
– Pero ¿por qué la has traído?
– Se lo prometí a una mujer.
– Le prometiste que te la llevarías. Eso no quiere decir que no puedas comértela.
– Por el amor de Dios, Mei, eso es de bárbaros.
– ¿De qué nos va a servir? Sólo va a comer, a dormir, y a afilarse las uñas en ti. Es fea, desagradable.
Theo se fijó en la gata gris, acurrucada bajo una silla, los ojos amarillos llenos de odio y pus.
Ciertamente, era fea, le faltaba media oreja y tenía la cara magullada y llena de cicatrices. El pelo no le crecía uniformemente, y parecía que no se había lavado en meses.
Theo suspiró, agotado.
– Tal vez espero que cuando esté viejo, feo y achacoso, alguien haga lo mismo por mí.
Sorprendió a Li Mei sonriendo.
– Oh, Tiyo, eres tan… inglés…
Estaba tumbado en la cama, pero no conseguía dormir. La respiración de Li Mei, su aliento dulce, rebotaba en su cuello, y Theo se preguntaba qué estaría soñando, pues los párpados se le movían muy deprisa.
Él no soñaba; la indignación por lo que había hecho le enfriaba y le endurecía el pecho, y le impedía conciliar el sueño. Tráfico de drogas.
Se recordó a sí mismo la razón por la que había arriesgado su vida en el río, montado en aquel barco que no era más que una cáscara de nuez.
Su escuela.
No pensaba renunciar a la Academia Willoughby. No lo haría No podía.
Pero esas excursiones nocturnas iban a terminar pronto. Se lo prometió a sí mismo.
Capítulo 19
Lydia estaba sentada en su pupitre cuando la policía vino a buscarla, terminando de anotar la lista de las riquezas minerales de Australia en su cuaderno de ejercicios. En aquel país parecía haber mucho oro. La señorita Ainsley escoltó al agente inglés al aula, y antes de que abriera la boca Lydia supo que había venido a detenerla a ella. Habían descubierto lo del collar. Pero ¿cómo? El temor a que, por su culpa, acorralaran también a Chang, se apoderó de todo su ser.