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– ¿En qué puedo ayudarle, sargento? -preguntó Theo, que parecía casi tan alterado con su llegada como ella misma.

– Me gustaría conversar un momento con la señorita Lydia Ivanova, si es posible. -El policía, con su uniforme oscuro, dominaba toda la clase: sus anchos hombros, sus pies grandes, parecían llenar el espacio que iba del suelo al techo. Era amable, pero se expresaba con contundencia.

El señor Theo se acercó a Lydia y le apoyó una mano en el hombro, y a ella le sorprendió aquella muestra de apoyo.

– ¿De qué se trata? -preguntó al sargento.

– Lo siento, señor, eso no puedo decírselo, pero tengo que llevármela a comisaría para que le formulen algunas preguntas.

Presa del pánico al oír esas palabras, pensó incluso en escapar, aunque sabía que no tenía la menor posibilidad de éxito. Además, las piernas le temblaban con fuerza. Tendría que mentir, y mentir muy bien. Se puso en pie y dedicó al sargento una sonrisa triada, que le obligó a poner en tensión todos sus músculos fanales.

– Cómo no, señor, encantada de poder serle de utilidad.

El señor Theo le dio unas palmaditas en la espalda, y Polly le dedicó una sonrisa. Sin saber cómo, Lydia logró mover las piernas primero un pie, después el otro, punta-talón, punta-talón, mientras se preguntaba si los demás oían los latidos de su corazón.

– Señorita Ivanova, usted estaba en el Club Ulysses la noche en que robaron el collar de rubíes.

– Sí.

– Y la registraron. No le encontraron nada.

– No.

– Me gustaría disculparme por lo indigno de la situación.

Lydia permanecía en silencio, observando, desconfiada. Aquel agente le estaba tendiendo una trampa, estaba segura de ello, aunque no sabía cómo, y por dónde le vendría.

Se trataba del comisario Lacock en persona, y por eso sabía que estaba metida en un lío muy serio. Que la hubieran llevado a la comisaría ya era grave, pero que la hubieran conducido hasta el despacho del comisario, que le hubieran ordenado sentarse a aquella mesa enorme, brillante, la llevaba a verse ya metida en la celda de la cárcel, a escuchar el chasquido de la puerta al cerrarse. Encerrada. Entre cuatro paredes. Cucarachas, pulgas y piojos. Sin aire. Sin vida. Estaba tan asustada que temía soltarlo todo, confesarlo, con tal de librarse de aquel hombre.

– Aquella noche hizo usted una declaración.

¿Por qué no se sentaba el comisario? Seguía de pie, tras el escritorio, con un papel en la mano -¿qué habría escrito en él?-, y la escrutaba con unos ojos grises tan duros que notaba cómo perforaban sus mentiras, una capa tras otra. El monóculo no hacía sino empeorar las cosas. Llevaba un uniforme muy oscuro, casi negro, lleno de trenzas de oro y círculos de plata, muy brillantes, que, según ella, estaban pensados para intimidar. Y sí, a ella la intimidaban, aunque no tuviera la menor intención de permitir que él se enterase. Se concentró en los pelos indómitos que le crecían en las orejas, en las feas manchas que salpicaban sus manos. En los puntos débiles.

– Comisario Lacock, ¿ha sido informada mi madre de que me encuentro aquí? -preguntó en tono altivo. Como la condesa Serova y su hijo Alexei.

El comisario frunció el ceño y se pasó la mano por el escaso pelo.

– ¿Lo considera necesario en este momento?

– Sí, quiero que esté aquí.

– En ese caso iremos a buscarla. -Hizo una seña a un policía joven apostado junto a la puerta, que desapareció al instante. Primer objetivo conseguido. A por el siguiente.

– ¿Necesito un abogado?

El comisario dejó la hoja sobre un montón de papeles, en su mesa. Lydia habría querido leerlo del revés, pero no se atrevía a apartar los ojos de los de Lacock, que la miraban con expresión divertida. El gato con el ratón. Juega antes de atacar. Le sudaban las manos.

– No lo creo, querida. Sólo la hemos hecho venir para que escoja a un hombre en una ronda de reconocimiento.

– Sí, el hombre que describió en su declaración. Al que vio merodear desde la ventana de la biblioteca del Club Ulysses. ¿Lo recuerda?

El comisario esperaba una respuesta, pero el alivio la había dejado sin respiración. Asintió.

– Bien, entonces vamos a echarles un vistazo, ¿le parece?

Lacock se acercó a la puerta y Lydia, para su asombro, descubrió que las piernas le respondían, como si fuera fácil.

Era una habitación sencilla, de paredes verdes y suelos de linóleo marrón. Allí había seis hombres en fila, y todos ellos volvieron sus ojos pardos en dirección a ella cuando entró, flanqueada por dos agentes de policía altos y corpulentos, aunque no tanto como los detenidos, de hombros anchísimos y puños como pedazos de carne. ¿De dónde los habrían sacado?

– Tómese su tiempo, señorita Ivanova, y recuerde lo que le he dicho -la instruyó Lacock, conduciéndola al principio de la fila-. Ojos al frente -ordenó con brusquedad, y Lydia tardó unos segundos en darse cuenta que hablaba con los seis hombres.

¿Qué era lo que le había dicho? Trató de recordarlo, pero la imagen de aquella hilera de hombres silenciosos se lo impedía. No lograba quitarles la vista de encima. Todos eran iguales y, a la vez, muy distintos. Algunos más anchos, o más altos, o más viejos. Algunos malcarados y arrogantes, otros sumisos, destrozados. Pero todos lucían barbas cerradas y pelo alborotado, y llevaban bastas túnicas y botas altas. Dos de ellos se cubrían un ojo con un parche, y uno tenía un diente de oro que, al brillar, la señalaba como un dedo acusador.

– No se ponga nerviosa -le recomendó Lacock-. Camine despacio frente a la fila, y observe las caras con atención.

Sí, claro, ahora recordaba las instrucciones, caminar frente a la fila, no decir nada, volver a pasar por delante. Sí, era capaz de hacerlo. Y luego diría que no era ninguno de ellos. Fácil. Aspiró hondo.

El primer rostro era cruel. Ojos fríos, duros, boca torcida. El segundo y el tercero eran la expresión de la tristeza, rostros demacrados, aire de desesperanza, como si sólo les aguardara la muerte. El cuarto se mostraba orgulloso. Llevaba un parche en el ojo y se mantenía muy erguido, sacando pecho, aunque los rizos grasientos no lograban disimular la gran cicatriz que le dividía la frente. Ése la miró fijamente a los ojos, y ella lo reconoció al instante: se trataba de aquel hombre-oso al que había visto en su calle un día antes del concierto. El que llevaba el dibujo de un lobo aullador en las botas. Era el que había descrito a la policía con la esperanza de distraer la atención de sí misma. Se mantuvo impávida, y siguió con la ronda de reconocimiento, aunque en los dos últimos apenas se fijó. Impresiones de corpulencia, músculo, y una nariz rota. El número seis también llevaba un parche en el ojo, en eso sí se fijó. Tensa, regresó al principio de la fila y volvió a examinarlos a todos.

– Tómese su tiempo -le susurró Lacock al oído.

Iba demasiado deprisa, de modo que trató de calmarse y se obligó a mirar todos los rostros oscuros, serios. En esa ocasión, el número cuatro, el de las botas de lobo, arqueó una ceja a su paso, lo que llevó al comisario a golpearle el hombro con la porra.

– Nada de libertades -dijo, con una voz acostumbrada a la obediencia inmediata-, o vas a pasar la noche en el calabozo.

Cuando Lydia creía que ya había terminado y que podría abandonar aquel cuarto verde, deprimente, la cosa no hizo sino empeorar. El último hombre habló. Era más bajo que los demás, aunque aun así corpulento, y llevaba un parche en el ojo.

– No diga que soy yo, señorita, por favor, no lo diga. Tengo esposa e…

La porra que el sargento sostenía en la mano fue a aterrizar e la cabeza del hombre. La sangre que le salió por la nariz salpicó a Lydia en el brazo, y la manga de la blusa de su uniforme se tiñó de rojo. La sacaron de la sala sin darle tiempo a abrir la boca, pero apenas se encontró de nuevo en el despacho del comisario Lacock, empezó a quejarse.