Había cristales rotos sobre los adoquines de Copper Street, y a nadie parecía importarle. Un joven que llevaba una vara larga al cuello, de cuyos extremos colgaban sendas cestas, pasó junto a Lydia, dejando sus huellas de sangre marcadas en el suelo, pero la mayoría de gente caminaba pegada al otro muro, y apartaba la vista. Sólo los porteadores de los rickshaws debían pasar sobre los vidrios. Los que calzaban sandalias de esparto eran afortunados; los que iban descalzos, no lo eran tanto.
Lydia contemplaba con horror la entrada de la tienda del señor Liu. O lo que quedaba de ella, pues el local se había convertido en un hueco desnudo. Todo estaba hecho añicos: el escaparate, los biombos de madera roja, los rollos y grabados, e incluso la puerta el marco que, destrozados, reposaban en el suelo. La cerería y la tienda del vendedor de hechizos, contiguas a aquélla, estaban intactas, abiertas, como de costumbre, por lo que era evidente que quien lo había hecho sabía a quién quería atacar: al señor Liu. Entró en lo que quedaba de la casa de empeños, pero el lugar ya no era oscuro ni misterioso. El sol lo iluminaba todo, mostraba los estantes abigarrados a los transeúntes, y Lydia sintió lástima por el lugar. Ella sabía muy bien lo importantes que eran los secretos. En el centro del espacio, el señor Liu estaba sentado, inmóvil como una piedra, en uno de sus taburetes de bambú. Apoyada sobre las rodillas tenía la espada del Bóxer que hasta ayer colgaba de la pared. Su filo estaba ensangrentado.
– Señor Liu -le preguntó en voz baja-. ¿Qué ha pasado?
El hombre alzó los ojos hacia ella, y Lydia se dio cuenta de que habían envejecido mucho, mucho.
– La saludo, señorita. -Su voz era como un rasguño débil sobre una puerta-. Lo siento, pero hoy está cerrado.
– Cuénteme, ¿qué ha ocurrido aquí?
– Han venido los diablos. Querían más de lo que podía darles.
A sus pies, los joyeros estaba rotos y vacíos. Lydia sintió un atisbo de alarma. Los estantes parecían intactos, pero las cosas de valor habían desaparecido.
– ¿Quiénes son esos diablos, señor Liu?
Él se encogió de hombros y cerró los ojos. Perdió de vista el mundo. Lydia se preguntaba a qué espíritus interiores estaría invocando. Pero lo que más le desconcertaba era que nadie hiciera nada para limpiar todo aquello. Decidió tomar la iniciativa, y franqueando el lugar que hasta hacía poco ocupaba el biombo taraceado, y que ahora yacía tirado en el suelo, cogió la tetera y la colocó sobre el fogón de atrás. Preparó un té de jazmín para los dos, y se lo llevó en una bandeja. El señor Liu seguía con los ojos cerrados.
– Señor Liu, aquí tiene algo que templará su corazón.
Los labios del chino esbozaron algo parecido a una sonrisa, y abrió los ojos.
– Gracias, señorita. Es usted generosa y respetuosa con un pobre viejo.
Hasta ese momento Lydia no se percató de que le habían cortado la larga coleta que bajaba por su espalda, y que estaba tirada en el suelo, lo mismo que la barba larga y esponjosa, reducida ahora a una pelusa gris. Lo indigno de aquel acto pudo con ella. Le parecía mucho peor que el ataque a la tienda. Muchísimo peor.
Acercó el otro taburete al anciano y se sentó en él.
– ¿Por qué no acude nadie en su ayuda? -La gente pasaba por delante, pero todos miraban hacia el otro lado.
– Tienen miedo -respondió él, que, indiferente, dio un sorbo al té caliente-. Y no les culpo.
Lydia observó la espada, la sangre que se tornaba marrón. El ataque debía de haberse producido poco antes de su llegada, porque una parte del filo aún brillaba.
– ¿Quiénes son los diablos?
El silencio se posó en la tienda, junto con el polvo y los cristales rotos, mientras el señor Liu respiraba despacio, repetidamente, en bocanadas largas y lentas.
– Eso es mejor que no lo sepa -respondió al fin.
– Quiero saberlo.
– En ese caso es usted una insensata, señorita.
– ¿Han sido los comunistas? Necesitan dinero para comprar armas, según dicen.
El anciano la miró, sorprendido.
– No, no han sido los comunistas. ¿De dónde saca esas cosas una extranjera como usted?
– No sé, se dice por ahí, se comenta.
El señor Liu la observaba con dureza.
– Vaya con cuidado, señorita. China no es como otros lugares. Aquí rigen otras reglas.
– Entonces, ¿quiénes son los diablos que crean esas reglas? ¿Esas reglas que permiten destruir las tiendas y llevarse el dinero? ¿Dónde está la policía? ¿Por qué no…?
– Nada de policía. No vendrán.
– ¿Por qué no?
– Porque les pagan para que no vengan.
Lydia sintió un escalofrío, a pesar del té. El señor Liu tenía razón: ése no era su mundo. La policía china no era como el comisario Lacock. El jefe de la policía del Asentamiento Internacional, que hacía apenas un par de horas había sido objeto de todo su desprecio, se le aparecía ahora como un personaje razonable y honrado. Alguien respetado, que infundía confianza. Deseó que se personara allí al momento, con su monóculo y su voz autoritaria, y lo solucionar todo. Pero ésa no era su jurisdicción. Eso era el Junchow chino. Siguió ahí sentada, en silencio, un silencio que duró tanto que a Lydia le sobresaltó un poco ver que el señor Liu alzaba la espada con una mano.
– He herido a uno -dijo al fin.
– ¿Gravemente?
– Bastante.
– ¿Dónde?
– Le he rebanado el tatuaje del cuello. -Lo dijo con sereno orgullo.
– ¿El tatuaje? ¿Qué clase de tatuaje?
– ¿Qué mas le da a usted?
– ¿Era una serpiente? ¿Una serpiente negra?
– Tal vez.
Pero ella estaba segura de haber dado en el clavo.
– He visto uno.
– Entonces aparte la vista, o la serpiente negra le morderá el corazón.
– Pertenece a una banda, ¿verdad? A una de las tríadas. He oído hablar de esas hermandades que extorsionan a…
Él se llevó un dedo ganchudo a los labios.
– No hable siquiera de ellos. No si quiere conservar esos preciosos ojos que tiene.
Despacio, Lydia dejó la tacita en la bandeja laqueada que reposaba en el suelo. No quería que el señor Liu le viera la cara; sus palabras la habían asustado.
– ¿Qué piensa hacer? -le preguntó.
El anciano blandió la espada, y de un golpe certero partió la bandeja en dos. Lydia se puso en pie de un salto.
– Les pagaré -musitó-. Encontraré los dólares en alguna parte, y pagaré. Es el único modo de que mi familia tenga un plato caliente en la mesa. Esto ha sido sólo un aviso.
– ¿Quiere que le ayude a recoger los cristales y a…?
– No. -Lo dijo con brusquedad, como si ella se hubiera ofrecido a cortarle los pies-. No, pero gracias, señorita.
Ella asintió, pero no se movió de su sitio.
– ¿Qué quiere, señorita?
– He venido a hacer negocios.
El señor Liu escupió en el suelo.
– Hoy no quiero saber nada de negocios.
Fue como si una llave hubiera hecho girar una cerradura; sus ojos apagados brillaron, y en algún lugar encontró su sonrisa de comerciante.
– ¿Puedo ayudarla? Lamento el estado en que se encuentra todo, pero… -se fijó en el colgador que había al fondo de la tienda- las pieles siguen estando en un estado excelente. Y a usted siempre le han gustado las pieles.
– Nada de pieles. Hoy no. Lo que quiero es desempeñar el reloj de plata que le traje la última vez. -Se llevó la mano al bolsillo donde guardaba el pañuelo-. Tengo dinero.
– Lo siento, ya está vendido.
Lydia no pudo evitar mostrar su decepción, lo que sorprendió al anciano, que estudió su rostro atentamente.
– Señorita, hoy ha sido usted buena con un viejo, cuando ningún compatriota suyo le miraba siquiera. De modo que se ha ganado, a cambio, que yo sea amable con usted. -Se acercó a la cocina negra y cogió un recipiente marrón, esmaltado, del estante en el que guardaba los tarros de té.