– Déjala ahora-le aconsejó, en voz baja-, antes de que te involucres demasiado. Te lo digo por tu bien. Y no te olvides de que tiene una hija. Nada fácil, por cierto.
Parker se pasó la mano temblorosa por la frente, tratando de aclararse las ideas.
– No lo sé, Theo, tal vez tengas razón. A mí me parece que el amor es una fuerza destructiva. El amor a una persona, a un ideal, a un país… Lo borra todo, y causa grandes trastornos. En cuanto a la hija, ni me la menciones. Esa muchacha es incorregible.
Capítulo 23
Chang permanecía inmóvil en la oscuridad. Quieto como una piedra. Estaban ahí, todos a su alrededor. Los oía. El rumor de una manga, el roce de un muslo contra el muro, el crujido de un zapato sobre la gravilla. Había sido temerario por su parte presentarse en el funeral. Sabía que ello implicaba que le siguieran la pista. Pero habría sido un deshonor para él haberse perdido el momento final de Yuesheng, pues era su compañero de sangre, y le debía respeto, sobre todo si pensaba que, la noche del ataque del Kuomintang, podría haber sido su propio cuerpo sin vida el que hubiera acabado tendido en el suelo del sótano. Y ahora, en efecto, los Serpientes Negras estaban ahí. La muerte acechaba en las sombras, esperando darse un banquete.
Se encontraba en una calle empedrada de la ciudad vieja, con la espalda pegada a una puerta de roble repujada, encastrada en un arco. Figuras negras pasaban de una calle a otra, agazapadas, veloces, cruzando en todas direcciones. Movimiento en las entradas. Ojos agudos que lo buscaban. Sin luna que iluminara los filos alojados en los puños, aunque no tenía duda de que estaban ahí, sedientos de sangre.
Contó a seis en total, pero oía a más. Uno estaba de pie, muy rígido, apoyado en una pared a no más de diez pasos a su derecha, custodiando la entrada al estrecho hutong, un callejón que se adentraba en el laberinto de calles traseras. Respiraba con cierta dificultad. De un salto silencioso, y levantando el talón, Chang acabó con él, aunque antes de que el cuerpo llegara al suelo, él ya se encontraba en el hutong, corriendo, agazapado y ágil. Sobre él, en la ventana de una primera planta, se encendió una luz, y detrás de él resonó un grito. Pero no se volvió.
Avanzaba más deprisa. Se internaba en una oscuridad mayor. Los pies le resbalaban al contacto con basuras en diversos estados de descomposición. Él los guiaba a través de las calles, frenándolos en su intento de ganar velocidad. Así, cuando el hombre más rápido se encontró en un cruce, veinte pies por delante de sus compañeros, no supo qué era lo que acababa de surgir de entre las sombras y le golpeaba el pecho, partiendo sus costillas como si fueran ramas, hasta que ya era demasiado tarde, y no podía respirar.
Chang siguió avanzando como una exhalación en la oscuridad. Retorciéndose, girando, emboscándose. A otro de los hombres le inutilizó una pierna, y al otro la visión de un ojo. Pero un camión de la basura, con el volquete lleno de excrementos humanos, y un hedor capaz de asfixiar a cualquiera, le impidió el paso, y se vio obligado a girar a la izquierda, por una pendiente que no descendía a ninguna parte.
Una ratonera.
Altos muros a tres lados, una especie de patio. Una vía de acceso. Y la misma, de salida. Seis hombres se abrieron en abanico tras él, respirando entrecortadamente, escupiendo veneno. Tres de ellos llevaban cuchillos, dos blandían espadas, pero uno cargaba un arma de fuego, que apuntaba directamente al pecho de Chang. Pronunció algo con voz gutural y uno de los que llevaban espadas se adelantó. Se acercó a Chang y el largo filo rasgó el aire con un silbido. Chang dejó de respirar, extrajo la energía que circulaba por sus venas y con un movimiento fluido impulsó una pierna bajo su atacante. Una punzada de dolor le atravesó el costado, pero dio tres pasos rápidos y quedó suspendido en el aire, tratando de agarrarse al muro trasero con los dedos. Resbaló, volvió a intentarlo, y entonces sí, subió los talones por encima de la cabeza, describiendo un arco perfecto. Ya había llegado al tejadillo, pero no estaba a salvo. Una bala le pasó rozando la oreja.
Se oyó un rugido colérico en el patio, y el hombre de la pistola se apoderó del sable del espadachín y le asestó a éste un golpe que lo destripó. El hombre, herido, se hincó de rodillas en el suelo, sujetándose los intestinos, que escapaban de su cuerpo, mientras un chillido agudo brotaba de su garganta. El segundo mandoble lo acalló, y la cabeza seccionada rodó hasta la alcantarilla. La pistola apuntó una vez más en dirección al tejado. Pero Chang ya se había esfumado.
Lydia tenía tiempo para pensar. La franja de más de veinte metros, en el centro del campo, empezaba a amarillear, pero a su alrededor la hierba se extendía como un lago verde, resplandeciente. Recortaban el césped con precisión, y lo trataban con un respeto que a ella le escandalizaba un poco, pues los hombres parecían preocuparse más por su bienestar que por el de sus hijos. Pero le encantaba asistir a los partidos de criquet. Le encantaba imaginar que aquella escena tenía lugar en el otro extremo del mundo, en Inglaterra. En ese mismo momento, en todas las ciudades y pueblos, hombres vestidos de blanco tomaban al asalto el fin de semana con sus bates y sus guantes, golpeando sin piedad aquella pelota pequeña y dura. Era algo tan deliciosamente absurdo… Y más con ese calor. Sólo a unas personas sin nada que hacer en todo el día podía habérseles ocurrido algo tan curioso.
Hombres vestidos de blanco.
Para un país el blanco equivale a un juego; para otro, a la muerte. Mundos distintos. Separados por el océano. Pero ¿qué le sucedía a alguien que se viera atrapado en el medio? ¿Se ahogaba?
– ¿Más té, querida? Pareces estar a muchos kilómetros de aquí.
– Gracias, señora Mason. -Lydia aceptó el té, alejó sus pensamientos de Chang An Lo y se sirvió otro sándwich de pepino, que dejó sobre el plato que se sostenía en precario equilibrio sobre el apoyabrazos de la tumbona.
La madre de Polly llevaba gafas de sol de montura aparatosa y un sombrero de paja, de ala ancha, en el que había trenzado varias rosas de su jardín. Pero ninguna de las dos cosas bastaban para ocultar el cardenal que le oscurecía el ojo izquierdo, ni la hinchazón del pómulo.
– Me tropecé con Achules, el gato de Chistopher, que es un perezoso, y me di contra una puerta. Qué tonta soy.
Lydia la oyó reírse al contarlo a las demás mujeres, pero, a juzgar por la expresión de éstas, nadie la creía. Lydia la contemplaba con respeto renovado. Para presentarse en el partido y soportar la humillación sin perder la sonrisa en ningún momento, para servir el té con pulso firme, hacía falta valor.
– Señora Mason -dijo en voz alta-. ¡Qué vestido tan bonito lleva! Le sienta muy bien. -Se trataba de un modelo vaporoso, de estampado floral, muy inglés.
– Gracias, Lydia -respondió Anthea Mason, y por un instante a la joven le pareció que estaba a punto de echarse a llorar. Pero no, lo que hizo fue esbozar una sonrisa, y servirle a Lydia otro sándwich en el plato.
En el campo, Christopher Mason anotó otros cuatro, pero Lydia se negó a sumarse a la ovación generalizada. Junto a ella, Polly irradiaba satisfacción, y acariciaba la cabeza de su cachorro para animarlo. No le gustaba que lo mantuvieran atado con la correa, precisamente allí, donde la pelota le decía: «Persígueme.»
– ¿A que papá es listo, Toby? Hoy va a estar de muy buen humor.
Lydia no quería ni mirarla.
– Al final te matarán, Lyd.
– No seas exagerada. Fue sólo un funeral.
– Pero ¿por qué? Nadie va a los servicios de los chinos. Los nativos se ocupan de sus asuntos, y nosotros hacemos lo mismo. Y así, todos contentos. Tienes que aceptar que no les caemos bien, Lyd, y que son distintos a nosotros. No podemos mezclarnos con ellos.