– ¿Cómo lo sabes?
– Porque no podemos. Eso lo sabe todo el mundo.
– Te equivocas. Chang y yo somos… -Lydia buscó una palabra que no escandalizara a Polly- amigos. Hablamos sobre… sobre cosas, y no veo ninguna razón por la que no podamos mezclarnos. Fíjate en todos los niños que tienen niñeras chinas, que los cuidan cuando son pequeños, y los adoran. Entonces, ¿por qué tiene que cambiar cuando esos niños crecen?
– Porque sus reglas son distintas a las nuestras.
– Lo que dices es que la cosa sólo funciona si ellos adoptan nuestras reglas y viven como nosotros.
– Sí.
– Pero son personas, Polly. Como nosotros. Deberías haber visto y oído su pena durante el funeral. Les dolía, lo mismo que nos duele a nosotros. Si se cortan, sangran, lo mismo que nosotros. ¿Qué importan las reglas?
– Oh, Lydia, ese Chang An Lo te está confundiendo. Tienes que olvidarte de él. Aunque debo admitir que al señor Theo parece irle bien con su hermosa china.
– Pero no se ha casado con ella, ¿verdad?
– Precisamente.
– Y cuando Anna Calpin era joven, adoraba a su amah, y ahora, en invierno, la hace sentarse en el retrete diez minutos antes de que ella vaya a usarlo, para que se lo caliente.
– Lo sé. Pero tú nunca has tenido criados chinos, Lydia. Tú no lo entiendes.
– No, Polly, no lo entiendo.
La calle parecía normal. Había un vendedor chino apostado en una esquina, tratando de colocar su mercancía -pipas de girasol y agua caliente-; un niño jugaba a las canicas junto a la acera, y una vieja babushka rusa estaba sentada en una mecedora, junto a la puerta de su casa, desplumando una gallina de Guinea. A sus pies, dos pilluelos muy sucios recogían las plumas al vuelo y rellenaban con ellas una almohada. Las grandes ruedas de un rickshaw traquetearon calle abajo, levantando lodo a su paso.
Lydia trataba de comprender qué era lo que la había llevado a detenerse. Aquélla era su calle. Había caminado por ella un millón de veces. Hacía mucho calor, había polvo por todas partes. El vestido se le pegaba a la piel. Se moría de ganas de beber algo frío. Y se encontraba a apenas veinte metros de su casa. Entonces, ¿qué sucedía?, ¿qué le hacía vacilar?
«Cuidado, Lydia Ivanova. No duermas mientras caminas. Te soltaron una vez, pero no te soltarán dos veces.»
Las palabras de Chang. Pero ella ya tenía cuidado, se mantenía alerta, y sin embargo no veía nada que justificara su nerviosismo. Tal vez Polly tuviera razón y él la estaba confundiendo sin motivo. Reanudó la marcha, más deprisa, impaciente consigo misma, pero mientras metía la llave en la cerradura percibió un movimiento detrás de ella. No es que viera ni oyera nada. Fue más un cambio súbito en el aire, a sus espaldas. No se volvió. Se abalanzó hacia el zaguán y cerró la puerta de golpe. Se apoyó con todas sus fuerzas en ella, sin respirar. Escuchando.
Nada. La bocina de un coche, la risa de un niño, el chillido salvaje de una gaviota que pasaba volando.
Inspiró hondo. ¿Lo habría imaginado?
Esperó, mientras transcurrían los minutos y se sentía el pulso acelerado en los oídos.
– Lydia, moi vorobushek, ven aquí, ven. -Era la señora Zarya, que la llamaba desde un extremo del vestíbulo. Llevaba un kimono azul brillante, y rulos en el pelo-. Tengo un boniato para el señor Sun Yat-sen. Ven, cógelo.
Lydia obedeció, pero le pesaban mucho los pies.
– Muy amable, señora Zarya, a Sun Yat-sen le gustará. -Se acordó del manojo de hierba que había recogido en el club de criquet sin que la vieran, y que llevaba escondido en el puño-. ¿Va a algún lugar especial esta noche?
– Da, sí. A una soirée -respondió, ufana, la señora Zarya-. Una lectura poética en la villa del general Manlikov. Era amigo de mi esposo, y se trata de un hombre decente que no se olvida de la viuda de un viejo camarada.
– Que lo pase muy bien -dijo Lydia, iniciando el ascenso de la escalera-. Y gracias por el boniato. Spasibo.
Fue al completar el último tramo de peldaños cuando oyó las voces que provenían de la buhardilla, y parecieron golpearle el rostro. Una de ellas era la de su madre, grave, intensa. La otra pertenecía a un hombre, que la alzaba en algo parecido a la ira. Hablaban en ruso. Ella abrió la puerta sin hacer ruido, y vio a dos figuras sentadas en el sofá, hablando deprisa, gesticulando mucho. Sintió un escalofrío y, horrorizada, quiso irse, pero era demasiado tarde. El interlocutor de su madre era el hombre de la ronda de reconocimiento a la que asistió en comisaría, el gran oso barbudo de rizos grasientos y parche en el ojo, el de las botas de lobo. Junto a él, Valentina parecía una criatura exótica apoyada en el borde del asiento. El hombre observaba a Lydia con su único ojo oscuro, y la joven se ruborizó.
– Lo siento -se disculpó de entrada-. No fue mi intención que la policía le siguiera como lo hizo, es que…
– Lydia -intervino su madre rápidamente-, Liev Popkov no habla inglés.
– Ah… Bueno, pues dile que me disculpe.
Valentina le dijo algo en ruso, atropelladamente.
El hombre asintió despacio y se puso en pie. Al instante el aire de la buhardilla se llenó con sus hombros, y tuvo que agachar la cabeza para no golpearse con el techo. En ningún momento dejó de observar a Lydia, que no estaba segura de si su gesto era de hostilidad o de curiosidad, pero que en cualquier caso le incomodaba. Con todo, lo que más confusión le causaba era pensar cómo diablos había averiguado dónde vivía. Chyort! Su nerviosismo aumentaba por momentos.
El hombre se desplazó hacia la puerta, junto a la que ella seguía plantada, y se acercó tanto a ella que Lydia temió que fuera a aplastarle la cabeza con sus manazas.
– Lo siento -reiteró, y sin darle tiempo a alargar aquellas garras suyas, le tendió una mano.
Para su sorpresa, el ruso aceptó el saludo, y una de sus manos engulló la de Lydia y la estrechó con suavidad. Sin embargo, aquel ojo único, negro, parecía mirarla con desagrado.
– Do svidania -balbució ella, cortésmente-. Adiós.
El masculló algo y abandonó la buhardilla.
– ¿Qué quería, mamá?
Pero Valentina no la escuchaba, y se dedicaba a servirse un trago. No en taza, como de costumbre, sino en una copa. Lydia supo que se trataba de otra muestra más de la generosidad de Alfred.
Su madre se acercó al espejo, que volvía a colgar de la pared, y contempló su reflejo mientras daba el primer sorbo al vodka.
– Soy vieja -musitó, pasándose la mano por la mejilla y el cuello, por el perfil de los pechos, por las caderas-. Vieja y flaca, como un perro callejero y pulgoso.
– No, mamá, no empieces con eso. Eres hermosa. Todo el mundo lo dice, y sólo tienes treinta y cinco años.
– Este asqueroso clima me destroza la piel. -Acercó más la cara al espejo, y se llevó dos dedos a las comisuras de los párpados.
– El vodka te la destroza aún más deprisa.
Su madre no dijo nada. Echó la cabeza hacia atrás y apuró el trago, tras lo que cerró los ojos un instante.
Lydia se dio la vuelta y se puso a mirar por la ventana. La anciana del balancín se había quedado dormida, y los dos pillos trataban de robarle la gallina a medio desplumar, aunque ella, a pesar del sopor, la sujetaba con fuerza. Lydia se asomó y les regañó a gritos, y los pequeños salieron corriendo por la calle, llevándose la almohada de plumas.
Sobre los tejados, el cielo se teñía de franjas violetas, pues el sol había empezado a alejarse de China. Con todo, Lydia no lograba distraerse.
– ¿Qué quería ese hombre, mamá?
Valentina se había acercado a la mesa, y llenaba la copa por segunda vez.