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De la boca del hombre brotó entonces un chillido que era como el relincho de un caballo, y que hizo temer a Chang el regreso del guardia.

– Silencio -susurró.

El hombre cerró la boca, y le rechinaron los dientes, tal vez de dolor, tal vez de temor. A Chang le traía sin cuidado el motivo.

– Silencio -ordenó de nuevo.

Los ojos del hombre eran apenas dos ranuras, y observaban a Chang con expresión de odio. Por un instante buscaron la espada, fina y grabada con gran delicadeza, que colgaba en la pared, sobre un altar pequeño, pero Chang incrementó la presión del filo.

– ¿Qué es lo que quieres? -gruñó el hombre, rígido como una piedra.

– Quiero tus pelotas servidas en una bandeja.

Chang controlaba la situación, y ésa era una posición peligrosa. En aquella casa inmensa, grande como un dragón, llena de sirvientes sumisos y patios bien cuidados, sólo un hombre ostentaba el poder. Sólo un hombre echaba fuego por la boca. Y ese hombre era Feng Tu Hong.

Chang franqueó el dintel y se adentró en el último patio, el más hermoso, tanto que a pesar de la oscuridad y la lluvia, consentía el brillo de sus leones de bronce, que amenazaban desde sus peanas. Los guardias y los criados se adelantaron, antes de retroceder, alarmados. Sobre el suelo de mármol, húmedo y gastado, se arremolinaban los pétalos. El perro emitía un gruñido gutural y se mantenía de pie, muy rígido, con el pelo erizado, aunque sin atacar.

Porque delante de Chang se agitaba la figura encorvada de Po Chu. La lluvia descendía por la prominente curva de su espalda, y descendía hasta las nalgas desnudas. Seguía llevando sólo el cinturón confeccionado con colmillos de serpiente, pero ahora, una tira de cuero le ataba las muñecas a los tobillos, de manera que parecía doblemente jorobado, al tiempo que otra le mantenía los pies muy pegados, separados apenas por un palmo. Su avance, como el de una tortuga herida, era lento y humillante, pero la punta de la daga, que seguía pegada a sus testículos, le animaba a seguir avanzando. De su boca brotaba una retahíla de obscenidades que Chang ignoraba.

– Feng Tu Hong -gritó Chang-. Tengo a tu hijo sentado en la punta de mi daga. Si quieres que en el futuro pueda darte nietos, abre las puertas y permítele que se postre a tus pies.

El viento levantó sus palabras, y el cielo de la noche se las tragó. A su alrededor oía el silbido de las espadas al desenvainarse, el murmullo de alientos entrecortados, pero nadie se atrevía a acercarse lo bastante, y una mano callosa tuvo el buen juicio de sujetar al perro por el cuello. Chang sentía el poder que ostentaba en ese instante; ascendía en él como un tifón, recorriendo sus venas, arrastrando consigo todo indicio de temor. Debía disfrutar el momento, saborear su dulzura. Porque podía ser el último.

Las puertas, profusamente decoradas, se abrieron de par en par y Feng Tu Hong apareció en lo alto de la escalera, casi tan ancho como el dintel. Cubría su corpulencia con una túnica escarlata, muy bordada, aunque seguía llevando la cinta blanca en la cabeza, en señal de duelo por la muerte de Yuesheng. No llevaba arma alguna, pero tras él asomaban dos guardaespaldas de rostros anchos, y ambos apuntaban con sus Lugers a Chang.

– Deseas la muerte -sentenció Feng.

Lo miraba con ojos negros, inmóviles, sin atisbo de furia en ellos. Cruzó los brazos sobre el pecho.

– Ésta es la segunda vez que te traigo a un hijo, Feng Tu Hong. Pero en este caso no está muerto. -Observó fijamente al jefe de la tríada de la Serpiente Negra -. Aún no.

Feng bajó la mirada para contemplar la cabeza oscura de su hijo, el único que le quedaba con vida. Estaba vergonzosamente cerca del suelo.

– Po Chu, vuelves a deshonrarme -le dijo, con la voz llena de mofa-. Debería dejar que te cortaran a pedacitos, que no me servirían más que las uñas de un mono.

– Hablemos dentro -instó Chang al momento-, donde nos oigan menos oídos, y donde la lluvia no deshaga nuestras palabras.

Feng abrió la boca, aspiró hondo, entrecortadamente -lo que hizo temblar todo su cuerpo-, y bruscamente se metió de nuevo en la casa. Chang esperó a que los guardaespaldas lo siguieran, y sólo entonces entró él, acompañado de Po Chu, que seguía encorvado y subía los peldaños de lado, a saltitos, emitiendo gruñidos al hacerlo. El hombre atado no decía nada, como si las palabras de su padre hubieran acabado con el poco ánimo que pudiera quedarle.

Sólo el odio callado persistía, tan desnudo y expuesto como sus nalgas.

En el vestíbulo, a la derecha, se alzaba una pared de capillas con imágenes de los antepasados y otros familiares, llenas de ofrendas recientes de comida, bebida y bastones de incienso dispuestas frente a cada una. Que el retrato de Yuesheng se encontrara entre ellas pilló a Chang por sorpresa, aunque no entendía por qué. Lo estudió con detalle. El rostro joven, confiado. Una sensación que era como de agujas aplicadas en los puntos de presión de sus pies creó una bola de luz cegadora que empezó a moverse de modo errático en el interior de sus ojos. Se volvió, pero le persiguió un recuerdo: el de Po Chu golpeando a su hermano menor hasta convertirlo en un bulto ensangrentado a causa de su compromiso político con Mao Tse-Tung, y el de Yuesheng negándose a levantar una mano para defenderse. Chang obligó a Po Chu a emitir un lamento agudo incrementando la presión de la daga en la piel blanda y colgante que tenía entre las piernas. Aquel cuchillo, precisamente, se lo había regalado Yuesheng. Contaba con una hoja muy fina, azul acero, y con un mango de cuerno de búfalo en el que había grabada la imagen de un unicornio chino, Chi Lin, a ambos lados, para atraer la buena fortuna. Y en ese momento la punta oprimía las pelotas grasientas de su inútil hermano.

La escena habría provocado las carcajadas de Yuesheng.

Chang sintió que el espíritu de su amigo se encontraba muy cerca en ese instante. Su voz reverberaba en el aire. Tal vez fuera porque Yuesheng sabía que estaban a punto de encontrarse de nuevo. Y había acudido a mostrarle el camino. Pero Chang negó con la cabeza, la meneó una sola vez, bruscamente.

– Todavía no, Yuesheng -susurró.

– ¿Y bien? -Feng se había situado en el centro de una estancia magnífica, que brillaba por todo el oro y el jade que contenía en su decoración, y que exhibía elegantes rollos pintados en las paredes. Con su gesto, parecía querer recordar a Chang quién mandaba ahí. De pie, con las piernas separadas, los brazos plegados, la cabeza echada hacia delante, el cuello ancho, el rostro, una máscara fría, impenetrable-. ¿Y bien? -repitió-. ¿Cuál es el precio esta vez? ¿Otra imprenta? Creo que ése es el precio a pagar por un hijo. Aunque sea un precio vergonzoso.

– No.

Chang empujó a Po Chu por la nuca, y éste cayó de rodillas al suelo. Cuando lo tuvo ahí, lo agarró del pelo negro, y tiró de él con fuerza, mientras le pinchaba la barbilla con la punta de la daga. Po Chu sudaba profusamente, y temblaba, como si se le hubieran roto las muñecas, que seguían atadas. Toda su piel se mostraba resbaladiza y brillante, y aspiraba el aire a bocanadas, mientras alzaba hacia su padre unos ojos implorantes, llenos de terror.

– Padre sabio y honorable -balbució con voz ronca-. Te ruego concedas a este diablo lo que te pide.

Feng escupió.

– Para mí no eres nada.

– Muy bien -terció Chang sin inmutarse-, si no vale nada, entonces a mí tampoco me sirve. Prepárate para reunirte con tus antepasados, Feng Po Chu.

Le agarró del pelo, tiró de él con más fuerza y vio que las Lugers se alzaban, listas para disparar. Un hedor insoportable a heces impregnó la estancia, pues Po Chu había perdido el control de sus esfínteres. La sangre goteaba por el filo de la daga y descendía hasta los dedos de Chang.