– ¿Y todavía hay soldados allí?
Unos dedos expertos clavaban los alfileres en las mangas.
– ¿Te refieres a esos apestosos barrigas grises?
– Los que llevan las cintas amarillas en los brazos, los de Pekín. Las tropas del Kuomintang.
– Ai! Son diablos.
– ¿Todavía están en Junchow?
Madame Camellia abandonó por un momento su adorable sonrisa y, al hacerlo, repentinamente su rostro reflejó su verdadera edad.
– Avanzan arrasando, como una tormenta de arena, cada día por una calle distinta. Arrancan a los obreros de sus bancos, a los escribas de sus oficinas. Acuden allá donde un dedo acusador les señala. Decapitaciones y ejecuciones al anochecer, hasta que nuestras calles se tiñen de rojo. Aseguran estar limpiando la ciudad de comunismo y corrupción, pero a mí me parece que se están ajustando muchas cuentas pendientes.
A Lydia se le había secado la boca.
– ¿Y matan también a gente joven?
Madame Camellia miró con atención a la muchacha rusa.
– A algunos. Estudiantes, y esas cosas. Los ideales comunistas están muy arraigados entre la juventud. -Bajó la voz-. ¿Conoces a alguno?
Lydia estuvo a punto de revelar el nombre de Chang, tal era su desesperación por obtener noticias.
– No -se apresuró a decir-. Me preocupan todos, en general.
– Entiendo. -La modista le rozó la mano-. Muchos de ellos escapan. Siempre queda la esperanza.
A Lydia se le hizo un nudo en la garganta, y deseó arrancarles los ojos a aquellos dioses suyos tan insensibles.
– ¿Cree usted, madame, que podría llevar lentejuelas en el vestido?
No hablaban. De la boda no. Lydia se daba cuenta de que se habían puesto en marcha los preparativos. Había oído hablar de una fecha en enero, pero no preguntó nada, y nada le dijeron. Empezaron a llegar cartas en sobres gruesos, pero ella no comentaba nada, y ni siquiera cuando Valentina se ausentaba intentaba abrir la preciosa caja de palisandro en la que las guardaba todas. Aquella caja era un regalo de bodas de Alfred. La caja y el anillo. Un solitario con un diamante. Irradiaba luz incluso en aquel cuarto cochambroso, y Lydia no podía evitar pensar que el señor Liu le ofrecería «mucho dólar» por una joya como aquélla.
Los días iban haciéndose más frescos. Pero ella seguía sin noticias de Chang. Con todo, las sombras negras habían dejado de acecharla en las calles, y los movimientos repentinos vistos por el rabillo del ojo ya no disparaban los latidos de su corazón. Tardó un tiempo en estar segura de ello, y no habría sabido explicar el porqué de su certeza, pero el caso era que lo sabía. Las serpientes se habían ido, habían regresado a sus fétidas madrigueras. Desconocía los motivos de aquella retirada, pero estaba convencida de que tenían algo que ver con Chang. Incluso desde la distancia, él seguía protegiéndola.
Por lo demás, nada había cambiado en la buhardilla. Lydia trataba de concentrarse en sus deberes de clase, por las noches, mientras mordisqueaba la punta del lápiz o miraba discretamente por la ventana, estudiando la calle por si oía un paso veloz. En ocasiones observaba a su madre cuando se sentaba en el sofá. O la botella y la copa, que siempre mantenía cerca de su persona, a pesar de la absurda exhibición de abstinencia que había representado el día en que le cortó el pelo. Lo único que cambiaba era la cantidad de líquido que contenían. Valentina se sentaba con una partitura en el regazo y tarareaba alguna fuga de Bach en voz muy baja, hasta que llegaba a algún punto de su mente que se le hacía insoportable, y entonces se levantaba y, moviéndose de un lado a otro, seguía pasando páginas. Después de eso, se pasaba horas mirando sin ver el espacio que tenía delante, viendo cosas que su hija sólo era capaz de adivinar.
Lydia intentaba hablar con ella, pero el único solaz que Valentina buscaba en aquellas ocasiones era el de la botella. Lydia había llegado a calcular con bastante exactitud el momento en que, no sin esfuerzo, debía ayudar a su madre a levantarse del sofá y meterla en la cama. Si se anticipaba, se ponía agresiva. Si se demoraba, era incapaz de mantenerse en pie. Su cuerpo esbelto nunca parecía ganar peso, por más comida que apareciera sobre la mesa, que era lo que sucedía últimamente. Ni Lydia ni Valentina comían mucho. Sólo Sun Yat-sen estaba más gordo y más feliz.
– ¿Te gustaría tener una jaula como Dios manda para tu conejo? -le preguntó Alfred un sábado. Había venido a llevarse a Valentina a las carreras. A su madre siempre le habían encantado los caballos.
– Sí -respondió Lydia en contra de su voluntad, pues su intención había sido decir que no.
– Está bien, querida, con mucho gusto te compraré una. Vamos a escogerla ahora mismo, mientras tu madre -miró a Valentina y esbozó una sonrisa indulgente- hace lo que lo tenga que hacer.
Una vez en el mercado, Lydia escogió la jaula para conejos más grande y más lujosa. Contaba con compartimentos separados, así como con cuencos especiales de zinc para el agua y la comida, y unos graciosos motivos decorativos en lo alto, en forma de pagoda. Sabía que Alfred la estaba sobornando. Él también lo sabía. Y ella sabía que él lo sabía.
– Lydia, creo que podemos lograr que esto funcione. Lo nuestro, quiero decir. Que tú y yo seamos parte de la misma familia. Me gustaría al menos que lo intentáramos.
Lydia se mordió la lengua. Esa tarde había dejado que él la comprara, y se sentía sucia, la piel pegajosa. «¿Así es como se siente mi madre todos los días? ¿Comprada y sucia? ¿Por eso bebe tanto cuando él no está? ¿Para quitarse la suciedad?» Se fijó en sus gafas relucientes y se preguntó si se habría planteado alguna vez, remotamente, el daño que les estaba haciendo a las dos. Llegó a la conclusión de que no, de que no veía más allá de aquellos lentes feos, y que su mente era una caja gris e incolora, llena de autosatisfacción. ¿Cómo podía ocurrírsele que ella quisiera formar parte alguna vez de la misma familia que él?
– Gracias por la jaula -dijo fríamente, y corrió escaleras arriba.
El pez marrón se escurrió por la corriente fría y clara del río, ondulando el cuerpo ancho, suavemente, sobre su lecho. Hoy sí, se dijo Lydia. Ahora sí. Contuvo la respiración. Tensa, inmóvil.
La lanza rasgó el agua. Y falló de nuevo. El pez huyó nadando. Lo maldijo y regresó hasta la estrecha franja de arena de la Quebrada del Lagarto, donde se acuclilló bajo el radiante cielo otoñal, mientras esperaba a que remitieran los chapoteos aterrados que agitaban la corriente. Estar ahí, en aquel lugar, la acercaba a Chang. Recordaba el tacto de su pie herido, su peso en la palma de la mano, la tensión en su piel cuando ella clavaba, una y otra vez, la aguja, e iba cerrando sus bordes. El calor íntimo de aquella sangre entre sus dedos. Marcándola. Igual que ella lo marcaba a él.
Cuando terminó la operación de sutura, él suspiró, y ella se preguntó si había sido un suspiro de alivio o – y sabía que era una estupidez pensarlo- si añoraba la caricia de sus manos. Ahora pasaba los dedos por la arena vacía, buscaba el más mínimo rastro de su sangre. En su mente oía, con la misma claridad con la que llegaba hasta ella el fluir del río, la extraña risita que él dejó escapar cuando ella le pidió que encontrara un modo de entrar en el Club Ulysses para recuperar los rubíes. Cada vez que lo recordaba, se ponía enferma. ¿Cómo se le había ocurrido siquiera exponerlo a semejante peligro?
– Me convertirías en un ladrón -le dijo él ese día, muy serio.
– Podemos repartirnos el dinero entre los dos.
– ¿Y la condena? ¿Nos repartiríamos también la condena de cárcel?
– No te dejes atrapar, y no habrá cárcel -replicó ella.
Pero ya entonces Lydia sintió que se ruborizaba. Volvió la cara hacia el río, para que la brisa que ascendía por él le refrescara las mejillas, y estuvo tentada de decirle que no lo intentara, que no se arriesgara. Que se olvidara del collar. Pero su lengua no encontraba las palabras adecuadas. Cuando volvió a mirarlo, él le dedicó una sonrisa que, en cierto modo, alivió el tormento de su alma. Era un sentimiento raro, nuevo para ella. Estar con alguien y no tener que ocultar nada. Él veía lo que había en su interior, y lo comprendía.