Las sombras se perdían en el suelo, más bien que alargarse, bañadas de una azulada fosforescencia; el último resplandor de aquella tarde única, que se iba muy lejos, a cualquier parte del mundo, y cuyo único reflejo acababa de bañar la tierra, lucía débilmente en el fondo de un arco enorme, que remataba una pagoda cubierta de hiedra, ya negra. A lo lejos, un batallón se perdía en la noche cargada de niebla a ras del río, más allá de una baraúnda de campanillas y de fonógrafos, acribillado todo por la iluminación. Kyo descendió también hasta una cantera de bloques enormes: los de las murallas derruidas en señal de liberación de la China. El transbordador estaba muy cerca.
Un cuarto de hora más sobre el río, para ver ascender la ciudad en la noche. Por fin Han-Kow.
Unos pousses esperaban en el muelle; pero la ansiedad de Kyo era demasiado grande para que pudiese permanecer inmóvil. Prefirió caminar: la concesión británica, que Inglaterra había abandonado en enero, y los grandes bancos mundiales cerrados pero no ocupados… «Extraña sensación la de la angustia: sentimos en el ritmo del corazón que se respira mal, como si respirásemos con el corazón…» Cada vez se hacía más fuerte que la lucidez. En la esquina de una calle, en el claro de un gran jardín, lleno de árboles en flor, grises en la bruma de la noche, aparecieron las chimeneas de las manufacturas del Oeste. Sin humo. De todas cuantas veía, sólo las del arsenal se hallaban en actividad. ¿Era posible que Han-Kow, la ciudad de la cual los comunistas del mundo entero esperaban la salvación de China, estuviese en huelga? El arsenal trabajaba; ¿se podría contar, al menos, con el ejército rojo? Ya no se atrevía a correr. Si Han-Kow no era lo que todo el mundo creía que era, todos los suyos, en Shanghai, estaban condenados a muerte. Y May también. Y él mismo.
Por fin, la Delegación de la Internacional.
La ciudad entera estaba iluminada. Kyo sabía que en el último piso trabajaba Borodin; en el piso bajo, funcionaba la imprenta, con su estruendo de enorme ventilador en mal estado.
Un guardia examinó a Kyo, vestido con una tricota gris, con gran cuello. Creyéndole japonés, le señalaba ya con el dedo al ordenanza encargado de conducir a los extranjeros, cuando su mirada encontró los papeles que Kyo le tendía; por la entrada abarrotada de gente, lo condujo, pues, a la sección de la Internacional encargada de Shanghai. Del secretario que lo recibió, Kyo sólo sabia que había organizado las primeras insurrecciones en Finlandia; un camarada, con la mano extendida por encima de la mesa, mientras pronunciaba su propio nombre: Vologuin. Parecía grueso, más bien como una mujer madura que como un hombre; ¿se debía aquello a la finura de facciones, a la vez aguileñas y mofletudas, ligeramente levantinas a pesar de tener la tez muy clara, o a los largos mechones casi grises, cortos para estar echados hacia atrás, y que caían sobre sus mejillas como crenchas tiesas?
– Erramos el camino en Shanghai -dijo Kyo.
Su frase le sorprendió: su pensamiento iba más rápido que él. Sin embargo, decía lo que hubiera querido decir: si Han-Kow no podía suministrar el socorro que las secciones esperaban, entregar las armas era un suicidio.
Vologuin se hundió las manos en las mangas caqui de su uniforme e inclinó la cabeza hacia adelante, arrellanado en su sillón.
– ¡Todavía!… -murmuró.
– En primer término, ¿qué pasa aquí?
– Continúa: ¿en qué erramos el camino de Shanghai?
– Pero, ¿por qué, por qué las manufacturas no trabajan?
– Espera. ¿Qué camaradas protestan?
– Los de los grupos de combate. Los terroristas.
– Los terroristas, al diablo. Los otros…
Miró a Kyo.
– ¿Qué es lo que quieren?
– Salir del Kuomintang. Organizar un Partido Comunista independiente. Entregar el poder a las uniones. Y, sobre todo, no entregar las armas. Eso, ante todo.
– Siempre la misma cosa.
Vologuin se levantó y miró por la ventana, hacia el río y las colinas, sin la menor expresión de pasión o de voluntad: una intensidad fija, semejante a la de un sonámbulo, prestaba vida sólo a aquel rostro inexpresivo. Era bajito, y su espalda, tan abultada como su vientre, casi le hacía aparecer jorobado.
– Voy a decirte. Suponte que hubiéramos salido del Kuomintang. ¿Qué hacemos?
– En primer término, una milicia para cada unión de trabajo, para cada sindicato.
– ¿Con qué armas? Aquí el arsenal está en las manos de los generales. Chiang Kaishek tiene ahora el de Shanghai. Y nosotros estamos separados de la Mongolia: no tenemos, pues, armas rusas.
– En Shanghai, las hemos cogido del arsenal.
– Con el ejército revolucionario detrás de vosotros. No delante. ¿A quiénes armaríamos aquí? A diez mil obreros, quizá. Además del núcleo comunista del «ejército de hierro». ¡Diez balas para cada uno! Contra ellos, más de 75 000 hombres solamente aquí. Sin hablar, en fin… de Chiang Kaishek ni de los demás. Demasiado afortunados para hacer alianzas contra nosotros, ante la primera medida realmente comunista. ¿Y con qué abasteceríamos nuestras tropas?
– ¿Y las fundiciones? ¿Y las manufacturas?
– Las materias primas no llegan ya.
Inmóvil, con el perfil perdido entre las greñas, frente a la ventana, ante la noche que ascendía, Vologuin continuaba:
– Han-Kow no es la capital de los trabajadores; es la capital de los obreros sin trabajo. No tenemos armas, y quizá sea esto lo mejor. Hay momentos en que pienso: si los armásemos, dispararían sobre nosotros. Y, sin embargo, están todos los que trabajan quince horas al día sin presentar reivindicaciones, porque «nuestra revolución está amenazada…»
Kyo naufragaba, como el que se sumerge en un sueño cada vez más profundo.
– El poder no es nuestro -continuaba Vologuin-; es de los generales del «Kuomintang de izquierda», como ellos dicen. No aceptarían ya a los soviets, como no los acepta Chiang Kaishek. Eso es seguro. Podemos servirnos de ellos y nada más. Prestándoles mucha atención.
Si Han-Kow fuese sólo un escenario ensangrentado… Kyo no se atrevería a llevar más lejos su pensamiento: «Es preciso que vea a Possoz, cuando salga», se decía. Era el único camarada de Han-Kow en quien tenía confianza. «Es preciso que vea a Possoz…»
– No abras la boca con ese gesto, así… atontado -dijo Vologuin-. Si la gente cree que Han-Kow es comunista, tanto mejor. Eso hace honor a nuestra propaganda. Pero no es una razón para que sea verdad.
– ¿Cuáles son las instrucciones actuales?
– Reforzar el núcleo comunista del ejército de hierro. No podemos ayudar a un platillo de la balanza en contra del otro. No constituimos una fuerza por nosotros mismos. Los generales que combaten aquí con nosotros odian tanto a los soviets y al comunismo como Chiang Kaishek. Lo sé y lo veo, en fin… todos los días. Toda contraseña comunista los lanzará contra nosotros. Y, sin duda, los conducirá a una alianza con Chiang. La única cosa que podríamos hacer es derribar a Chiang sirviéndonos de ellos. Luego, a Fen-Yu-Shiang, de la misma manera, si fuese preciso. Como hemos derribado, en fin, a los generales a quienes hemos combatido hasta ahora, sirviéndonos de Chiang. Porque la propaganda nos proporciona tantos hombres como la victoria les reporta a ellos. Ascenderemos al par que ellos. Por eso, lo esencial es ganar tiempo. La Revolución no puede mantenerse, en fin, bajo su forma democrática. Por su naturaleza misma, debe hacerse socialista. Hay que dejarla obrar. Se trata de hacerla parir. Y no de hacerla abortar.