– Haga el favor de subir conmigo a la habitación de la señora Serge. Está ausente, y quiero prepararle una sorpresa.
El director disimuló su asombro y más aún su reprobación: el Astor dependía del Consorcio. La única presencia de un blanco, a quien hablaba Ferral, le redimía de su universo humillado, le ayudaba a volver entre «los otros»; el comerciante chino y la noche le habían dejado en su obsesión; no se había librado totalmente de ella ahora; pero por lo menos, ya no le dominaba ella sola.
Cinco minutos después, mandaba colocar las jaulas en la habitación. Todos los objetos preciosos se hallaban alineados en los armarios, uno de los cuales no estaba cerrado. Cogió de encima de la cama un pijama, para echarlo en el armario; pero apenas hubo tocado la seda tibia, le pareció que aquella tibieza, a través de su brazo, se comunicaba a todo su cuerpo, y que la tela que estrujaba había recubierto exactamente los senos: los vestidos, los pijamas, colgados en el armario entreabierto, retenían en sí algo más sensual, quizá, que el cuerpo mismo de Valeria. Estuvo a punto de hundir su rostro en aquel pijama y oprimir o desgarrar, como si los hubiese penetrado, aquellos vestidos, saturados aún de su presencia. Si hubiera podido llevarse el pijama, lo habría hecho. En el instante mismo en que el pijama abandonaba la mano, la leyenda de Hércules y de Onfalia invadió su imaginación -Hércules, vestido de mujer, con telas arrugadas y tibias como aquéllas, humillado y satisfecho de su humillación-. En vano invocó las escenas sádicas que hacía poco se le habían impuesto: el hombre golpeado por Onfalia y por Deyanira pesaba sobre todos sus pensamientos y le anegaba en un goce humillado. Dio un paso hacia adelante. Tocó su revólver en el bolsillo: si ella hubiera entrado en aquel momento, sin duda la habría matado. Sus pasos se debilitaron más allá de la puerta: la mano de Ferral cambió de bolsillo y sacó nerviosamente el pañuelo. Necesitaba obrar, no importaba cómo, para reponerse. Hizo soltar los papagayos; pero los pájaros, temerosos, se refugiaron en los rincones y entre las cortinas. El canguro había saltado sobre el lecho, y allí permanecía. Ferral apagó la lámpara principal y no dejó más que la del velador: rosados, blancos, con los magníficos movimientos de alas curvas y suntuosas de los fénix de la Compañía de Indias, los papagayos comenzaron a volar, con un ruido de vuelo torpe e inquieto.
Aquellas cajas llenas de pajaritos agitados, atravesadas sobre todos los muebles, por el suelo y en la chimenea, le molestaban. Indagó por qué, y no lo adivinó. Salió. Volvió a entrar y lo comprendió en seguida: la habitación parecía devastada. ¿Escaparía a la idiotez aquella noche? A pesar suyo, había dejado allí la imagen esplendente de su ira.
– Abre las jaulas -dijo al boy.
– La habitación se ensuciará, señor Ferral.
– La señora Serge se mudará. Esté usted tranquilo, que no será esta noche. Ya me enviará usted la cuenta.
– ¿Flores, señor Ferral?
– Nada más que pájaros. Y que nadie entre aquí; ni siquiera los criados.
Las ventanas estaban protegidas, contra los mosquitos, por una tela metálica. Los pájaros no se escaparían. El director abrió los cristales para que la habitación no oliese.
Entonces, sobre los muebles y las cortinas y en los rincones del techo, los pájaros de las islas revoloteaban, mates en aquella débil luz, como los de los frescos chinos. Había ofrecido por odio a Valeria su más lindo regalo… Apagó; volvió a encender; apagó; volvió a encender. Empleaba para ello el interruptor de la lámpara del lecho: recordó, de pronto, la última noche pasada en su casa con Valeria. Sintió deseos de arrancar el interruptor para que ella no pudiese emplearlo nunca -con cualquiera que fuese-. Pero no quería dejar allí ninguna huella de su cólera.
– Llévate las jaulas vacías -dijo al boy-. Mándalas quemar.
– Si la señora Serge pregunta quién ha enviado los pájaros -pronunció el director, que contemplaba a Ferral con admiración-, ¿debemos decírselo?
– No preguntará. Está firmado.
Salió. Era preciso que se acostase con una mujer aquella noche. Sin embargo, no tenía ganas de ir inmediatamente al restaurante chino. Estar seguro de que unos cuerpos se hallaban a su disposición, le bastaba -provisionalmente-. Con frecuencia, cuando una pesadilla le despertaba sobresaltado, se sentía presa del deseo de reanudar el sueño, a pesar de la pesadilla que volvería a encontrar en él, y, al mismo tiempo, del de librarse de ella, despertándose por completo; el sueño era la pesadilla, pero era él; el despertar era la paz, pero era el mundo. El erotismo, aquella noche, era la pesadilla. Se decidió, por fin, a despertarse, y se hizo conducir al Círculo francés: hablar, restablecer las relaciones con un ser, aunque no fuese más que las de una conversación, constituían el más seguro despertar.
El bar estaba lleno: época de desórdenes. Muy cerca de la puerta entreabierta, con una esclavina de lana cruda sobre los hombros, solo y casi aislado, Gisors se hallaba sentado ante un cocktail dulce; Kyo había telefoneado que todo marchaba bien, y su padre había ido al bar en busca de las noticias del día, con frecuencia absurdas, pero, a veces, significativas: no lo eran entonces. Ferral se dirigió hacia él, por entre los saludos. Conocía la naturaleza de sus enseñanzas, pero no les concedía importancia alguna. Ignoraba que Kyo estuviese entonces en Shanghai. Consideraba humillante interrogar a Martial acerca de las personas, y el papel de Kyo no tenía ningún carácter público.
Todos aquellos idiotas que le miraban con una tímida reprobación creían que estaba unido al viejo por el opio. Error. Ferral fingía fumar -una o dos pipas-, y siempre menos de las que hubiera necesitado para experimentar la acción del opio-, porque veía en la atmósfera del fumar y en la pipa que pasa de una boca a otra un medio de acción sobre las mujeres. Como tenía horror a la corte que debía hacer y al cambio con que pagaba su importancia concedida a una mujer lo que ésta le proporcionaba en placer, se enfrascaba en todo cuanto le dispensaba de ello.
Era un gusto más complejo el que le había impulsado algunas veces a acudir a Pekín, al lado del viejo Gisors. El placer del escándalo, en primer término. Además, no quería ser sólo el presidente del Consorcio; quería ser distinto de su acción -medio de creerse superior a ella-. Su afición casi agresiva al arte, al pensamiento y al cinismo, que él llamaba lucidez, constituía una defensa: Ferral no procedía ni de las «familias» de los grandes establecimientos de créditos, ni del Movimiento General de Fondos, ni de la Inspección de hacienda. La dinastía de Ferral estaba demasiado unida a la historia de la República, para que pudiese considerársele como un provinciano; pero no dejaba de ser un aficionado, cualquiera que fuese su autoridad. Demasiado hábil para tratar de colmar el foso que le rodeaba, lo ensanchaba. La gran cultura de Gisors; su inteligencia, siempre al servicio de su interlocutor; su desdén hacia los convencionalismos; sus «puntos de vista», casi siempre singulares, que Ferral no tenía inconveniente en atribuirse cuando lo había abandonado, le aproximaban, más aún que todo aquello cuanto los separaba: con Ferral, Gisors no hablaba de política más que en el plano de la filosofía. Ferral decía que tenía necesidad de la inteligencia, y, cuando no la encontraba, era verdad.
Miró a su alrededor: en el momento mismo en que se sentó, casi todas las miradas se volvieron. Aquella noche, de buena gana se hubiera casado con su cocinera, aunque no hubiera sido más que para imponérsela a aquella multitud.
Que todos aquellos idiotas juzgasen lo que él hacía, le exasperaba; cuanto menos los viera, mejor: propuso a Gisors irse a beber a la terraza, frente al jardín. A pesar del fresco, los boys habían sacado fuera algunas mesas.
– ¿Cree usted que se puede conocer (conocer) a un ser vivo? -preguntó a Gisors.