Volvió en sí algunos segundos más tarde: no había sentido ni oído el crujir de los huesos que esperaba; había zozobrado en un globo deslumbrador. No tenía chaqueta. En su mano derecha sustentaba un trozo del capote, lleno de barro o de sangre. A algunos metros, un montón de restos rojos, una superficie donde brillaba un último reflejo de luz de vidrios acumulados, unos… ya no distinguía más: adquiría la conciencia del dolor, que en menos de un segundo, fue más allá de la conciencia. Ya no veía claro. Sentía, sin embargo, que aquel lugar estaba desierto. ¿Temerían los policías una segunda bomba? Sufría con toda su carne, con un sufrimiento ni siquiera localizable: ya no era más que sufrimiento. Se acercaban. Recordó que debía coger su revólver. Intentó alcanzar el bolsillo de su pantalón. No tenía bolsillo, ni pantalón, ni pierna, sino carne triturada. El otro revólver estaba en el bolsillo de la camisa. El botón había saltado. Asió el arma por el cañón, la volvió sin saber cómo y soltó, por instinto, el seguro con el pulgar. Abrió por fin los ojos. Todo daba vueltas, de una manera lenta e inconcebible, en un círculo muy grande; y, sin embargo, sólo existía el dolor. Un policía estaba muy cerca. Chen quiso preguntar si Chiang Kaishek había muerto, pero quería enterarse de ello en el otro mundo: en este mundo, aquella misma muerte le era indiferente.
Con toda su fuerza, el policía le volvió, de un puntapié en las costillas. Chen aulló, disparó hacia adelante, al azar, y la sacudida hizo más intenso aún aquel dolor que creía sin fondo. Iba a desvanecerse o a morir. Hizo el más terrible esfuerzo de su vida, y llegó a introducir en la boca el cañón del revólver. Previendo la nueva sacudida, más dolorosa aún que la precedente, no se movía ya. Con una furiosa patada, otro policía crispó todos sus músculos: disparó, sin darse cuenta.
Parte Quinta
Las 11 y 15
A través de la bruma, el auto se introdujo en la larga avenida enarenada que conducía a una casa de juego. «Tengo tiempo de subir -pensó Clappique-, antes de ir al Black-Cat.» Se había propuesto no faltar a la cita de Kyo, a causa del dinero que esperaba de él, y porque quizá aquella vez no iba a prevenirle, sino a salvarle. Había obtenido sin trabajo los informes que Kyo le había pedido: los indicadores sabían que para las once estaba previsto un movimiento de tropas especiales de Chiang Kaishek, y que todos los comités comunistas quedarían cercados. Ya no se trataba de decir: «La reacción es inminente», sino: «No piense usted esta noche en ningún comité.» No había olvidado que Kyo tenía que marcharse antes de las once y media. Aquella noche, pues, tendría alguna reunión comunista, que Chiang Kaishek pretendería impedir. Lo que sabían los policías era algunas veces falso; pero la coincidencia resultaba demasiado evidente. Una vez prevenido, Kyo podía hacer que se suspendiera la reunión, o, si ya fuese demasiado tarde, no acudir a ella. «Si me da cien dólares, quizá tenga bastante dinero: cien y los ciento diecisiete adquiridos esta tarde por las vías simpáticas y uniformemente ilegales, doscientos diecisiete… Pero tal vez no tenga nada: esta vez no hay armas a la vista. Tratemos, primero, de desenvolvernos solos.» El auto se detuvo. Clappique, vestido de smoking, entregó dos dólares. El chófer, descubriéndose, le dio las gracias, con una ancha sonrisa; la carrera costaba un dólar.
– Esta liberalidad va encaminada a que te puedas comprar un sombrero hongo.
Y, con el índice levantado, anunciador de verdad:
– He dicho: hongo. El chófer partía de nuevo.
– Porque, desde el punto de vista plástico, que es el de todos los buenos espíritus -continuaba Clappique, plantado en medio de la grava-, este personaje exige un buen sombrero hongo.
El auto había partido. No se dirigía más que a la noche, y, como si ésta le hubiese respondido, el perfume de los bojes y de los evónimos subió del jardín. Aquel perfume amargo era Europa. El barón se palpó el bolsillo derecho, y, en lugar de su cartera, sintió su revólver: la cartera estaba en el bolsillo izquierdo. Miró las ventanas, no iluminadas, apenas distintas. «Reflexionemos…» Sabía que sólo se esforzaba por prolongar aquel instante, en el que el juego no estaba aún entablado, en el que la huida era aún posible. «Pasado mañana, si ha llovido, habrá aquí este olor, y tal vez esté yo muerto… ¿Muerto? ¿Qué digo? ¡Qué locura! ¡Ni una palabra! Yo soy inmortal.» Entró y subió al primer piso. Un ruido de fichas y la voz del croupier parecían elevarse y descender de nuevo, con los extractos de humo. Los boys dormían; pero los detectives de la policía privada, con las manos en los bolsillos de la americana (la derecha extendida sobre el Colt), adosados a los umbrales de las puertas o paseando con indolencia, no dormían. Clappique llegó al gran salón; en una bruma de tabaco, donde brillaban confusamente las rocallas del muro, unas manchas alternas -negro de smokings y blanco de espaldas- se inclinaban sobre el tapete verde.
– ¡Hello, Toto! -gritaron unas voces.
El barón era con frecuencia Toto, en Shanghai. Sólo había ido al acaso, por acompañar a los amigos: no era jugador. Con los brazos abiertos tenía el aspecto de un buen padre que vuelve a encontrar con júbilo a sus hijos.
– ¡Bravo! Estoy emocionado al poder agregarme a esta pequeña fiesta de familia…
Pero el croupier lanzó su bola; la atención abandonó a Clappique. Allí perdía su valor: los concurrentes no tenían necesidad de ser distraídos. Sus rostros estaban fijados por la mirada en aquella bola, sujetos a una disciplina absoluta.
Poseía ciento diecisiete dólares. Jugar sobre los números hubiera sido demasiado peligroso. Había elegido, de antemano, pares o impares.
– Unas simpáticas fichitas -dijo al distribuidor.
– ¿De cuánto?
– De veinte.
Decidió jugar una ficha cada vez; siempre a los pares. Tenía que ganar, por lo menos, trescientos dólares.
Apuntó. Salió el 5. Había perdido. Aquello no tenía importancia ni interés. Apuntó de nuevo, también a los pares. El 2: había ganado. De nuevo. El 7: perdido. Luego, el 9: perdido. El 4: ganado. El 3: perdido. El 7, el 1: perdido. Perdía ochenta dólares. No le quedaba más que una ficha.
Su última jugada.
La lanzó con la mano derecha; ya no movía la izquierda, como si la inmovilidad de la bola estuviese fija en aquella mano, unida a ella. Y, sin embargo, aquella mano le atraía hacia sí mismo. Se acordó, de pronto: no era la mano lo que le estorbaba, era el reloj, que llevaba en la muñeca. Las once y veinticinco. Le quedaban cinco minutos para encontrar a Kyo.
Durante la antepenúltima jugada, había estado seguro de ganar; y, aunque debiera perder, no podía perder tan de prisa. Había hecho mal en no conceder importancia a su primera pérdida: era, seguramente, de mal agüero. Pero casi siempre se gana en la última jugada, y los impares acaban de salir tres veces seguidas. Desde su llegada, no obstante, los impares salían con más frecuencia que los pares, puesto que perdía… ¿Qué resolver? ¿Cambiar y jugar a los impares? Pero algo le impulsaba ahora a permanecer pasivo, a soportar: le pareció que había ido tan sólo para eso. Todo gesto hubiera sido un sacrilegio. Dejó su puesta en los pares.