Aunque el fox-trot no se había terminado, se produjo gran revuelo hacia un oficial de Chiang Kaishek, que acababa de entrar: unas parejas abandonaron el baile, se acercaron y, aunque Kyo no oyó nada, adivinó que se trataba de un acontecimiento capital. May se dirigía ya hacia el grupo. En el Black-Cat, una mujer era sospechosa de todo, y, por consiguiente, de nada. Volvió muy pronto.
– Una bomba ha sido arrojada al coche de Chiang Kaishek -le dijo, en voz baja-. Él no iba en el coche.
– ¿Y el asesino? -preguntó Kyo.
May volvió al grupo, seguida de un sujeto que quería a toda costa que bailase con él, pero que la abandonó en cuanto vio que no estaba sola.
– Ha escapado -dijo.
– Deseémoslo…
Kyo sabía cuan inexactas eran casi siempre aquellas informaciones. Pero era poco probable que Chiang Kaishek hubiese sido muerto: la importancia de aquella muerte hubiera sido tal, que el oficial no la habría ignorado. «Nos enteraremos en el comité militar -dijo Kyo-. Vamos allá en seguida.»
Deseaba demasiado que Chen se hubiera evadido para dudarlo plenamente. Que Chiang Kaishek estuviese aún en Shanghai o que ya hubiese salido para Nankín, el atentado frustrado daba una importancia capital a la reunión del comité militar. Sin embargo, ¿qué esperar de ella? Había transmitido la afirmación de Clappique, aquella tarde, a su Comité Central escéptico, que se esforzaba por serlo: aquel golpe confirmaba demasiado las tesis de Kyo para que su confirmación por él no perdiese su valor. Además, el comité representaba la unión, y no la lucha. Algunos días antes, el jefe político de los rojos y uno de los jefes de los azules habían pronunciado en Shanghai sendos discursos conmovedores. Y el fracaso de la toma de la concesión japonesa por la multitud, en Han-Kow, comenzaba a mostrar que los rojos estaban paralizados en la China central misma; las tropas manchúes marchaban sobre Han-Kow, que debería combatirlas antes de que las de Chiang Kaishek… Kyo avanzaba entre la niebla, con May a su lado, sin hablar. Si los comunistas tenían que luchar aquella noche, apenas podrían defenderse. Entregadas o no sus últimas armas, ¿cómo combatirían, uno contra diez, en desacuerdo con las instrucciones del Partido Comunista chino, contra un ejército que les opondría sus cuerpos de voluntarios burgueses, armados a la europea y disponiendo de las ventajas del ataque? El mes anterior, toda la ciudad estaba unida por el ejército revolucionario: el dictador había representado al extranjero, y la ciudad era xenófoba; la inmensa burguesía modesta era demócrata, pero no comunista: el ejército, esta vez, estaba allí, amenazador, y no en fuga hacia Nankín; Chiang Kaishek no era el verdugo de febrero, sino un héroe nacional, salvo para los comunistas. Todos contra la policía, el mes anterior; los comunistas, contra el ejército, ahora. La ciudad permanecería neutral, y más bien favorable al general. Apenas podrían defender los barrios obreros; ¿Chapei, quizá? ¿Y luego?… Si Clappique se había equivocado; si la reacción tardaba un mes, el comité militar, Kyo y Katow organizarían doscientos mil hombres. Los nuevos grupos de encuentro, formados con comunistas convencidos, se encargaban de las uniones: pero se necesitaría, por lo menos, un mes para crear una organización lo bastante precisa para manejar las masas.
Y el problema de las armas continuaba en pie. Habría que saber, no si dos o tres mil fusiles deberían ser devueltos, sino cómo se armarían las masas, en el caso de un esfuerzo por parte de Chiang Kaishek. Mientras se discutiera, los hombres serían desarmados. Y, si el comité militar, de cualquier modo que fuese, exigía armas, el Comité Central, sabiendo que las tesis trotskistas atacaban a la unión con el Kuomintang, se espantaría ante toda actitud que pudiera parecer, con razón o sin ella, unida a la de la oposición rusa. Kyo comenzaba a ver en la bruma, todavía no disuelta -que le obligaba a caminar por la acera, por temor a los autos-, la luz turbia de la casa donde se reunía el comité militar. Bruma y noche opacas: tuvo que recurrir a su encendedor para conocer la hora. Llevaba algunos minutos de retraso. Resuelto a apresurarse, pasó el brazo de May por debajo del suyo. May se estrechó suavemente contra él. Después de haber dado algunos pasos, sintió en el cuerpo de May una sacudida y una flojedad súbitas: caía, resbalando, delante de él. «¡May!» Tropezó y cayó a cuatro pies, y, en el instante en que volvía a levantarse, recibió un mazazo dado con gran fuerza sobre la nuca. Volvió a caer hacia adelante, sobre ella, cuan largo era.
Tres policías que habían salido de una casa se unieron al que había golpeado. Un auto vacío estaba parado un poco; más lejos. Introdujeron en él a Kyo, y partieron, comenzando después a atarlo por el camino.
Cuando May volvió en sí (lo que Kyo había tomado por una sacudida, era un mazazo en la parte baja de la espalda), un piquete de soldados de Chiang Kaishek guardaba la entrada del comité militar; a causa de la bruma, no los distinguió hasta que estuvo muy cerca de ellos. Continuó andando en la misma dirección (apenas podía respirar y le dolía el golpe), y volvió lo más de prisa que pudo a casa de Gisors.
12 de la noche
En cuanto supo que había sido arrojada una bomba contra Chiang Kaishek, Hemmelrich corrió en busca de noticias. Le habían dicho que el general había muerto y que el criminal había huido; pero, delante del auto retorcido, con la capota arrancada, vio el cadáver de Chen sobre la acera -pequeño y ensangrentado, todo mojado ya por la bruma-, guardado por un soldado sentado a su lado; y se enteró de que el general no iba dentro del auto. Absurdamente, le pareció que el haber negado asilo a Chen era una de las causas de su muerte; corrió a la Permanencia comunista de su barrio, desesperado, y se pasó allí una hora, discutiendo en vano acerca del atentado. Entró un camarada.
– La Unión de los hilanderos de Chapei, acaba de ser cerrada por los soldados de Chiang Kaishek.
– ¿Los camaradas no se han resistido?
– Todos los que han protestado han sido fusilados inmediatamente. En Chapei se fusila también a los militantes o se prende fuego a sus casas… El Gobierno Municipal acaba de ser dispersado. Se cierran las uniones.
No había instrucciones del Comité Central. Los camaradas casados habían huido inmediatamente, para salvar a sus mujeres y a sus hijos.
En cuanto Hemmelrich hubo salido, oyó una descarga; corría el riesgo de ser reconocido; pero, ante todo, había que llevarse al chico y a la mujer. Por delante de él, pasaron entre la niebla dos autos blindados y camiones llenos de soldados de Chiang Kaishek. A lo lejos, continuaban las descargas; y otras, muy cerca.
No había soldados en la avenida de las Dos Repúblicas ni en la calle a la que su tienda hacía esquina. No: no había soldados. La puerta del almacén estaba abierta. Corrió hacia ella: en el suelo, había unos trozos de discos esparcidos, entre grandes manchas de sangre. La tienda había sido «barrida» por una granada, como una trinchera. La mujer estaba abatida sobre el mostrador, casi acurrucada, con el pecho del color de la herida. En un rincón, un brazo del niño; la mano, así aislada, parecía aún más pequeña. «¡Con tal que hayan muerto!…», pensó Hemmelrich. Sentía miedo, ante todo, por una agonía a la cual tendría que asistir, impotente, bueno sólo para sufrir, como de costumbre -más por miedo mismo que por la presencia de aquellos anaqueles, acribillados de manchas rojas y de cascos de granada-. A través de la suela, sintió el suelo pegajoso. «Su sangre.» Permanecía inmóvil, sin atreverse ya a moverse, mirando, mirando… Descubrió, por fin, el cuerpo del niño, junto a la puerta que lo ocultaba. A lo lejos, explotaron dos granadas. Hemmelrich apenas respiraba, asfixiado por el olor de la sangre vertida. «No es cosa de enterrarlos…» Cerró la puerta con llave, y se quedó allí. «Si vienen y me reconocen, me matarán.» Pero no podía irse.