– No. ¿Por qué?
– ¡Ah!…
A decir verdad, Gisors pensaba que si el mundo no tenía realidad, los hombres, aun aquellos mismos que se hallan más opuestos al mundo, tienen una realidad muy fuerte; y que Clappique, precisamente, era uno de los muy raros seres que no tenían ninguna. Y lo comprobaba con angustia, porque era entre aquellas manos de niebla entre las que ponía el destino de Kyo. Bajo las actitudes de todos los hombres, hay un fondo que puede ser tocado, y pensar en su sufrimiento deja presentir su naturaleza. El sufrimiento de Clappique era independiente de él, como el de un niño: Clappique no era responsable de tal sufrimiento; éste hubiera podido destruirle, pero no podía modificarle. Podía dejar de existir, desaparecer en un vicio o en una monomanía; no podía convertirse en un hombre. «Un corazón de oro, pero hueco.» Gisors se daba cuenta de que, en el fondo de Clappique, no existían ni el dolor ni la soledad, como en los demás hombres, sino la sensación. Gisors juzgaba, a veces, a los hombres suponiendo su vejez: Clappique no podía envejecer: la edad no le conducía a la experiencia humana, sino a la intoxicación -erotismo o droga- donde se conjugarían, al fin, todos sus medios de ignorar la vida. «Quizá -pensaba el barón- si yo le contase todo lo encontrara completamente normal…» Disparaban, a la sazón, por todas partes, en la ciudad china. Clappique rogó a Gisors que le abandonase en el límite de la concesión: König no le habría recibido. Gisors se detuvo y vio desaparecer en la bruma su silueta delgada y desordenada.
La sección especial de policía de Chiang Kaishek estaba instalada en una modesta villa construida hacia 1920: estilo Bécon-les-Bruyères, pero con ventanas encuadradas en extravagantes ornamentos portugueses, amarillos y azulados. Dos empleados, y más ordenanzas de los precisos; todos los hombres armados: eso era todo. En la papeleta que un secretario le tendió, Clappique escribió: «Toto»; dejó en blanco el motivo de la visita, y esperó. Era la primera vez que se encontraba en un lugar iluminado, desde que había dejado su habitación: sacó del bolsillo la carta de Chpilewski:
Mi querido amigo:
He cedido a su insistencia. Mis escrúpulos eran fundados; pero he reflexionado; así, pues, me permitirá usted volver a la tranquilidad, y los beneficios que promete mi negocio, en este momento, son tan importantes y tan seguros que indudablemente podré, antes de un año, ofrecerle, en testimonio de agradecimiento, otros objetos de la misma naturaleza y más bonitos. El comercio de la alimentación en esta ciudad…
Seguían cuatro carillas de explicaciones.
«Esto no va mejor -pensó Clappique-; ni mucho menos…» Pero un funcionario llegaba en su busca.
König le esperaba, sentado ante su mesa, enfrente de la puerta. Rechoncho, moreno, con la nariz torcida en su rostro cuadrado, llegó hacia él y le estrechó la mano de una manera rápida y vigorosa, que más bien los separaba en lugar de acercarlos.
– ¿Qué tal? Bueno. Sabía que le vería a usted hoy. He tenido la dicha de poder serle útil, a mi vez.
– Es usted formidable -respondió Clappique, bromeando a medias-. Sólo me pregunto si habrá algún error: ya sabe usted que yo no hago política…
– No ha habido error.
«Tiene un agradecimiento más bien condescendiente», pensó Clappique.
– Dispone usted de dos días para largarse. Me hizo usted un favor en otro tiempo: hoy he hecho que le avisen.
– ¿Có… cómo? ¿Usted ha sido el que ha encargado que me avisen?
– ¿Cree usted que Chpilewski se habría atrevido? Tiene usted un asunto con la policía de seguridad china; pero ya no son los chinos quienes la dirigen. Basta de pavadas.
Clappique comenzaba a admirar a Chpilewski, pero no sin indignación.
– Pues bien; puesto que ha tenido a bien acordarse de mí, permítame que le pida otra cosa.
– ¿Qué?
Clappique no abrigaba ya una gran esperanza: cada nueva réplica de König le demostraba que la camaradería con que contaba no había existido o no existía ya. Si König le había prevenido, ya no le debía nada.
Fue más por escrúpulo de conciencia que por esperanza por lo que dijo:
– ¿No se podría hacer nada por el joven Gisors? Supongo que a usted no le importará nada ese asunto.
– ¿Qué es?
– Comunista. Importante, según creo.
– En primer término, ¿por qué es comunista, ése? ¿Y su padre? ¿Mestizo? ¿No ha encontrado puesto? Que un obrero sea comunista, ya es idiota; ¡pero él!… En fin, ¿qué?
– Eso no es muy fácil resumirlo.
Clappique reflexionaba.
– Mestizo, quizá… Pero hubiera podido arreglarse: su madre era japonesa. No lo ha procurado. Dijo algo como por voluntad de dignidad…
– ¡Por dignidad!
Clappique quedó estupefacto; König le remedaba. No esperaba tanto efecto de aquella palabra. «¿Habré metido la pata?», se preguntó.
– En primer término, ¿qué es lo que quiere decir eso? -preguntó König, agitando el índice, como si hubiese continuado hablando sin que se le oyera-. Por dignidad -repetía.
Clappique no podía sustraerse al tono de su voz: era el del odio. Se hallaba a la derecha de Clappique, y su nariz, que así parecía muy aguileña, acentuaba enérgicamente su semblante.
– Dígame, mi buen Toto, ¿usted cree en la dignidad?
– En los demás…
– ¿En los demás? Clappique se calló.
– ¿Sabe usted lo que los rojos hacían con los oficiales prisioneros?
Clappique se guardaba muy bien de responder. Aquello se ponía serio. Y presentía que aquella frase era una preparación, una ayuda que König se facilitaba a sí mismo: no esperaba respuesta.
– En Siberia, yo era intérprete en un campo de prisioneros. Pude salir de allí sirviendo en el ejército blanco, con Semenoff. Blancos o rojos, a mí lo mismo me daba: lo que quería era volver a Alemania. Fui apresado por los rojos. Me dieron de puñetazos, llamándome «mi capitán» (era teniente), hasta que caí al suelo. Me levantaron. No llevaba ya el uniforme de Semenoff, con las calaveritas. Tenía una estrella en cada hombrera.
Se detuvo. «Podía rehusar, sin contar tantas historias», pensó Clappique. Jadeante, pesado, la voz implicaba una necesidad, que él trataba, no obstante, de comprender.
– Me clavaron un clavo en cada hombro, por encima de cada estrella. Como un dedo de largo. Escúcheme bien, mi buen Toto.
Le cogió de un brazo, con los ojos fijos en los suyos, con una mirada de hombre enamorado:
– Lloré como una mujer, como un ternero… Lloré delante de ellos. ¿Comprende usted? ¿Sí? Pues dejémoslo. Nadie perderá nada.
Aquella mirada de hombre que desea iluminó a Clappique. La confidencia no era sorprendente: no era una confidencia, era una venganza. Seguramente, relataba aquella historia -o se la relataba- cada vez que podía matar, como si aquel relato hubiera podido arañar, hasta hacer sangre, en la humillación sin límites que le torturaba.
– Amigo mío, más valdría que no me hablase demasiado de dignidad… Mi dignidad, para mí, consiste en matarlos. ¿Qué quiere usted que a mí me importe China? ¿Eh? ¡ La China, sin bromas! No estoy en el Kuomintang nada más que para mandar matar. No revivo como en otro tiempo, como un hombre, como cualquiera, como el último de los brutos que pasan por delante de esta ventana, sino cuando se mata. Pasa como a los fumadores con sus pipas. ¡Cómo! Un pingajo. ¿Venía usted a pedirme su piel? Aunque me hubiera usted salvado tres veces la vida…
Se encogió de hombros, y continuó, rabiosamente:
– ¿Sabe usted, siquiera, mi buen Toto, lo que es ver que la vida de uno adquiere un sentido, un sentido absoluto: repugnarse uno a sí mismo?
Acabó su frase entre dientes, pero sin moverse, con las manos en los bolsillos, con los cabellos sacudidos por las palabras arrancadas.
– El olvido… -dijo Clappique a media voz.