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Se habían sentado: el director del Movimiento General de Fondos, a la derecha del ministro; Ferral a la izquierda; los representantes, al fondo del despacho, en un canapé.

– Ya saben ustedes, señores -dijo el ministro-, para qué los he convocado. Sin duda, habrán examinado la cuestión. Dejo al señor Ferral el cuidado de resumírsela y de presentarles su punto de vista.

Los representantes esperaron pacientemente a que Ferral, según costumbre, les contase sus embustes.

– Señores -dijo Ferral-, es corriente en una entrevista como ésta, presentar unos balances optimistas. Tienen ustedes ante los ojos el informe de la Inspección de Hacienda. La situación del Consorcio, prácticamente, es peor de lo que deja suponer ese informe. No les someto empleos ostentosos ni créditos inseguros. El pasivo del Consorcio, lo conocen ustedes, con toda evidencia: deseo atraer vuestra atención sobre dos puntos del activo que no puede señalar ningún balance y en cuyo nombre se solicita su ayuda.

»El primero consiste en que el Consorcio representa la única obra francesa de ese orden en el Extremo Oriente. Aunque con déficit, incluso en vísperas de quiebra, su estructura permanece intacta. Su red de agentes; sus puestos de compra o de venta en el interior de la China; las relaciones establecidas entre sus compradores chinos y sus sociedades de producción indochina, todo eso es y puede ser mantenido. No exagero al decir que, para la mitad de los comerciantes del Yang-Tsé, Francia es el Consorcio, como el Japón es el concern Mitsubishi; nuestra organización, ustedes lo saben, puede ser comparada, en extensión, a la de la Standard Oil. Ahora bien: la Revolución china no será eterna.

»Segundo punto: gracias a los lazos que unen al Consorcio con una gran parte del comercio chino, he participado de la manera más eficaz en la toma del poder por el general Chiang Kaishek. Desde ahora, está conforme en que la parte de la construcción de los Ferrocarriles chinos, prometida a Francia por los tratados, será confiada al Consorcio. Ya conocen ustedes la importancia de eso. Sobre este elemento, pido a ustedes que se pongan de acuerdo para conceder al Consorcio la ayuda que les solicita; a causa de su presencia, me parecería defendible desear que no desapareciese de Asia la única organización poderosa que representa allí a nuestro país -aunque tuviese que salir de las manos de quienes la fundaron.

Los representantes examinaban cuidadosamente el balance, que conocían de antemano y que ya no les enseñaba nada: todos esperaban que el ministro hablase.

– No es solamente de interés del Estado -dijo éste-, sino también del de los establecimientos, que el crédito no sea perjudicado. La caída de organismos tan importantes como el Banco Industrial de China y el Consorcio no puede ser más que enojosa para todos…

Hablaba con indolencia, apoyado en el respaldo de su sillón con la mirada perdida, golpeando con el extremo del lápiz la carpeta colocada delante de él. Los representantes esperaban que su actitud se hiciese más precisa.

– ¿Quiere usted permitirme, señor ministro -dijo el representante del Banco de Francia-, que le someta una opinión un tanto diferente? Sólo he venido aquí para representar a un establecimiento de crédito, y, por tanto, para ser imparcial. Durante algunos meses, los cracs hacen disminuir los depósitos: eso es verdad; pero desde hace seis meses, las sumas retiradas vuelven a entrar, de un modo automático, y, precisamente, en los principales establecimientos, que presentan las mayores garantías. Quizá la caída del Consorcio, lejos de ser perjudicial a los establecimientos que representan esos señores, les fuese, por el contrario, favorable…

– Exceptuando que siempre es imprudente jugar con el crédito: quince quiebras de los bancos de provincias no serían provechosas a los establecimientos; no lo serían más que en razón de las medidas políticas a que dieran lugar.

«Todo eso es hablar por hablar -pensó Ferral-; lo que ocurre es que el Banco de Francia tiene miedo a verse comprometido y a tener que pagar, si los establecimientos pagan.» Silencio. La mirada interrogativa del ministro encontró la de uno de los representantes: rostro de teniente de húsares; mirada insistente, próxima a la reprimenda; voz clara:

– Contrariamente a lo que de ordinario encontramos en entrevistas semejantes a la que celebramos, debo decir que soy algo menos pesimista que el señor Ferral sobre el conjunto de las partidas del balance que se nos ha sometido. La situación de los bancos del grupo es desastrosa: eso es verdad; pero ciertas sociedades pueden ser defendidas, incluso bajo su forma actual.

– Es el conjunto de una obra lo que yo les pido que mantengan -dijo Ferral-. Si el Consorcio queda destruido, sus negocios pierden todo sentido para Francia.

– Por el contrario -dijo otro representante, de rostro enjuto y fino-, el señor Ferral me parece optimista a pesar de todo, en cuanto al activo principal del Consorcio. El empréstito no está aún emitido.

Mientras hablaba, contemplaba la solapa de la americana de Ferral; éste, intrigado, dirigió a ella la mirada y acabó de comprender: sólo él no estaba condecorado. A propósito. Su interlocutor era comendador y contemplaba con hostilidad aquel ojal desdeñoso; Ferral no había esperado nunca otra consideración que la de su fuerza.

– Sabe usted que será emitido -dijo-; emitido y cubierto. Eso incumbe a los bancos americanos, y no a sus clientes, que tomarán lo que se les haga tomar.

– Supongámoslo. Cubierto el empréstito, ¿quién nos asegura que los ferrocarriles serán construidos?

– Pero -dijo Ferral, con cierto asombro (su interlocutor no podía ignorar lo que iba a responder)- no se trata de que la mayor parte de los fondos sea entregada al gobierno chino. Irán, directamente, de los bancos americanos a las empresas encargadas de la fabricación del material, con toda evidencia. Si no, ¿cree usted que los americanos admitirían el empréstito?

– Desde luego. Pero Chiang Kaishek puede ser muerto o destituido; si el bolchevismo reina, el empréstito no será emitido. Por mi parte, no creo que Chiang Kaishek se mantenga en el poder. Nuestras informaciones consideran su caída como inminente.

– Los comunistas están exterminados en todas partes -respondió Ferral-. Borodin acaba de abandonar Han-Kow y de volver a Moscú.

– Los comunistas, sin duda; pero no el comunismo. La China no volverá ya nunca a ser lo que era, y, después del triunfo de Chiang Kaishek, son de temer nuevas oleadas comunistas…

– Mi opinión es la de que todavía continuará en el poder durante diez años; pero no es éste asunto que nos reporte ningún riesgo.

(«No escucháis -pensaba- más que a vuestro valor, que nunca os dice nada. ¿Y cuando Turquía no os devolvía un céntimo y compraba con vuestro dinero los cañones para la guerra? Solos, no habríais hecho nunca un gran negocio. Cuando habéis acabado vuestra cópula con el Estado, tomáis por prudencia vuestra cobardía y creéis que basta ser manco para convertirse en la Venus de Milo, lo cual es excesivo.»)

– Si Chiang Kaishek se mantiene en el gobierno -dijo con voz suave un representante joven, de cabellos rizados-, la China recobrará su autonomía aduanera. ¿Quién nos dice que, aun concediéndole al señor Ferral todo cuanto supone, su actividad en China no perderá todo valor, el día en que soporte las leyes chinas para reducirla a la nada? Ya sé que a esto pueden oponerse varias respuestas…

– Varias -corroboró Ferral.

– No es menos cierto -respondió el representante de rostro de oficial- que este negocio es inseguro, o, aun admitiendo que no implique ningún riesgo, implica un crédito a largo plazo, y, en realidad, una participación en la vida de un negocio… Todos sabemos que el señor Germain ha podido conducir a la ruina al Crédit Lyonnais por estar interesado en los Colores de Anilina, uno de los mejores negocios franceses, no obstante. Nuestra función no consiste en participar en los negocios, sino en prestar dinero con garantías y a plazos breves. Fuera de esto, ya no nos corresponde a nosotros la palabra, sino a los bancos de negocios.