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El cerebro de Hermann se planteaba qué otras cosas se habrían perdido en los ámbitos de la matemática, la astronomía, la geometría, la meteorología y la medicina.

– El conocimiento del que no queda constancia o se olvida o se embrolla hasta quedar irreconocible. ¿Has oído hablar de Demócrito? Suya es la noción de que todas las cosas estaban compuestas de un número finito de partículas discretas. En la actualidad las llamamos átomos, pero él fue el primero en mencionar su existencia y formular la teoría atómica. Escribió setenta libros (lo sabemos por otras referencias), pero no ha sobrevivido uno solo. Y pasaron siglos antes de que a otros hombres, en otras épocas, se les ocurriera lo mismo.

»Casi nada de lo que escribió Pitágoras ha perdurado. Maneto contó la historia de Egipto: ha desaparecido. ¿Y Galeno, el gran médico romano? Escribió quinientos tratados de medicina, de los cuales sólo conservamos fragmentos. Aristarco de Samos creía que el sol no la tierra, era el centro del universo. Pero Copérnico, que vivió diecisiete siglos más tarde, es el hombre al que la historia atribuye dicha revelación.

Le vinieron a la cabeza más nombres: Eratóstenes y Estrabón, geógrafos; Arquímedes, físico y matemático; Zenódoto y su gramática; el poeta Calimaco; Tales, el primer filósofo.

Todas sus ideas se habían esfumado.

– Siempre ha sido lo mismo -añadió-. El conocimiento es lo primero que se erradica cuando se llega al poder. La historia lo ha demostrado una y otra vez.

– Entonces ¿qué es lo que teme Israel? -preguntó ella.

Su padre sabía que al final Margarete intentaría que él abordara ese tema.

– Tal vez sea más miedo que realidad -apuntó su hija-. Cambiar el mundo resulta difícil.

– Pero puede hacerse. Hombres -se detuvo brevemente- y mujeres llevan siglos haciéndolo. Y la violencia no siempre ha ocasionado los cambios más colosales. Con frecuencia las responsables han sido simples palabras. La Biblia básicamente cambió al género humano, igual que el Corán. O la Constitución norteamericana. Miles de millones de personas rigen su vida por esas palabras, La sociedad se ha visto modificada por ellas. No son tanto las guerras, sino los tratados que siguen los que en verdad modifican el curso de la historia. El Plan Marshall cambió el mundo mucho más que la Segunda Guerra Mundial. Las palabras son las verdaderas armas de destrucción masiva.

– Has eludido mi pregunta -observó ella en broma, con un tono que le recordó a su esposa, fallecida hacía tiempo.

– ¿Qué es lo que teme Israel? -repitió él.

– ¿Por qué no me lo quieres decir?

– Quizá no lo sepa.

– Lo dudo.

Su padre se planteó contárselo todo, pero no había sobrevivido siendo tonto. La indiscreción había propiciado la caída de más de un triunfador.

– Digamos simplemente que siempre cuesta aceptar la verdad. A las gentes, a las civilizaciones e incluso a las naciones.

Stephanie entró en el jardín trasero y le sorprendió su cuidado aspecto. Abundaban las flores: vistosas áster, kirengeshoma, varas de oro, pensamientos y crisantemos. Una terraza mostraba muebles de hierro forjado, con más flores brotando de decorativas macetas.

Llevó a Cassiopeia hasta el grueso tronco de un alto arce, uno de los tres majestuosos árboles que daban sombra al jardín.

Consultó el reloj: 21:43.

Había llegado hasta allí movida por una mezcla de ira y curiosidad, pero el siguiente paso suponía cruzar la línea.

– Prepara esa pistola de aire -susurró.

Su compañera introdujo un dardo en la recámara.

– Espero que tomes nota de mi ciega obediencia a esta estupidez.

Ella sopesó el próximo movimiento.

Irrumpir en la casa sin duda era una opción; Cassiopeia poseía la habilidad necesaria. Pero llamar a la puerta sin más también funcionaría. A decir verdad le gustaba esa idea. Sin embargo, sus siguientes pasos quedaron marcados cuando la puerta de atrás se abrió y un bulto se dio un paseo entre las esbeltas columnas que sostenían una delgada arquería. La alta figura llevaba un albornoz anudado a la cintura, los pies enfundados en unas zapatillas que raspaban la terraza.

Stephanie señaló el arma y luego al hombre, y Cassiopeia apuntó y disparó.

Un ruido seco, y un silbido acompañó la trayectoria del dardo. El proyectil acertó al hombre, que pegó un grito mientras se llevaba la mano al hombro. Pareció toquetear el dardo y a continuación abrió la boca y cayó al suelo.

Stephanie corrió hacia él.

– Vaya, si que es rápido esto.

– De eso se trata. ¿Quién es?

Ambas miraron fijamente al hombre.

– Felicidades. Acabas de dispararle al fiscal general de Estados Unidos. Ahora ayúdame a meterlo en la casa.

33

Jueves, 6 de octubre

Londres

3:15

Sabre llevaba las últimas tres horas examinando lo que había copiado en su portátil del computador de George Haddad.

Y estaba pasmado.

Sin duda la información era la misma que le habría sacado al palestino, y sin el fastidio de tener que obligarlo a hablar. Al parecer Haddad había estado años investigando la Biblioteca de Alejandría, además de los míticos Guardianes, reuniendo una impresionante colección de datos.

Toda una serie de archivos tenía que ver con un conde inglés llamado Thomas Bainbridge, de quien había oído hablar a Alfred Hermann. Según Haddad, a finales del siglo xviii Bainbridge visitó la Biblioteca de Alejandría y después escribió una novela sobre su experiencia que, de acuerdo con las notas, encerraba pistas sobre la ubicación de dicha biblioteca.

¿Había encontrado un ejemplar Haddad?

¿Era eso lo que se había llevado Malone?

Luego estaba la ancestral propiedad de Bainbridge, al norte de Londres. Al parecer Haddad había ido varias veces y creía que allí había más pistas, en particular en un cenador de mármol y algo llamado La epifanía de san Jerónimo. Sin embargo no había detalles que explicaran la importancia de ninguna de las dos cosas.

Después estaba la «búsqueda del héroe».

Una hora antes había dado con un relato de lo que había sucedido hacía cinco años en la Orilla Occidental, en el hogar de Haddad. Leyó las notas con interés y ahora repasaba mentalmente los sucesos con nerviosismo.

– ¿Estás diciendo que la biblioteca aún existe? -le preguntó Haddad al Guardián.

– La hemos protegido durante siglos, hemos salvado lo que se habría perdido debido a la ignorancia y la codicia.

Haddad hizo un gesto con el sobre que su invitado le había dado.

– ¿La búsqueda del héroe muestra el camino?

El hombre asintió.

– Para quienes comprenden, el sendero será evidente.

– ¿Y si yo no entiendo?

– En tal caso no volveremos a vernos.

Él sopesó las posibilidades y repuso:

– Temo que lo que quiero saber sería mejor que continuara escondido.

– ¿Por qué dice eso? No hay que temer al conocimiento. Estoy familiarizado con su trabajo. Yo también estudio el Antiguo Testamento, por eso me escogieron como Guardián. -El rostro del más joven se iluminó-. Poseemos fuentes que ni siquiera imagina: textos originales, correspondencia, análisis. De hombres que vivieron hace tiempo que sabían mucho más que usted y que yo. Mi dominio del hebreo antiguo no está a su altura. Verá, para un Guardián existen niveles de maestría, y el único modo de ascender es mediante los logros. Al igual que usted, me fascina la interpretación cristiana del Antiguo Testamento, la forma en que ha sido manipulado. Quiero saber más, y usted, señor, puede enseñarme.