La enceradora y la radio proseguían su particular duelo en la parte de arriba.
Salieron del oscuro recibidor y avanzaron por amplios corredores hasta llegar a una sala iluminada.
– ¡Guau! -exclamó Pam.
También él estaba impresionado. El imponente espacio recordaba al vestíbulo del palacio de un emperador romano. Otro contraste asombroso con el resto de la casa.
– Este sitio es como un parque temático -afirmó él-. Cada habitación pertenece a una época y a un país distintos.
El generoso brillo de una araña iluminaba unas escaleras de mármol blanco por cuyo centro discurría una alfombra color granate. Por ellas se subía directamente a un peristilo de estriadas columnas jónicas. Una sinuosa barandilla de hierro negro bordeaba las columnas, de mármol rosado. Hornacinas en ambas plantas acogían bustos y estatuas como si de un museo se tratase. Malone alzó la vista: el techo no habría desentonado en la Catedral de San Pablo.
Meneó la cabeza.
Nada en el exterior de la mansión apuntaba tamaña opulencia.
– El saloncito está subiendo esas escaleras -dijo él.
– Es como si fuésemos a conocer a la reina -apuntó Pam.
Siguieron la elegante alfombra de aquella escalinata. En la parte superior una puerta de dos hojas con entrepaños se abría a una estancia a oscuras. Malone le dio a un interruptor y se encendió otra araña, hecha con colmillos de animales, que dejó a la vista un salón abarrotado, viejo y cómodo, las paredes ornadas con terciopelo verde.
– No me esperaba menos después de la entrada -aseguró él.
Cerró la puerta.
– ¿Qué estamos buscando? -quiso saber Pam.
Malone estudió los lienzos de las paredes, en su mayor parte retratos de personajes de los siglos xvi y xvii. No reconoció a ninguno. Bajo los retratos se extendían hileras de estantes de arce. Su ojo de bibliófilo no tardó en darse cuenta de que los volúmenes eran meros adornos carentes de valor histórico o literario. Coronando las estanterías había bustos. Tampoco vio a nadie que conociera.
– La epifanía de san Jerónimo… -dijo él-. Quizás es uno de esos retratos.
Pam recorrió la estancia, escudriñando cada una de las imágenes. Él las contó: catorce. La mayoría de mujeres con elaborados vestidos o de hombres tocados con pelucas y ataviados con túnicas largas de las que se estilaban hacía trescientos años. Dos sofás y cuatro sillas formaban una «u» ante una chimenea de piedra. Malone supuso que Thomas Bainbridge pasaría mucho tiempo allí.
– Ninguna tiene nada que ver con san Jerónimo -anunció Pam.
Él estaba perplejo.
– George decía que estaba aquí.
– Y puede que así fuera, pero ahora ya no está.
Washington, DC
Stephanie clavó la vista en Brent Green y su imperturbable expresión dio paso a una mirada de asombro.
– ¿Que Thorvaldsen te dijo que me retiraras la seguridad? ¿Cómo es que lo conoces?
– Conozco a mucha gente. -Señaló sus ataduras-. Aunque en este momento estoy a tu merced.
– Retirarle la protección fue una estupidez -terció Cassiopeia-. ¿Y si no hubiese estado yo allí?
– Henrik dijo que estaba usted y que podía ocuparse de la situación.
Stephanie hizo un esfuerzo por controlar su ira.
– Se trataba de mi culo.
– Ése que arriesgaste tan tontamente.
– No tenía idea de que Dixon fuera a atacarme.
– Ahí quería llegar yo: no estás usando la cabeza. -Green apuntó de nuevo a las ataduras-. Éste es otro ejemplo de estupidez. En contra de lo que puedas pensar, el personal de seguridad se presentará aquí dentro de nada. Siempre lo hace. Puede que ansíe tener privacidad, pero, a diferencia de ti, no soy insensato.
– ¿Qué estás haciendo? -inquirió ella-. ¿Por qué te has metido en esto? ¿Trabajas con Daley? Eso de antes entre tú y él qué fue, ¿una farsa en mi honor?
– No tengo ni tiempo ni paciencia para farsas.
Stephanie no se dejó impresionar.
– Estoy harta de mentiras. Al hijo de Malone se lo llevaron por mí culpa. En este momento Cotton está en Londres con unos ejecutores israelíes y no puedo dar con él, con lo que no puedo prevenirlo. Tal vez esté en juego la vida de George Haddad. Y luego me entero de que mi jefe me deja con el culo al aire sabiendo que los saudíes quieren matarme. ¿Qué se supone que he de pensar?
– Que tu amigo Henrik Thorvaldsen pensó por todos y te envió ayuda. Que tu otro amigo, yo, decidió que la ayuda tenía que arreglárselas sola. ¿Qué te parece? ¿Tiene sentido?
Ella sopesó sus palabras.
– Ah, una cosa más -añadió Green.
Stephanie lo fulminó con la mirada.
– A este amigo le preocupa mucho lo que te ocurra.
Malone estaba enojado. Había ido hasta Bainbridge Hall con la esperanza de obtener respuestas. Las notas de Haddad los habían llevado directamente allí. Y sin embargo no tenía nada.
– Puede que haya otro saloncito -sugirió Pam.
Pero él comprobó el folleto y concluyó que ése era el único espacio llamado así. ¿Qué se le estaba escapando? Entonces reparó en algo. Contiguo a una de las hornacinas, al lado de la ventana, donde una intrincada vidriera aguardaba el sol matutino, había un tramo de pared desnuda. Los retratos inundaban todo el espacio libre restante. Salvo aquel trozo. Y el tenue contorno de un rectángulo se distinguía con claridad en la pintura de la pared.
Malone corrió hasta él.
– Falta uno.
– Cotton, no pretendo causar problemas, pero esto podría ser una pérdida de tiempo.
El negó con la cabeza.
– George quería que viniéramos aquí.
Caminó dando vueltas, cavilando, y se dio cuenta de que no podían entretenerse. Un empleado podría sorprenderlos. Aunque llevaba las armas de Haddad y el larguirucho no quería usarlas.
Pam examinaba las mesas que había tras los dos sofás. En ellas libros y revistas se amontonaban decorativamente entre esculturas y macetas. Contemplaba uno de los pequeños bronces: un anciano de tez marchita y cuerpo musculoso vestido con un taparrabos. La figura estaba encaramada a una roca, el barbado rostro absorto en un libro.
– Tienes que ver esto -dijo.
Él se aproximó y vio lo que había grabado en la base de la estatua:
SAN JERÓNIMO
DOCTOR DE LA IGLESIA
Había estado tan ocupado intentando buscar piezas complicadas que había pasado por alto lo evidente. Pam señaló un libro que había justo debajo:
– La epifanía de san Jerónimo -leyó.
Él miró el lomo.
– Tienes buen ojo.
Pam sonrió.
– Puedo ser útil.
Malone agarró el pesado bronce y lo levantó.
– Pues sélo y coge el libro.
Stephanie no sabía cómo tomarse el comentario de Brent Green.
– ¿Qué quieres decir con eso de «le preocupa mucho»?
– Resulta algo difícil hablar de eso en este momento.
Y ella vio algo curioso en los ojos de Green: inquietud. Durante cinco años había sido el ariete de la Administración en más de una batalla con el Congreso, la prensa y grupos de presión. Era un profesional consumado, un abogado que llevaba los casos de la Administración a escala nacional. Pero también era profundamente religioso y, que ella supiera, su nombre nunca se había asociado a ningún escándalo.
– Digamos que no habría querido que los saudíes te mataran -añadió a media voz.
– No es que sea un gran consuelo en este momento.
– ¿Qué hay de lo de su seguridad? -planteó Cassiopeia-. Me da la sensación de que no es un farol.
– Ve a la parte de delante y vigila la calle -ordenó Stephanie, dejando claro con la mirada que quería quedarse un instante a solas con Green.