Выбрать главу

Su firme taconeo se perdió por los pasillos de la casa.

– ¿Qué demonios ha sido eso? -quiso saber Pam.

– Su forma de presentarse.

– Ha matado a dos hombres.

– Y le estoy agradecido.

– Cotton, tenemos que salir de aquí.

– A mí me lo vas a decir. Pero primero es preciso averiguar quiénes son esos tipos.

Salió de detrás de la columna y bajó a la carrera las escaleras de mármol. Pam fue tras él. Malone cacheó a los tres cadáveres, pero no encontró nada.

– Coge las armas -ordenó al tiempo que se metía en el bolsillo seis cargadores más que les requisó a los muertos-. Estos tíos venían preparados para pelear.

– La verdad es que me estoy acostumbrando a ver sangre -admitió ella.

– Ya te dije que cada vez sería más fácil.

Acto seguido volvió a centrarse en el hombre: el Savoy; habitación 453; su forma de decir: «en mí puede confiar». Pam aún tenía el libro de san Jerónimo, y él llevaba la cartera de cuero que había cogido del apartamento de Haddad.

Pam dio media vuelta para marcharse.

– ¿Adonde vas? -le preguntó él.

– Tengo hambre. Espero que el desayuno del Savoy sea bueno.

Él sonrió: su ex aprendía deprisa.

36

Washington, DC

Stephanie no estaba segura de poder aguantar mucho más. Su mirada se clavó en Brent Green.

– Explícate.

– Permitimos que los archivos quedaran expuestos. Hay un traidor, o traidora, entre los nuestros y lo queremos descubrir.

– ¿Quiénes «permitimos»?

– El departamento de Justicia. Es una investigación de alto secreto; sólo estamos al tanto yo mismo y otras dos personas, mis dos ayudantes más cercanos. Y pondría mi vida en sus manos.

– A un mentiroso le importaría un comino esa confianza.

– Conforme, pero la fuga no está en Justicia, sino más arriba. Tendimos el cebo y picó.

Stephanie no daba crédito a lo que estaba oyendo.

– Y entre tanto arriesgaste la vida del hijo de Malone.

– Eso era impredecible. No sabíamos que a alguien, salvo a los israelíes y los saudíes, le importara un pito George Haddad. La fuga que intentamos atajar va directa a ellos, a ninguna otra parte.

– Que tú sepas.

Le vino a la cabeza la Orden del Vellocino de Oro.

– Si hubiese tenido la más mínima idea de que la familia de Malone se encontraba en peligro, no habría permitido que se empleara esa táctica.

Ella quería creerlo.

– A decir verdad, pensábamos que el paradero de Haddad era una información relativamente inofensiva. Dejar que los israelíes supieran que Haddad seguía vivo no parecía tan arriesgado, especialmente dado que en el archivo no había nada que indicase dónde se escondía.

– Excepto una pista que llevaba directamente hasta Cotton.

– Y supusimos que, si alguien se enfrentaba a él, Malone sabría qué hacer.

– ¡Está fuera, Brent! -dijo ella casi a gritos-. Ya no trabaja para nosotros. No ponemos a ex agentes en peligro, sobre todo sin su conocimiento.

– Sopesamos los riesgos y decidimos que merecía la pena correrlos para dar con la fuga. El secuestro del muchacho lo cambió todo. Me alegro de que Cotton pudiera rescatarlo.

– Qué amable eres. Tendrás suerte si no te parte la nariz.

– Esta Casa Blanca da asco -musitó Green-. Es un puñado de capullos corruptos que se creen moralmente superiores.

Ella nunca había oído a Green hablar así.

– Anuncian a los cuatro vientos lo cristianos que son, lo buen norteamericanos que son, pero su lealtad es sólo para ellos mismos… y para el dólar. Se ha tomado una decisión tras otra, cada una de ellas envuelta en la bandera norteamericana, que no hace sino engordar los bolsillos de importantes empresas, entidades que han efectuado fuertes contribuciones a la causa de su partido. Me pone enfermo. Asisto a reuniones donde la política se expresa en términos de qué es bueno para la televisión, en lugar de qué es bueno para la nación. Guardo silencio. «No digas nada, ten espíritu de equipo.» Pero eso no significa que vaya a dejar que este país se vea comprometido. Presté un juramento, y a diferencia de muchos en esta Administración, ese juramento significa algo para mí.

– Entonces ¿por qué no desenmascararlos?

– Por ahora no sé de ninguno que haya infringido la ley. ¿Repugnantes, inmorales, codiciosos? Eso sí, pero no es ilegal. Te aseguro que si alguien, incluido el presidente, hubiese cruzado la línea, habría actuado. Pero nadie ha llegado tan lejos.

– Salvo la fuga.

– Precisamente la razón de mi interés: un dique se agrieta antes de romperse.

Ella no se dejó engañar.

– Afrontémoslo, Brent: te gusta ser la máxima autoridad policial, y no durarías mucho si fueras tras uno de ellos y fallases.

Green la miró con preocupación.

– Me gusta más que continúes con vida.

Ella le restó importancia a su comentario.

– ¿Encontraste la fuga?

– Creo que…

Cassiopeia entró corriendo en la cocina.

– Tenemos visita: dos hombres acaban de aparcar al lado. Visten de traje y llevan intercomunicador. Del servicio secreto.

– Vienen a efectuar la comprobación nocturna -dijo Green.

– Debemos irnos -apuntó Cassiopeia.

– No -objetó Green-. Soltadme y me ocuparé de ellos.

Cassiopeia se dirigió hacia la puerta de atrás, y Stephanie tomó una decisión, similar a la que había tomado un centenar de veces. Y aunque ese día sus decisiones habían sido desastrosas, como solía decir su padre: «Bien o mal, qué más da. Lo importante es hacer algo.»

– Espera.

Stephanie se acercó a la encimera y rebuscó en un par de cajones hasta encontrar un cuchillo.

– Vamos a soltarlo. -Se aproximó a Green y dijo-: Espero saber lo que hago.

Sabre atravesó el bosque de Oxfordshire a la carrera para llegar hasta donde había dejado el coche. Estaba a punto de amanecer en la campiña inglesa. La neblina envolvía los campos que lo rodeaban, el aire era frío y húmedo. Estaba contento con su primer encuentro con Cotton Malone: lo justo para despertar su curiosidad y satisfacer cualquier paranoia. Cargarse a los hombres que había contratado para atacar a Malone se le antojaba una presentación perfecta. Les habría pegado un tiro a los tres de no haberse encargado Malone de uno.

Sin duda Malone habría registrado a los cadáveres después de que él se marchara, pero Sabre se había asegurado de que ninguno llevase documento alguno. Sus instrucciones habían sido que se enfrentaran a Malone y lo acorralaran. Pero cuando él eliminó al primero el juego cambió. No lo sorprendía: en Copenhague Malone había demostrado que sabía desenvolverse.

Menos mal que había encontrado la grabadora en el piso de Haddad. Eso, junto con la información que había sacado del computador, le había enseñado lo bastante para tentar a Malone a que se fiara de él. Ahora lo único que tenía que hacer era regresar al Savoy y esperar.

Malone acudiría.

Salió del bosque y divisó su coche. Tras él había aparcado otro vehículo, y vio a su agente yendo de un lado a otro.

– ¡Hijo de puta! -chilló ella-. Has matado a esos hombres.

– ¿Cuál es el problema?

– Yo los contraté. ¿A cuántos más crees que podré contratar si se sabe que nos cargamos a los nuestros?

– ¿Quién va a saberlo? Aparte de ti y de mí.

– Maldito huevón: te vi desde fuera. Les disparaste por la espalda, no se lo olieron. Pensabas hacerlo desde un principio.

Sabre llegó a su coche.

– Siempre has sido muy lista.

– Que te den, Dominick. Esos hombres eran amigos míos.

Ahora él sentía curiosidad.

– ¿Te acostaste con alguno de ellos?