– ¿Pam es espía?
– Su grado de participación es un misterio. Y, por desgracia, el abogado de Atlanta al que veía murió antes de ayer. -Green se detuvo-. Le pegaron un tiro en un aparcamiento.
Nada nuevo. Oriente Próximo solía comerse a los suyos.
– ¿Qué sabes de él? -preguntó Stephanie.
– Estamos estudiando su participación en una transacción de compraventa de armas. Tel Aviv afirma públicamente que intenta detener esta clase de tratos, pero en privado alienta la práctica. Tengo entendido que el abogado hacía todos los movimientos a través de Pam. Pasaba mucho tiempo con ella, le hacía regalos, esa clase de cosas. Para ser alguien que quiere que la gente crea que es dura, Pam Malone no es más que alguien solitario y vulnerable.
Ella captó algo en el tono de Green.
– Eso también te describe a ti, ¿eh?
Green no respondió en el acto, y ella se preguntó si no habría tocado un punto sensible. Al cabo replicó en voz queda:
– Más de lo que crees.
A Stephanie le apetecía explorar ese camino y estaba a punto de hacer una intentona cuando oyó pasos en la escalera. La silueta de Cassiopeia apareció en la puerta.
– Tenemos visita. Un coche acaba de aparcar junto a la acera.
Green se puso en pie.
– No he visto los faros.
– Ha venido a oscuras.
Stephanie estaba preocupada.
– Pensaba que estabas dormida.
– Alguien tiene que vigilar por vosotros.
El teléfono sonó.
No se movió nadie.
Sonó de nuevo.
Green atravesó la oscuridad, encontró el inalámbrico y lo cogió. Stephanie se percató de que fingía estar adormilado.
Instantes de silencio.
– Entonces ven, por supuesto. Bajo en un momento.
Green colgó.
– Larry Daley. Está fuera y quiere verme.
– Eso no es nada bueno -aseguró Stephanie.
– Puede. Pero marchaos, y veamos qué quiere ese mal bicho.
Londres
8:15
A Malone le encantaba el Savoy. Se había alojado en él varias veces a cuenta de los gobiernos norteamericanos y británico. Del Magellan Billet había que decir que los incentivos habían sido tan abundantes como los riesgos. Llevaba sin ir varios años, pero le alegró ver que el hotel, de estilo Victoriano tardío, todavía irradiaba su grandiosa mezcla de opulencia y atrevimiento. Sabía que una noche en una habitación con vistas al Támesis costaba más de lo que la mayoría del mundo ganaba en un año. Lo cual significaba que a su salvador, por lo visto, le gustaba viajar a lo grande.
Habían abandonado deprisa Bainbridge Hall y robado la furgoneta de la cuadrilla de limpieza, que habían dejado a escasos kilómetros de la estación de tren. Allí habían cogido el tren de las 6:30 de vuelta a Londres. En la estación Victoria reinaba la calma, y él había evitado los taxis, prefiriendo ir en metro al Savoy.
El hombro de Pam parecía estar bien. La hemorragia que sufriera en Bainbridge Hall se había detenido. Ya en el hotel pidió que le pusieran con la habitación 453.
– Se mueve usted deprisa -dijo la voz al otro extremo de la línea.
– ¿Qué quiere?
– En este momento tengo hambre. Así que mi máxima prioridad es desayunar.
Malone captó el mensaje.
– Baje.
– ¿En la cafetería dentro de diez minutos? Tienen un buen bufé.
– Allí estaremos.
El tipo que apareció en su mesa era el mismo de hacía dos horas, sólo que ahora lucía unos chinos verde oliva y una camisa marrón de sarga. Su rostro afeitado, apuesto, rebosaba buena voluntad y cortesía.
– Me llamo McCollum. James McCollum. Me llaman Jimmy.
Malone estaba demasiado cansado y era demasiado suspicaz para mostrarse amable, pero se puso en pie. El apretón de manos fue firme y seguro. Los ojos del otro, del color del jade, lo miraron con impaciencia. Pam no se levantó. Malone los presentó y, acto seguido, fue directo al grano.
– ¿Qué hacía en Bainbridge Hall?
– Al menos podía darme las gracias por salvarle la vida. No tenía por qué hacerlo.
– Pasaba por casualidad, ¿no?
Los finos labios del hombre esbozaron una sonrisa.
– ¿Siempre es usted así? ¿Sin preámbulos, sin rodeos?
– No responde a mi pregunta.
McCollum acercó una silla y se sentó.
– Me muero de hambre. ¿Y si vamos por algo de comer y se lo cuento todo?
Malone no se movió.
– ¿Y si responde a mi pregunta?
– De acuerdo, como muestra de buena voluntad. Soy un buscador de tesoros que está sobre la pista de la Biblioteca de Alejandría. Llevo más de una década buscando lo que quiera que quede de ella. Me hallaba en Bainbridge Hall por esos tres tipos. Mataron a una mujer hace cuatro días, una excelente fuente de información, así que seguí su rastro con la esperanza de averiguar para quién trabajaban. Pero me llevaron hasta usted.
– Allí, en la propiedad, aseguró tener una información que yo no tengo. ¿Qué le hace pensar eso?
McCollum retiró la silla y se levantó.
– Dije que tal vez tuviera una información que usted no tenía. Mire, no tengo tiempo ni paciencia para esto. He estado antes en esa propiedad, usted no es el primero en pisarla. Cada uno de ustedes, aficionados, conoce una pizca de verdad mezclada con una buena dosis de fantasía. Estoy dispuesto a ofrecerle parte de lo que sé a cambio de lo poco que usted pueda saber. Eso es todo, Malone, nada más siniestro.
– Así que ¿disparó a dos hombres en la cabeza para demostrar que tiene usted razón? -inquirió Pam, y Malone vio la mirada del abogado escéptico.
Malone clavó la vista en ella.
– Les disparé para salvarles la vida. -Después echó una ojeada a su alrededor-. Me encanta este sitio. ¿Saben que el primer martini se sirvió aquí, en el Bar Americano? Hemingway, Fitzgerald, Gershwin, todos ellos bebían aquí. Este lugar está cargado de historia.
– ¿Le gusta la historia? -le preguntó Pam.
– Es una necesidad profesional.
– ¿Va a alguna parte? -quiso saber Malone.
McCollum estaba tieso, su actitud serena e imperturbable, aunque Malone había intentado desconcertarlo a propósito.
– Es usted demasiado desconfiado para mi gusto. Adelante, emprenda la búsqueda del héroe. Espero que le vaya bien.
El tipo estaba informado.
– ¿Cómo sabe eso?
– Como le he dicho, llevo algún tiempo siguiendo esta pista. ¿Y usted? ¿Quiere que le diga lo que pienso? Que es un novato. Peor, un novato con ínfulas. He conocido a un montón de gente como usted. Creen que lo saben todo, cuando lo cierto es que no saben un carajo. Esa biblioteca ha permanecido oculta mil quinientos años por un motivo. -McCollum hizo una pausa-. Sabe, Malone, es usted como el asno que, en medio de una estupenda hierba alta, alarga el cuello para comer hierbajos al otro lado de la valla. Encantado de conocerlo. Me voy a sentar allí a desayunar.
Y cruzó la cafetería medio desierta.
– ¿Tú qué opinas? -le preguntó Cotton a Pam.
– Es arrogante, pero no se le puede tener en cuenta.
Él sonrió.
– Sabe algo. Y no vamos a descubrir nada aquí sentados.
Pam se puso en pie.
– Estoy de acuerdo, así que vayamos a desayunar con nuestro nuevo amigo.
Sabre se sentó a la mesa a esperar. Si había calculado bien ellos no tardarían en acudir. Malone no podría resistirse. Sus conocimientos tenían que limitarse a lo que George Haddad le había contado, lo cual, a juzgar por la cinta que había escuchado, no era mucho. Lo que se llevó del apartamento del palestino antes de salir corriendo quizá hubiese cubierto algunas lagunas, pero él apostaba a que las cuestiones vitales continuaban sin respuesta.