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Cosa que también suponía un problema para él.

Se estaba obligando a relacionarse, algo nuevo. Estaba acostumbrado al silencio de sus propios pensamientos. Rara vez intimaba, salvo con alguna mujer de cuando en cuando, para llevársela a la cama. La mayor parte de las veces pagaba por ello. A profesionales, como él, que hacían su trabajo, decían por la noche lo que él quería oír y se iban por la mañana. La cruda realidad del peligro físico y la tensión mental, al menos en su caso, acallaban el sexo en lugar de estimularlo. Las graves consecuencias minaban el cerebro. A veces se acostaba con la ayuda que contrataba. Pero, como sucediera con la británica a la que había liquidado antes, en ocasiones ello traía consigo molestos efectos secundarios. En vez de romanticismo buscaba soledad.

Ya había representado ese papel antes, con otros, cuando necesitaba ganarse su confianza. Las palabras y los ademanes, su forma de caminar y conducirse, la voz jactanciosa eran de uno de los numerosos novios de su madre. Éste concretamente era un poli quemado de Chicago, la ciudad donde vivían cuando él tenía doce años. Recordaba cómo intentaba impresionarla el tipo a base de una seguridad en sí mismo apabullante. Recordaba un partido de béisbol de los White Sox y una excursión al lago. Más tarde supo que, como la mayoría de los amantes de su madre, el poli sólo mostró el interés suficiente para impresionar a su madre. Una vez conseguían lo que de verdad querían, que solía medirse en noches pasadas en la cama de su madre, la atención cesaba. Él acabó odiando a todos sus pretendientes. Ni uno solo estuvo presente cuando él la enterró. Su madre murió sola y arruinada.

Y Sabre no estaba dispuesto a repetir el sino de su madre.

Se levantó y se dirigió al bufé.

Le encantaba el Savoy, habitaciones amuebladas con caras antigüedades y atendidas por un servicio de la vieja escuela. La clase de lujo del que solían disfrutar Alfred Hermann y el resto de la Orden del Vellocino de Oro. Él también quería gozar de ese privilegio. Con sus condiciones, no con las de ellos. Sin embargo para cambiar la realidad necesitaba a Cotton Malone y se preguntó si parte de lo que buscaba estaría en la cartera de cuero con la que cargaba. Por el momento había conseguido ir un paso por delante de su rival y por el rabillo del ojo le satisfizo ver que aún conservaba esa ventaja.

Malone y su ex mujer sorteaban las mesas, que se iban llenando rápidamente.

– Muy bien, McCollum -dijo Malone cuando se acercó-. Aquí nos tiene.

– ¿Me cree?

– Claro. Es lo menos que puedo hacer.

Sabre soltó una risita forzada.

– Sólo espero que no sea lo más que puede hacer.

41

Washington, DC

Stephanie y Cassiopeia se retiraron a la cocina cuando Brent Green abrió la puerta principal. Volvieron a situarse cerca de la puerta batiente y oyeron que Green hacía pasar a Daley al comedor y los dos se sentaban a la mesa.

– Brent, debemos hablar de algunos problemas -empezó Daley.

– De ésos siempre hemos tenido, Larry.

– Tenemos un grave problema. Y digo tenemos porque he venido a ayudarte a resolverlo.

– Esperaba que fuese importante, teniendo en cuenta la hora que es, así que ¿por qué no me dices cuál es nuestro problema?

– Hace un rato se han encontrado tres cadáveres en una propiedad al norte de Londres, dos con sendas balas en la cabeza y el tercero con un proyectil en el pecho. A unos cuantos kilómetros hallaron otro cuerpo, el de una mujer, con un balazo en la cabeza. Un arma del mismo calibre hizo los disparos de la cabeza. Luego alguien robó una furgoneta de limpieza que se hallaba en la propiedad. A la cuadrilla la habían dejado inconsciente. La furgoneta se encontró, abandonada, en una población cercana. Un hombre y una mujer fueron vistos saliendo de ella y después tomando un tren a Londres. Las cámaras de vídeo de la estación Victoria confirmaron que Cotton Malone y su ex se bajaron de ese tren.

Stephanie comprendió adonde quería llegar.

– Supongo que insinúas que Malone mató a esas cuatro personas -dijo Green.

– Sin duda es lo que parece.

– Por lo visto, Larry, nunca has llevado un caso de asesinato.

– ¿Y tú sí?

– A decir verdad seis. Cuando era ayudante del fiscal del estado. No tienes ni idea de si Malone disparó a esa gente.

– Tal vez no, Brent, pero tengo bastante para poner en danza a los británicos. Dejaré que sean ellos quienes se ocupen de los detalles.

Stephanie se dio cuenta de que eso podía plantearle un problema a Cotton y vio en los ojos de Cassiopeia que ella opinaba lo mismo.

– Los británicos han identificado a Malone. El único motivo por el que no han ido tras él es que nos han preguntado qué está haciendo allí. Quieren saber si es oficial. Tú no sabrás por casualidad cuál es la respuesta, ¿no?

El silencio flotó en el aire, y Stephanie imaginó la pétrea mirada en el rostro de Green. La imperturbabilidad era lo que mejor se le daba.

– Eso no es de mi competencia. Y ¿quién dice que Malone está haciendo algo allí que nos concierne?

– Supongo que parezco estúpido.

– No siempre.

– Qué simpático, Brent. Humor. Algo nuevo en ti. Pero, como te iba diciendo, Malone está allí por algo, y cuatro personas han muerto por su culpa, independientemente de que apretara el gatillo o no. Y yo creo que tiene que ver con la Conexión Alejandría.

– Más saltos en la lógica. ¿Así es como actúa la Casa Blanca?

– Yo no involucraría a la Casa Blanca. En este momento no gozas precisamente de su favor.

– Si el presidente no quiere que siga en el cargo seguro que puede hacer algo al respecto.

– No estoy seguro de que baste con tu dimisión.

Stephanie comprendió que finalmente Daley abordaba el propósito de su visita.

– ¿Qué tienes en mente? -inquirió Green.

– La cuestión es ésta: el número de votos para el presidente no es muy halagüeño. Cierto, nos quedan tres años y llevamos dos mandatos, pero nos gustaría salir con la cabeza bien alta. ¿A quién no? Y para asegurar votos nada mejor que una buena concentración alrededor de la bandera, y para conseguir una mejor concentración nada como un acto terrorista.

– Por una vez tienes razón.

– ¿Dónde está Stephanie?

– ¿Cómo voy a saberlo?

– Tú dirás: hace uno o dos días estabas dispuesto a dimitir para apoyarla. Le digo que no meta al Billet en esto y ella moviliza a la puñetera agencia al completo. ¿Lo hizo con tu aprobación?

– No soy su niñera.

– El presidente la despidió. Ha sido destituida.

– ¿Sin consultarme?

– Consultó consigo mismo y basta. Ella está fuera.

– Y ¿quién estará al frente del Magellan Billet?

– ¿Qué te parece si te cuento una pequeña historia? No es mía, sino de uno de mis libros preferidos, Hardball, de Chris Matthews. No está en el mismo bando político que yo, pero así y todo es un tipo listo. Cuenta que el antiguo senador Bill Bradley asistía a una cena que daban en su honor. Bradley quería otra porción de mantequilla y era incapaz de conseguir que se acercara el camarero que llevaba la bandeja. Al final fue a hablar con él y le dijo que por lo visto no sabía quién era él. «Soy Bill Bradley. Becario Rhodes, jugador profesional de baloncesto y senador de Estados Unidos, y me gustaría que me sirviera un poco más de mantequilla.» El camarero no se dejó impresionar y simplemente comentó que al parecer Bradley no sabía quién era él. De manera que se lo dijo: «Soy quien está a cargo de la mantequilla.» Como ves, Brent, el poder es lo que uno tiene. Así que, por ahora, yo soy quien está a cargo del Magellan Billet.