– ¿Acaso no estabas en un lobby de empresas antes de entrar en la Casa Blanca? ¿Y antes de eso asesor político? ¿Qué te capacita para dirigir la sección de inteligencia más delicada del departamento de Justicia?
– El hecho de que el presidente valore mi opinión.
– Y que le besarás el culo siempre que se agache.
– No he venido hasta aquí para hablar de capacitación. La decisión se ha tomado, así que ¿dónde está Stephanie?
– Supongo que estará en su hotel.
– He ordenado su detención.
– Y ¿quién te echó una mano en Justicia?
– El gabinete de la Casa Blanca se ocupó de los detalles. Ha infringido unas cuantas leyes.
– ¿Te importaría decirme cuáles?
– ¿Qué te parece agredir a una ciudadana extranjera? Tengo a un miembro de la embajada israelí que jura que Stephanie intentó matarla. La mujer tiene un feo chichón en la cabeza que lo demuestra.
– ¿Tienes intención de procesarla?
– Tengo intención de llevar su pobre culo hasta un lugar en el que no haya periodistas.
– Del que no volverá.
Más silencio.
– La vida te hace putadas, Brent.
– ¿Me incluye eso a mí?
– A decir verdad, sí. Por lo visto, no les caes bien a los israelíes, y se niegan a decir por qué. Puede que sea ese conservadurismo cristiano barato que gustas de predicar. -Daley hizo una pausa-. O tal vez sólo sea que eres un huevón. No sé.
– Es curioso el respeto que te merece mi cargo.
– Respeto a quienes me han colocado a mí en el cargo, como deberías hacer tú. Seamos claros: podríamos orquestar un buen ataque terrorista, y nadie a quien yo conozca derramaría muchas lágrimas si tú eres la víctima. Todos salimos ganando: matamos tres pájaros de un tiro y toda esa mierda. Tú desapareces, Israel está contento por una vez, y los votos a nuestro favor aumentan. Todo el mundo se vuelve hacia el presidente en busca de liderazgo. La vida es bella.
– Así que ¿has venido a amenazar al fiscal general de Estados Unidos?
– Vamos, vamos, ¿por qué dices eso? He venido a hacerte llegar la amenaza. Tienes derecho a saberlo para así adoptar las medidas de seguridad oportunas. Y Stephanie también. Por alguna razón los israelíes están cabreados con ella, pero, claro, tú no sabes dónde anda, así que no podemos prevenirla. Una verdadera lástima. Sin embargo contigo la cosa cambia. Considérate avisado.
– Imagino que los israelíes no participarían en un asesinato.
– Naturalmente que no. El suyo no es un Estado terrorista, pero esos tipos tienen iniciativa y pueden encargarle el trabajito a otros. Mantienen relaciones con, digamos, elementos indeseables. Por eso se te avisa.
Stephanie oyó que alguien se levantaba.
– Gajes del oficio, Brent.
– Y sí soy un buen chico y acato las órdenes esos «elementos indeseables» perderán interés en mí.
– No te sabría decir, pero es posible. ¿Por qué no lo intentas y lo vemos?
En la habitación se hizo un silencio largo, embarazoso. Stephanie se imaginó a dos leones cara a cara.
– ¿Tanto valor tiene el legado del presidente? -preguntó Green.
– ¿Crees que se trata de eso? Qué va. Se trata de mi legado, de lo que yo pueda dar. Y esa clase de capital político vale más que el oro.
Stephanie oyó pasos en la madera, alejándose de la cocina.
– Larry -dijo Green, alzando la voz.
Los pasos cesaron.
– No te tengo miedo.
– Pues deberías.
– Escoge a tu mejor tirador, porque yo voy a escoger al mío.
– Muy bien, Brent. Después irás a Vermont, en una caja a dos metros bajo tierra.
– No estés tan seguro.
Daley se rió.
– Lo curioso de todo esto es que los dos mayores cabrones que conozco bien podrían sacar de la mierda a esta Administración. Mira a ver si no hablas por hablar.
– Quizá te lleves una sorpresa.
– Sigue pensando así. Que pases un buen día.
Una puerta se abrió y se cerró.
– Se ha ido -anunció Green.
Stephanie salió de la cocina y dijo:
– Supongo que ya no puedes decirme lo que tengo que hacer.
Ella vio fatiga en sus grises ojos. Por su parte también estaba cansada.
– Al final has conseguido que te despidan.
– Ésa es la menor de nuestras preocupaciones -espetó Cassiopeia.
– Hay un traidor en este gobierno -aseguró Green-. Y tengo intención de dar con él
– Le garantizo, señor fiscal general, que usted nunca ha tratado con esos «elementos indeseables» -afirmó Cassiopeia-. Daley tiene razón: los israelíes no harán el trabajo sucio, sino que enviarán a alguien. Y la gente a la que contratan supone un problema.
– En tal caso tendremos que andarnos con cuidado.
Stephanie casi sonrió. Brent Green poseía más valor del que imaginaba. Pero había algo más. Lo había intuido antes y ahora estaba segura.
– Tienes un plan, ¿no?
– Claro. Soy un tipo con recursos.
Viena, Austria
10:50
Tras despedirse del comité político, Alfred Hermann se excusó y salió del comedor. Le habían dicho que por fin había llegado el invitado especial.
Recorrió los pasillos de la planta baja y entró en el amplio recibidor del château justo cuando Henrik Thorvaldsen hacía su aparición. Dibujó una sonrisa en su rostro y dijo en inglés:
– Henrik. Cuánto me alegro de verte.
Thorvaldsen también sonrió al ver a su anfitrión.
– Alfred. No iba a venir, pero decidí que me apetecía charlar con vosotros.
Hermann se aproximó, y los dos se dieron la mano. Conocía a Thorvaldsen desde hacía cuarenta años, y el danés no había cambiado mucho. La espalda tiesa, encorvada seguía allí, formando un grotesco ángulo como un trozo de hojalata remachada. Hermann siempre había admirado las disciplinadas emociones de Thorvaldsen, siempre estudiadas, moldeadas, como si repasase un programa memorizado. Y eso requería talento. Sin embargo Thorvaldsen era judío. Ni devoto ni manifiesto, pero así y todo hebreo. Peor aún, era amigo íntimo de Cotton Malone, y Hermann estaba convencido de que Thorvaldsen no había acudido a la asamblea para ver a los amigos.
– Me alegro de que hayas venido -afirmó Hermann-. Tengo muchas cosas que contarte.
Solían pasar tiempo juntos en la asamblea. Thorvaldsen era uno de los pocos miembros cuya fortuna podía rivalizar con la suya, y mantenía estrechos lazos con la mayor parte de los gobiernos europeos. Sus miles de millones de euros hablaban por sí mismos.
Los ojos del danés brillaron.
– Estoy deseando oírlas.
– Y ¿quién es éste? -preguntó Hermann al tiempo que señalaba al muchacho que se encontraba junto a Thorvaldsen.
– Gary Malone. Está pasando unas semanas conmigo mientras su padre anda fuera y decidí traerlo.
Fascinante. Thorvaldsen lo ponía a prueba.
– Estupendo. Hay un puñado de jóvenes que ha venido con los miembros. Me encargaré de que no les falte la diversión.
– Sabía que lo harías.
Entraron mayordomos con el equipaje y, a una señal de Hermann, llevaron las maletas a la segunda planta. Ya había designado qué habitación ocuparía Thorvaldsen.
– Ven, Henrik. Vayamos a mi despacho mientras se ocupan de vuestras maletas. Margarete tiene muchas ganas de verte.
– ¿Y Gary?
– Que venga, no pasa nada.
Malone desayunaba e intentaba formarse un juicio sobre Jimmy McCollum, aunque albergaba serias dudas de que ése fuera su verdadero nombre.