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– A un amigo mío lo mataron ayer, lo cual debería poner fin al interés de Israel.

– Ese amigo ¿sabía algo de la biblioteca?

– Por eso lo liquidaron.

– No es el primero.

Malone necesitaba saber algo.

– Supongo que querrá vender los manuscritos que encuentre, ¿no?

McCollum se encogió de hombros.

– Quiero sacar partido de las molestias que me he tomado. ¿Le importa?

– Si los manuscritos se conservan tendrían que ser protegidos y estudiados.

– No soy codicioso, Malone. Estoy seguro de que en algún lugar del emplazamiento habría algunas migajas que podría vender en pago de esas molestias. -McCollum hizo una pausa-. Además de que se me reconociera el mérito por el hallazgo, claro está. Eso ya valdría algo por sí mismo.

– Fama y fortuna -apuntó Pam.

– La inmortalidad como recompensa -dijo McCollum-. Ambas cosas tienen sus aspectos satisfactorios.

Malone ya había oído bastante.

– Díganos las pistas.

McCollum estaba sentado frente a ellos, distante como una deidad, malicioso como un demonio. Al tipo había que vigilarlo; mataba con demasiada facilidad. Pero si poseía la búsqueda del héroe tal vez supusiera su única forma de avanzar.

McCollum se metió la mano en el bolsillo y sacó un papel.

– Así es como empieza.

Malone cogió el pequeño papel y leyó:

Cuan extraños son los manuscritos, gran viajero de lo desconocido. Aparecen por separado, pero parecen uno a quienes saben que los colores del arco iris se tornan una única luz blanca. ¿Cómo encontrar ese único rayo? Es un misterio, pero ve a la capilla que hay junto al Tajo, en Belém, consagrada a nuestro santo patrón.

– ¿Dónde está el resto? -quiso saber.

McCollum se rió.

– Descifre esta parte y ya veremos. Vayamos paso a paso.

Malone se puso en pie.

– ¿Adonde va?

– A ganarme el resto.

43

Washington, DC

5:30

Stephanie había hecho frente a muchas cosas, pero nunca a una detención. Larry Daley estaba subiendo la apuesta.

– Tenemos que golpear a Larry ahora -aseveró Stephanie.

Ella, Cassiopeia y Green se encontraban en la cocina de este último, que acababa de hacer café. Su aroma le recordó a Stephanie que tenía hambre.

– ¿Qué tienes en mente? -inquirió Cassiopeia.

Ni una sola vez en doce años había puesto en peligro la seguridad del Billet. Se tomaba muy a pecho el juramento que había prestado. Sin embargo un abismo de dudas hacía que no estuviese segura de qué hacer a continuación. Finalmente decidió que sólo tenía una alternativa, y repuso:

– Estuvimos investigando a Daley.

La seriedad se apoderó del rostro de Green.

– Explícate.

– Quería saber qué le movía, de manera que asigné a una agente para que lo averiguara. Se lo trabajó, a ratos, durante casi un año. Me enteré de muchas cosas.

– No dejas de asombrarme, Stephanie. ¿Sabes lo que habría pasado si él se llega a dar cuenta?

– Supongo que me habrían despedido, así que ¿ahora qué importa?

– Está intentando matarte. Tal vez sepa que lo investigaste.

– Lo dudo. La agente era muy buena. No obstante, Daley está en un buen lío. Antes dijiste que no habías descubierto ninguna infracción de la ley. Pues yo sí. Montones. Financiación de campañas, sobornos, fraudes. Daley es el contacto entre personas acomodadas y la Casa Blanca, gente que no quiere que su nombre salga a la luz.

– ¿Por qué no lo atacaste?

– Pensaba hacerlo. Pero entonces apareció lo de la filtración. Tenía que esperar.

– Y ahora que está al frente del Magellan Billet, ¿sabrá lo que hiciste? -preguntó Cassiopeia.

Ella negó con la cabeza.

– Tengo la información guardada bajo llave, y la agente que llevó la investigación fue trasladada hace meses. Sólo lo sabíamos ella y yo.

Green sirvió café en dos tazas.

– ¿Qué quieres hacer?

– Aprovechando que tengo aquí a esta amiga tan habilidosa, he pensado que podríamos concluir la investigación.

– No me gusta cómo suena eso -afirmó Cassiopeia.

Green hizo un gesto y dijo:

– Poneos lo que queráis en el café.

– ¿Tú no tomas? -preguntó Stephanie.

– No bebo café.

– Entonces ¿por qué tienes cafetera?

– Porque tengo invitados. -Se detuvo-. De cuando en cuando.

La solidez de Green, su masculina seriedad, dio paso por un instante a una sinceridad juvenil, y a ella le gustó.

– ¿Alguien a quien yo conozca? -se interesó Stephanie.

Green esbozó una sonrisa.

– Eres una cajita de sorpresas -comentó ella.

– Como alguien más a quien todos nosotros conocemos -apuntó Cassiopeia, que bebía sorbos de café.

Green asintió, al parecer satisfecho con el cambio de tema.

– Henrik es un hombre asombroso. Siempre va un paso por delante. Pero ¿y tú, Stephanie? ¿Cómo pretendes cerrar la investigación?

La aludida saboreó el humeante líquido y permitió que un sorbo le calentara la garganta.

– Tenemos que ir a su casa.

– ¿Por qué? -quiso saber Cassiopeia-. Aunque consiguiéramos entrar, seguro que su computador tiene una contraseña.

Stephanie sonrió.

– Eso no es un problema.

Green la miró con cierta curiosidad y no fue capaz de ocultar su sorpresa.

– Ya conoces la contraseña, ¿verdad?

Ella asintió y repuso:

– Es hora de pillar a ese hijo de puta.

Malone entró en el business center del Savoy. El amplio espacio estaba bien equipado, con computadores, faxes y fotocopiadoras. Le dijo al encargado lo que quería y no tardaron en conducirlo hasta un terminal. El importe sería cargado a la habitación de McCollum.

Se disponía a sentarse, pero Pam se lo impidió.

– ¿Te importa? -preguntó ésta.

Malone decidió cederle el honor. Se había percatado de que ella sabía lo que él quería hacer.

– ¿Por qué no? Adelante.

Malone le entregó el papel donde estaba anotado el comienzo de la búsqueda y después se volvió hacia McCollum.

– Dijo que consiguió esto hace poco, ¿no?

– No. No mencioné cuándo. Buen intento, Malone.

– Necesito saberlo, es importante. ¿En los últimos meses?

Su benefactor vaciló y, acto seguido, asintió.

Malone le explicó lo que había deducido.

– Por lo que sé, los Guardianes llevan siglos invitando a gente a la biblioteca. Y deben adaptar la búsqueda a cada época. Apuesto a que incluso la adaptan al invitado. ¿Por qué no personalizarla? Se toman un montón de molestias en todo lo demás, ¿por qué no en esto?

McCollum afirmó con la cabeza.

– Tiene sentido.

Pam pulsó unas teclas.

– La primera parte: «Cuan extraños son los manuscritos, gran viajero de lo desconocido. Aparecen por separado, pero parecen uno a quienes saben que los colores del arco iris se tornan una única luz blanca. ¿Cómo encontrar ese único rayo?» -dijo Malone-. Esto es paja, sólo un modo de decir que hay mucha información. Pero la siguiente: «Es un misterio, pero ve a la capilla que hay junto al Tajo, en Belém, consagrada a nuestro santo patrón.» Por ahí empezaremos.

– Lo tengo -anunció Pam.

Él sonrió. Su ex iba por delante de él, y eso le gustaba.

– He efectuado una búsqueda con Tajo y Belém.

– ¿No es demasiado fácil? -objetó McCollum.

– Los Guardianes no pueden permanecer ajenos al mundo. Internet existe, así que deben dar por sentado que sus invitados la utilizan.

Malone miró la pantalla. El sitio web que Pam había encontrado era de Portugal, una página de viajes y turismo que mencionaba lugares de interés en Lisboa y sus alrededores.