– Tu madre y tu padre van camino de Lisboa.
– ¿De eso iba la llamada que recibió en la habitación?
El danés asintió, y le hizo sonreír la resolución con la que el chaval encaraba las noticias.
– ¿Por qué continúa mamá con él? No dijo que fuera a quedarse cuando llamó la otra noche. No se llevan bien.
– No lo sé. Tendremos que esperar a que uno de los dos vuelva a llamar.
No obstante también él quería saber a toda costa la respuesta a esa pregunta. Más adelante vio el lugar al que se dirigían: un belvedere de mármol rematado por hierro dorado. La balaustrada daba a un lago cristalino, su argéntea superficie era serena y umbrosa.
Entraron en él y el danés se acercó a la balaustrada.
Enormes macetas llenas de flores aromáticas adornaban el interior. Como siempre, Hermann se había asegurado de que todo fuese modélico.
– Alguien viene -informó Gary.
Thorvaldsen no se volvió, no era preciso. La vio mentalmente: baja, regordeta, resoplando mientras caminaba. Mantuvo la mirada fija en el lago y disfrutó del dulce olor de la hierba y las flores.
– ¿Viene deprisa la dama?
– ¿Cómo ha sabido que era una mujer?
– Ya aprenderás que no se puede ganar una contienda si tu enemigo no es predecible en algún aspecto.
– Es la hija del señor Hermann.
El danés siguió admirando el lago, observando a una familia de patos que se dirigía hacia la orilla.
– No le digas nada de nada. Escucha y habla poco. Así descubrirás lo que quieras saber.
Oyó un resonar de pies en el suelo de piedra del belvedere y se giró cuando Margarete estaba cerca.
– En casa me dijeron que vendrías aquí -explicó-. Y me acordé de que éste era uno de tus lugares preferidos.
Él sonrió al ver la evidente satisfacción de la chica.
– Aquí hay intimidad. Está lejos del castillo, y los árboles dan tranquilidad. Me gusta mucho este sitio. Era el favorito de tu madre, si mal no recuerdo.
– Mi padre lo construyó especialmente para ella. Mi madre pasó su último día de vida aquí.
– ¿La echas de menos?
– Murió cuando yo era pequeña, así que no estábamos muy unidas. Pero mi padre sí que la echa de menos.
– ¿No echas de menos a tu madre? -inquirió Gary.
Aunque el chico había infringido la norma, a Thorvaldsen no le importó. Lo cierto es que también él sentía curiosidad.
– Claro que sí, sólo que no estábamos unidas… como madre e hija.
– Parece que te interesan los negocios familiares y la Orden.
Thorvaldsen vio que las ideas desfilaban por su cabeza. La chica había heredado más el tosco aspecto austríaco de su padre que la belleza prusiana de su madre. No era especialmente atractiva: cabello oscuro, ojos castaños y nariz fina y prominente. Pero ¿quién era él para juzgar, teniendo en cuenta su espalda deforme, su cabello greñudo y su curtida piel? Se preguntó si tendría pretendientes, pero decidió que aquella mujer no se daría nunca a nadie: era una interesada.
– Soy el único Hermann que queda. -Y añadió una sonrisa que pretendía ser reconfortante, pero que rezumaba irritación.
– ¿Significa eso que vas a heredar todo esto?
– Claro, ¿por qué no iba a ser así?
Él se encogió de hombros,
– No sé qué piensa tu padre. Sin embargo, me he dado cuenta de que en este mundo no hay nada seguro.
Thorvaldsen vio que a ella no le hacían gracia sus insinuaciones. Sin darle tiempo a reaccionar preguntó:
– ¿Por qué intentó tu padre hacerle daño a este chico?
La repentina pregunta tuvo por respuesta una mirada de desconcierto. A todas luces Margarete tampoco sabía ocultar sus emociones, a diferencia de su padre.
– No sé de qué me hablas.
Él se preguntó si Hermann le habría ocultado sus planes.
– Entonces no tienes idea de lo que está haciendo die Klauen der Adler, ¿no?
– Él no es cosa… -Se contuvo.
– No te preocupes, querida. Estoy al tanto de su existencia. Sólo me preguntaba si lo estabas tú.
– Ese hombre es un problema.
Thorvaldsen supo que ella se hallaba al margen de todo. Daba con facilidad demasiada información.
– No podría estar más de acuerdo. Pero, como tú dices, no es cosa ni tuya ni mía, sino del Círculo.
– Desconocía que los miembros supieran de su existencia.
– Sé muchas cosas. En particular lo que está haciendo tu padre. También eso es un problema.
Ella pareció captar la firmeza de su tono, y su mofletudo rostro esbozó una sonrisa nerviosa.
– No olvides dónde estás, Henrik. Éste es territorio Hermann. Estamos al mando de lo que ocurre aquí, así que no deberías preocuparte.
– Interesante observación. Procuraré no olvidarla.
– Creo que tal vez tú y mi padre debierais seguir con esta conversación. -Dio media vuelta para marcharse, y al hacerlo él se apresuró a levantar un brazo.
De entre los cipreses, cargados con el peso de la edad, salieron tres hombres vestidos con uniforme de camuflaje. Se acercaron corriendo y llegaron justo cuando Margarete salía del belvedere.
Dos de ellos la agarraron, y el tercero le tapó la boca con la mano.
Ella se resistió.
– Henrik -dijo Gary-. ¿Qué hace aquí Jesper?
El tercer hombre era el mayordomo. Por otras visitas, Thorvaldsen sabía -a diferencia de lo que presumía Margarete- que el grueso de la seguridad se hallaba en la casa. Las ciento y pico hectáreas de la propiedad no estaban ni valladas ni controladas.
– Estáte quieta -le dijo a la chica.
Ésta dejó de forcejear.
– Vas a irte con estos caballeros.
Ella sacudió violentamente la cabeza.
El danés contaba con que se resistiera, así que asintió y la mano que cubría su boca fue sustituida por un pañuelo con el suficiente anestésico como para provocar un sueño profundo. Bastaron unos segundos para que los vapores hicieran efecto. Su cuerpo se relajó.
– ¿Qué está haciendo? -preguntó Gary-. ¿Por qué le hace daño?
– No le estoy haciendo daño, pero te aseguro que ellos te lo habrían hecho a ti si tu padre no hubiese actuado. -Se dirigió a Jesper-: Ponla a buen recaudo, como hablamos.
Su empleado asintió. Uno de los hombres se echó el robusto cuerpo de Margarete al hombro y los tres desaparecieron entre los árboles.
– ¿Sabía que iba a venir aquí? -inquirió Gary.
– Como te he dicho, es bueno conocer a tu enemigo.
– ¿Por qué se la lleva?
Al danés le gustaban las lecciones, y echaba de menos enseñar a Cai, su hijo muerto.
– Uno no conduce un coche sin tener seguro. Lo que estamos a punto de hacer también entraña riesgos, y ella es nuestro seguro.
Washington, DC
Stephanie se quedó de piedra: Heather Dixon estaba armada y en guardia. Los ojos de Cassiopeia recorrieron la habitación, y ella supo que su compañera buscaba algo que pudiese servirle de arma.
– ¿Qué ocurre? -oyó que Daley le preguntaba a Dixon.
– La alarma está desconectada, lo que significa que hay alguien aquí.
– ¿No crees que es elucubrar demasiado?
– ¿Conectaste la alarma antes de salir?
Otra vez hubo un silencio. Stephanie supo que estaban atrapadas.
– No lo sé -respondió Paley-. Puede que lo olvidara. No sería la primera vez.
– ¿Y si echo un vistazo para asegurarme?
– No tengo tiempo para que juegues a los soldaditos, y esa arma en tu mano me está poniendo cachondo. Estás muy sexy.
– Qué zalamero estás hoy. Así me sacarás lo que quieras.
Más silencio, seguido de un gemido medio ahogado.
– Cuidado con la cabeza. El chichón me duele.
– ¿Estás bien? -inquirió Daley.
Una cremallera.
– Baja el arma -pidió él.