Aunque las puertas estaban cerradas, McCollum se las ingenió para abrir una gracias a un orificio que había bajo el cerrojo. McCollum utilizó una impresionante navaja que se sacó del bolsillo para abrir el cerrojo, que volvió a correr cuando hubieron entrado. Malone no sabía que McCollum fuese armado. Era imposible que hubiese subido el arma al avión, pero había facturado una pequeña bolsa en el aeropuerto de Londres, que ahora se hallaba en una taquilla del aeropuerto lisboeta. También Malone había dejado la cartera de Haddad en una taquilla de Lisboa. El hecho de que McCollum no mencionara la navaja no hizo más que aumentar las sospechas de Malone.
Tras la puerta, una grada de hierro daba a otro oscuro cubículo. Una puerta en el segundo espacio comunicaba con la iglesia, lo que permitía la entrada al penitente.
Malone había crecido siendo católico y recordaba algo similar, aunque de factura más sencilla, en su iglesia. Nunca había entendido por qué no podía ver al sacerdote que lo absolvía de sus pecados. Cuando lo preguntó, las monjas que le daban clase se limitaron a contestar que era preciso que siempre existiera una separación. Malone acabó aprendiendo que a la Iglesia católica le encantaba decir lo que había que hacer, pero no le gustaba demasiado dar explicaciones, lo cual explicaba en parte por qué él ya no era practicante.
Consultó la esfera luminosa del TAG de Pam. Casi las ocho. Era pronto, pero el lugar ya llevaba cerrado tres horas.
– ¿Se oye algo fuera? -le preguntó en voz queda a McCollum.
– Ni un ruido.
– Vamos -susurró él en la oscuridad-. No tiene sentido que sigamos más aquí.
Oyó que la navaja de McCollum volvía a introducirse y después un chirrido de metal contra metal.
La puerta del confesionario crujió al abrirse.
Malone se puso en pie, aunque tuvo que agacharse debido a la escasa altura del techo. Todos salieron a la galería inferior. El fresco aire nocturno fue muy agradable después de pasar tres horas en lo que no dejaba de ser un armario. Al otro lado del claustro, en las galerías superior e inferior, unas luces emitían una luz tenue, la intrincada tracería que había entre los arcos apenas se veía. Malone se asomó por el arco más cercano y alzó la vista al cielo. La penumbra del umbroso claustro parecía acentuada por la noche sin estrellas.
Fue directo a la escalera que llevaba al coro alto, con la esperanza de que la puerta que daba a la iglesia -la que había usado antes para encontrar el coro desde la nave- continuara abierta.
Le satisfizo descubrir que así era.
La quietud de la nave era sepulcral. Los focos de fuera, que bañaban de luz la fachada externa, dejaban las vidrieras a contraluz. Un puñado de débiles bombillas rompía la densa oscuridad únicamente en el coro bajo.
– Este sitio es distinto de noche -comentó Pam.
Malone asintió. Estaba en guardia. Se dirigió al presbiterio y saltó los cordones de terciopelo. Ya en el altar mayor, subió cinco peldaños y se plantó ante el sagrario.
Se volvió y miró de nuevo el extremo más alejado del coro alto. El iris del rosetón le devolvió la mirada, esta vez privado de la vida que le insuflaba el sol.
McCollum pareció prever lo que él necesitaría y apareció a su lado con una vela y cerillas.
– El candelero, cerca de la pila bautismal. Lo vi antes.
Malone cogió la vela y McCollum encendió la mecha. La acercó al sagrario y escudriñó la imagen de la puerta: la Virgen María estaba sentada con el niño en el regazo, san José tras ella, los tres coronados por halos. Tres barbados, uno arrodillado ante el niño, rendían homenaje. Otros tres hombres, uno -cosa rara- luciendo lo que parecía un yelmo, miraban. Sobre la escena, con las nubes apartadas, brillaba una estrella de cinco puntas.
– Es la Natividad -oyó decir a Pam desde detrás.
Él asintió.
– Eso parece. Los tres reyes magos siguiendo la estrella para adorar al recién nacido rey.
Recordó lo que debían buscar allí, donde la plata se convertía en oro: «Encuentra el lugar de la dirección sin lugar, donde se encuentra otro lugar.»
El acertijo suponía un reto.
– Tenemos que salir de aquí, pero también necesitamos sacarle una foto a esto. Dado que ninguno de nosotros tiene una cámara, ¿alguna sugerencia?
– Después de comprar las entradas fui arriba -dijo McCollum-. Hay una tienda de regalos llena de libros y postales. Seguro que allí encontramos una foto.
– Bien pensado -alabó Malone-. Usted primero.
McCollum subió las escaleras que conducían a la galería superior, satisfecho de haber elegido bien. Cuando Alfred Hermann le encomendó encontrar la biblioteca, su mente no tardó en perfilar el plan definitivo, y la supresión del equipo de vigilancia israelí en Alemania consolidó su proceder.
Hermann jamás habría autorizado que se provocara deliberadamente a los judíos, y habría sido imposible explicar por qué habían sido necesarios esos asesinatos: ni más ni menos que para desequilibrar a la otra parte durante los escasos días que él necesitaba para alcanzar su meta.
Si era posible.
Y podía serlo.
Él nunca habría descifrado la búsqueda del héroe solo, e implicando a otro que no fuera Malone sólo habría conseguido aumentar el riesgo de ser descubierto. Había decidido que convertir a Malone en su supuesto aliado era la única solución viable.
Arriesgado, pero el movimiento había resultado ser muy provechoso. Media búsqueda parecía resuelta.
Llegó a la parte de arriba y entró en la galería, giró a la izquierda y fue directo hacia unas puertas de cristal que estaban fuera de lugar en aquel entorno medieval. Su móvil, que guardaba en el bolsillo del pantalón, había registrado calladamente cuatro llamadas de Alfred Hermann. Se planteó ponerse en contacto con él y calmar el nerviosismo del viejo, pero al cabo determinó que sería una tontería: demasiadas preguntas a las que él podía dar pocas respuestas. Había estudiado la Orden largo y tendido, en particular a Alfred Hermann, y creía conocer sus puntos fuertes y débiles.
Por encima de todo los miembros eran hombres de negocios.
Y antes de exprimir a los israelíes o los saudíes o los americanos, la Orden del Vellocino de Oro tendría que negociar con él.
Y no les saldría barato.
Malone siguió a Pam y McCollum por la galería superior, con su bóveda nervada, admirando el trabajo. Por los retazos que les había oído antes a los guías, la Orden de san Jerónimo, que tomó posesión del monasterio en 1500, era una congregación dedicada a la oración, la contemplación y el pensamiento reformista. Carecían de misión evangélica o pastoral, preferían centrarse en vivir una vida cristiana ejemplar, como su santo patrón, el propio Jerónimo, sobre el cual Malone había leído algo en el libro de Bainbridge Hall.
Se detuvieron ante las puertas de cristal, adaptadas a uno de los elaborados arcos. Al otro lado se encontraba la tienda.
– Seguro que no tiene alarma -aventuró McCollum-. ¿Qué se podría robar? ¿Recuerdos?
Las puertas eran de grueso cristal, con bisagras de metal negras y tiradores cromados.
– Se abren hacia fuera -dijo Malone-. No podemos romperlas de una patada, ese cristal mide más de un centímetro de grosor.
– ¿Por qué no miras a ver si están abiertas? -propuso Pam.
Él asió uno de los pomos y tiró. La puerta se abrió.
– Entiendo por qué tus clientes valoran tu opinión.
– ¿Por qué iban a cerrarlas? -respondió ella-. Este sitio es una fortaleza. Y él tiene razón ¿qué hay que se pueda robar? Las puertas en sí valen más que los artículos.
Malone sonrió al escuchar su lógica. Parte de la hosquedad de su ex había vuelto, pero él se alegraba. Lo mantenía alerta.