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– Muy bien, ya que estamos solos, habla.

– Eres una zorra -escupió Dixon.

– Estupendo. Y ahora ¿podrías ir al grano?

– Lo bueno si breve… -terció Daley-. Hace treinta años George Haddad leía un ejemplar de una gaceta de Arabia Saudí, publicada en Riad, estudiaba la toponimia del oeste de Arabia y la traducía al hebreo antiguo. Por qué lo hacía es algo que desconozco. Es como entretenerse a ver cómo crece la hierba. Sin embargo empezó a darse cuenta de que algunos de los lugares eran bíblicos.

– El hebreo antiguo es un idioma complicado -intervino Cassiopeia-. No tiene vocales. Es difícil de interpretar y está lleno de ambigüedades. Uno ha de saber lo que se hace.

– ¿Eres experta? -inquirió Dixon.

– No.

– Haddad era un experto -aseguró Daley-, y ése es el problema: esos topónimos bíblicos que él observó se concentraban en una franja de unos seiscientos cincuenta kilómetros de largo y ciento sesenta de ancho, en la parte occidental de Arabia Saudí.

– ¿Asir? -preguntó Cassiopeia-. ¿Donde está La Meca?

Daley asintió.

– Haddad se pasó años examinando otros lugares, pero no encontró una concentración similar de topónimos bíblicos en hebreo antiguo en ninguna otra parte del mundo, incluida la propia Palestina.

Stephanie sabía que el Antiguo Testamento era el testimonio de los primeros judíos, así que, si los topónimos del actual oeste de Arabia, traducidos al hebreo antiguo, eran ubicaciones bíblicas. Las implicaciones políticas podían ser enormes.

– ¿Estás diciendo que en Tierra Santa no había judíos?

– Pues claro que no -negó Dixon-. Estábamos allí. Lo único que dice es que Haddad creía que el Antiguo Testamento relataba la vida de los judíos en el oeste de Arabia. Antes de que los judíos se fueran al norte, hasta lo que conocemos como Palestina.

– ¿La Biblia se originó en Arabia? -inquirió Stephanie.

– Es una forma de decirlo -respondió Daley-. Las conclusiones de Haddad se confirmaron cuando empezó a cotejar la geografía. Durante más de un siglo los arqueólogos han intentado encontrar sitios en Palestina que encajen con las descripciones bíblicas, pero nada concuerda. Haddad descubrió que sí se comparan sitios del oeste de Arabia, traducidos al hebreo antiguo, con la geografía bíblica, todos ellos casan.

Stephanie todavía se mostraba escéptica.

– ¿Por qué nadie se ha dado cuenta antes? Seguro que Haddad no es el único que sabe hebreo antiguo.

– Otros se la dieron -replicó Dixon-. Tres, entre 1948 y 2002.

Stephanie captó lo tajante del tono de Dixon.

– Pero tu gobierno se ocupó de ellos, ¿no? ¿Por eso había que eliminar a Haddad?

Dixon no respondió.

Cassiopeia intervino.

– Todo esto viene por la argumentación de que Dios hizo un pacto con Abraham y le entregó Tierra Santa, ¿no? El Génesis afirma que el pacto pasó de Isaac, hijo de Abraham, a los judíos.

– Durante siglos se ha supuesto que la tierra que Dios otorgó a Abraham se halla en lo que conocemos como Palestina -dijo Daley-. Pero ¿y si no fuese así? ¿Y si la tierra que Dios identificó estuviese en otra parte? ¿En algún lugar lejos de Palestina? ¿En el oeste de Arabia?

Cassiopeia soltó una risita.

– Estás chiflado. ¿Quieres decir que el Antiguo Testamento tiene allí sus raíces? ¿En el corazón del Islam? ¿La tierra de los judíos, la que Dios les prometió, incluye La Meca? Hace unos años unos islamistas la armaron gorda en el mundo entero por una viñeta de Mahoma. ¿Te imaginas lo que harían con esto?

Daley parecía impasible.

– Por eso saudíes e israelíes querían muerto a Haddad. Según él, las pruebas de su teoría se encontraban en la desaparecida Biblioteca de Alejandría. Y eso se lo dijo alguien que se hacía llamar Guardián.

– Lo mismo que a los otros tres individuos -aclaró Dixon-. A cada uno de ellos lo visitó un emisario, que se hacía llamar Guardián, que les ofreció la forma de dar con la biblioteca.

– ¿Qué clase de pruebas se podrían encontrar? -quiso saber Stephanie.

Daley empezaba a impacientarse.

– Hace cinco años Haddad les dijo a las autoridades palestinas que creía que se podían utilizar antiguos documentos para confirmar sus conclusiones. Un solo Antiguo Testamento escrito antes de la llegada de Cristo, en su hebreo original, podría resultar decisivo.

En la actualidad no hay ninguno anterior al siglo x. Haddad sabía por otros escritos que se han conservado que en la Biblioteca de Alejandría existían textos bíblicos. Dar con uno de ellos puede que sea la única manera de demostrar su teoría, ya que los saudíes no permitirán que se realicen investigaciones arqueológicas en Asir.

Stephanie recordó lo que Green le contó la madrugada del martes.

– Por eso arrasaron esas aldeas. Tenían miedo. No querían que se encontrase nada.

– Y por eso te quieren muerta -aclaró Dixon-. Te estás entrometiendo en sus asuntos. Y no quieren correr riesgos.

Stephanie contempló el Salón del Espacio. Los cohetes expuestos apuntaban al techo. Colegiales nerviosos correteaban. Ella lanzó una mirada furiosa a Dixon.

– ¿Tu gobierno se cree todo esto?

– Por eso murieron esos tres hombres. Por eso Haddad estuvo en el punto de mira.

Stephanie señaló a Daley.

– Él no es amigo de Israel. Utilizaría cualquier cosa para someter a tu gobierno.

Dixon rompió a reír.

– Stephanie, desvarías.

– No cabe duda de que le mueve eso.

– No tienes ni idea de qué me mueve -le espetó Daley, cada vez más indignado.

– Sé que eres un mentiroso.

Daley la miró con incertidumbre. Casi parecía confuso, lo cual la sorprendió, de manera que preguntó:

– ¿Qué está pasando, Larry?

– Más de lo que tú crees.

53

Lisboa

20:45

Malone entró de nuevo en la tienda, pero con la atención fija en los tres hombres armados que avanzaban por la galería inferior con movimientos disciplinados. Profesionales. Estupendo.

Utilizó momentáneamente como escudo una de las vitrinas de cristal contiguas a la puerta, Pam a su lado, y volvió a asomarse al claustro. McCollum se hallaba agachado tras el mostrador central.

– Ellos están abajo y nosotros arriba. Eso debería darnos unos minutos. La iglesia y las galerías son grandes, les llevará su tiempo registrarlas. ¿Están cerradas ésas? -le preguntó a McCollum mientras señalaba las otras puertas de cristal.

– Me temo que sí. Por ellas se baja y se sale, así que deben de cerrarlas por precaución.

A Malone no le gustó la posición en que se encontraban.

– Tenemos que salir de aquí.

– Cotton -dijo Pam, y él se fijó de nuevo en la galería superior. Uno de los tipos había aparecido por la escalera y empezaba a dirigirse hacia la tienda de regalos.

McCollum se situó tras él y susurró:

– Llévela a la registradora y métanse detrás del mostrador.

Alguien capaz de dispararles en la cabeza a dos hombres y disfrutar después del desayuno se merecía cierto respeto, así que decidió no discutir. Cogió a Pam del brazo y se la llevó hacia el mostrador.

Vio que McCollum empuñaba la navaja.

Los tres expositores se sucedían dejando un hueco en medio lo bastante ancho para que cupiera McCollum. La oscuridad lo protegería, al menos hasta que fuera demasiado tarde para que su víctima pudiera reaccionar.

El tipo armado se acercó más.

Stephanie estaba perdiendo la paciencia con Larry Daley.

– ¿Qué es eso de más-de-lo-que-yo-me-creo?

– En la Administración hay quien quiere demostrar la teoría de Haddad -contestó él.

Ella recordó lo que Daley le había dicho a Brent Green cuando creía que estaban a solas.

– Incluido tú.