Выбрать главу

«28° 41’25” N»

«33° 38’ 26” E»

Malone sabía lo que representaban esos números: «Encuentra el lugar de la dirección sin lugar, donde se encuentra otro lugar.»

– Éste es el otro lugar.

– Coordenadas de GPS -apuntó McCollum.

Él coincidía, pero tenía que ubicarlas sobre el terreno, de manera que encontró un sitio web de mapas e introdujo las coordenadas.

A los pocos segundos apareció un mapa.

Él reconoció la forma en el acto: un triángulo isósceles invertido, una cuña que separaba África de Asia, hogar de una combinación única de montañas y desiertos rodeados por el estrecho golfo de Suez al oeste; el golfo de Aqaba, más estrecho aún, al este; y el mar Rojo al sur: el Sinaí.

Las coordenadas del GPS identificaban un lugar en la región más meridional, en las montañas, cerca del vértice del triángulo invertido.

– Creo que hemos dado con el sitio.

– Y ¿cómo pretende llegar hasta allí? -le planteó McCollum-. Es territorio egipcio, patrullado por Naciones Unidas, cercano a Israel.

Malone echó mano del teléfono.

– No creo que sea un problema.

CUARTA PARTE

57

Viena

22:30

Thorvaldsen estaba sentado en el gran salón del château, pendiente del desarrollo de la asamblea de invierno de la Orden. Él, al igual que los otros miembros, ocupaba una antigua silla dorada. Se encontraban alineados en filas de ocho, el Círculo de cara a ellos, Alfred Hermann en la silla central, sobre ella una seda azul. Todo el mundo parecía tener muchas ganas de hablar, y la discusión no había tardado en centrarse en Oriente Próximo y lo que el comité político había propuesto la primavera anterior. Entonces los planes sólo eran provisionales, pero ahora las cosas habían cambiado. Y no todo el mundo estaba de acuerdo.

Lo cierto es que había más disconformidad de la que esperaba Alfred Hermann. La Silla Azul ya había intervenido dos veces en el debate, lo cual era poco común. Thorvaldsen sabía que, por regla general, Hermann permanecía en silencio.

– Desplazar a los judíos es imposible y ridículo -apuntó uno de los hombres desde las filas. Thorvaldsen lo conocía, era un noruego con intereses en la pesca en el Atlántico Norte-. El libro de las Crónicas deja claro que Dios escogió Jerusalén y santificó allí el templo. Conozco la Biblia. En Reyes se asegura que Dios le dio a Salomón una tribu para que David lo adorara en Jerusalén, la ciudad que Él mismo había elegido. La restitución del moderno Israel no fue un accidente. Muchos creen que medió la inspiración divina.

Otros miembros se sumaron a la observación con pasajes de la Biblia extraídos de las Crónicas y los Salmos.

– ¿Y si lo que citáis es falso?

La pregunta vino de la cabecera del salón. Hermann se puso en pie.

– ¿Recordáis cuándo se creó el Estado de Israel?

Nadie respondió.

– El 14 de mayo de 1948, a las cuatro y treinta y dos de la tarde. David Ben Gurión, que se hallaba en el Museo de Tel Aviv, dijo que «en virtud del derecho natural e histórico del pueblo judío» quedaba constituido el Estado de Israel.

– El profeta Isaías escribió que «una nación nace toda de una vez» -observó uno de los miembros-. Dios mantuvo su promesa, el pacto de Abraham, y a los judíos les fue devuelta su tierra.

– Y ¿cómo sabemos de la existencia de este pacto? -inquirió Hermann-. Sólo por una fuente: el Antiguo Testamento. Muchos de vosotros habéis recurrido hoy a ese texto. Ben Gurión habló del «derecho natural e histórico del pueblo judío». También él se refería al Antiguo Testamento, que es la única prueba de ese derecho divino. Sin embargo su autenticidad es bastante dudosa.

Los ojos de Thorvaldsen recorrieron la estancia.

– Si yo tuviese documentos con décadas de antigüedad traducidos de vuestros respectivos idiomas por gente que lleva muerta mucho tiempo y que ni siquiera hablaba vuestra lengua, ¿no cuestionaríais su autenticidad? ¿No querríais más pruebas que una traducción no contrastada ni autentificada? -Hermann hizo una pausa-. Sin embargo, hemos aceptado el Antiguo Testamento como la incuestionable Palabra de Dios. Su texto acabó dando forma al Nuevo Testamento, y sus palabras aún tienen consecuencias geopolíticas.

Los presentes parecían esperar a que Hermann finalizara su argumentación.

– Hace siete años un hombre llamado George Haddad, un palestino estudioso de la Biblia, escribió un artículo que publicó la Universidad de Beirut. En él postulaba que el Antiguo Testamento, tal y como estaba traducido, era erróneo.

– Menuda premisa -espetó otro miembro, una mujer corpulenta, que se levantó-. Yo me tomo la Palabra de Dios más en serio que usted.

Hermann parecía divertido.

– ¿De veras? ¿Qué sabe usted de esa Palabra de Dios? ¿Conoce su historia? ¿A su autor? ¿A su traductor? Esas palabras fueron escritas hace miles de años, por escribas desconocidos, en hebreo antiguo, una lengua que lleva más de dos mil años muerta. ¿Qué sabe usted del hebreo antiguo?

La mujer no dijo nada, y Hermann asintió.

– Su falta de conocimiento es comprensible. Se trataba de un idioma en el que la importancia de las palabras se transmitía más por el contexto que por la grafía. La misma palabra podía tener, y de hecho tenía, distintos significados, dependiendo de cómo se utilizara. Los eruditos judíos no tradujeron esas palabras al hebreo de su época hasta siglos después de que se escribiera por primera vez el Antiguo Testamento, y no obstante esos eruditos ni siquiera hablaban hebreo antiguo. Simplemente interpretaron el significado o, peor aún, cambiaron el significado. Después pasaron siglos, y más estudiosos, esta vez cristianos, tradujeron las palabras de nuevo. Tampoco ellos hablaban hebreo antiguo, de manera que también interpretaron. Con el debido respeto a sus creencias, de la Palabra de Dios no sabemos nada.

– Usted no tiene fe -aseveró la mujer.

– En esto, no, ya que nada tiene que ver con Dios. Es la obra del hombre.

– ¿Qué opinaba Haddad? -preguntó un hombre, el tono evidenciaba su interés.

– Postulaba, y no se equivocaba, que la primera vez que se contaron las historias del pacto que Dios hizo con Abraham, los judíos ya habitaban la Tierra Prometida, la actual Palestina. Naturalmente esto sucedió muchos, muchos siglos después de que se efectuara la supuesta promesa. Según el relato bíblico, la Tierra Prometida se extendía desde el río de Egipto hasta el Eufrates. Se dan muchos nombres, pero cuando Haddad cotejó los topónimos bíblicos, traducidos al hebreo antiguo, con ubicaciones actuales, descubrió algo extraordinario. -Hermann se detuvo, satisfecho consigo mismo-. Tanto la Tierra Prometida de Moisés como la tierra de Abraham se hallaban en el oeste de Arabia Saudí, en la región de Asir.

– ¿Donde está La Meca? -preguntó alguien.

Hermann asintió, y Thorvaldsen vio que muchos de los miembros captaban de inmediato lo que aquello significaba.

– Eso es imposible -afirmó uno.

– Lo cierto es que os lo puedo demostrar -contestó Hermann.

A una señal suya, una pantalla bajó de un soporte instalado en el techo y apareció un proyector. Instantes después vieron un mapa del oeste de Arabia Saudí, el mar Rojo serpenteando a lo largo de una costa dentada. Una escala métrica mostraba que la zona medía aproximadamente cuatrocientos kilómetros de largo y trescientos de ancho. Hacia el este, a un centenar de kilómetros de la costa, se extendían regiones montañosas que se allanaban en los bordes del desierto Arábigo, en la zona central.

– Sabía que entre vosotros habría escépticos. -Hermann sonrió mientras una risita nerviosa se extendía por la asamblea-. Esto es Asir en la actualidad. -Hizo un nuevo gesto y la pantalla cambió.