»Si se proyectan en el mapa los límites de la Tierra Prometida bíblica, sirviéndonos de los lugares que George Haddad identificó, la línea discontinua perfila la tierra de Abraham, y la continua la tierra de Moisés. Las ubicaciones bíblicas en hebreo antiguo casan perfectamente con ríos, poblaciones y montañas de esta región. Muchas incluso conservan el nombre en hebreo antiguo, adaptado al árabe, como es natural. Preguntaos, ¿por qué nunca se han encontrado en Palestina pruebas paleográficas ni arqueológicas que confirmen los lugares bíblicos? La respuesta es sencilla: porque esos lugares no están allí. Se hallan a cientos de kilómetros al sur, en Arabia Saudí.
– ¿Y por qué nadie se ha dado cuenta antes?
Thorvaldsen agradeció la pregunta, ya que él había estado pensando en lo mismo.
– Sólo queda viva una media docena de estudiosos que de verdad entienden el hebreo antiguo. Por lo visto ninguno de ellos, aparte de Haddad, era lo bastante curioso para investigar. Sin embargo, con el objeto de asegurarme, hace tres años contraté a uno de esos expertos para que corroborara los descubrimientos de Haddad. Y así lo hizo, hasta el último detalle.
– ¿Podemos hablar con su experto? -preguntó un miembro.
– Por desgracia era anciano y falleció el año pasado.
Lo más probable es que lo ayudaran a irse a la tumba, pensó Thorvaldsen. A Hermann sólo le faltaba que un segundo erudito enredara más las cosas.
– Pero tengo un informe detallado por escrito que se puede examinar. Resulta bastante convincente.
En la pantalla surgió otra imagen, un segundo mapa de la región de Asir.
– Éste es un ejemplo que demuestra la teoría de Haddad. En Jueces, 18, la tribu israelita de Dan se establece en la aldea de Lais, en la región del mismo nombre. La Biblia dice que esa aldea estaba próxima a otra llamada Sidón. Cerca de Sidón se encontraba la ciudad fortificada de Sora. Historiadores cristianos del siglo iv de nuestra era identificaron Dan con una aldea situada en la cabecera del río Jordán. En 1838 un equipo inspeccionó y encontró un montículo del que declararon era lo que quedaba de la bíblica Dan. En la actualidad ese sitio es la ubicación aceptada de Dan. Incluso existe un asentamiento israelí moderno, llamado Dan, que se alza en ese mismo sitio hoy en día.
Thorvaldsen se percató de que Hermann parecía disfrutar, como si llevase mucho tiempo preparándose para ese instante. Pero se preguntó si su imprevista jugada con Margarete no habría acelerado los planes de su anfitrión.
– Los arqueólogos se han pasado los últimos cuarenta años investigando el montículo y no han encontrado una sola prueba que confirme que ése es el bíblico Dan. -Hermann hizo un gesto y la pantalla cambió otra vez. En el mapa aparecieron unos nombres-. Esto es lo que Haddad descubrió: la bíblica Dan se puede identificar fácilmente con una aldea del oeste de Arabia llamada al-Danadina, que se encuentra en una región costera llamada al-Lith, cuya población principal también se llama al-Lith. Traducido, ese nombre es idéntico a la palabra bíblica Lais. Y, además, en la actualidad, cerca de ella hay un pueblo llamado Sidón. Más cerca incluso de al-Danadina se halla al-Sur, que, traducido, es Sora.
Thorvaldsen tenía que admitir que las coincidencias geográficas eran intrigantes. Se quitó sus gafas de montura al aire y se llevó la mano al caballete de la nariz, pensando mientras se lo frotaba.
– Y existen más correlaciones topográficas. En el segundo libro de Samuel, 24, 6, la aldea de Dan se encontraba cerca de una tierra llamada Tahtim. En Palestina no hay ningún lugar con ese nombre, pero en el oeste de Arabia la aldea de al-Danadina se halla próxima a una cordillera costera llamada Yabal Tahyatayn, que es la forma árabe de Tahtim. No puede ser accidental. Haddad escribió que si los arqueólogos excavaran en esta zona encontrarían pruebas para sustentar la presencia de un antiguo asentamiento judío. Pero eso nunca ha ocurrido, ya que los saudíes prohíben tajantemente cavar. A decir verdad, hace cinco años, cuando se enfrentaban a una posible amenaza procedente de las eruditas conclusiones de Haddad, los saudíes arrasaron algunas aldeas de esa zona, haciendo que resulte casi imposible encontrar pruebas arqueológicas definitivas.
Thorvaldsen notó que, a medida que la asamblea prestaba más atención, Hermann cobraba más confianza en sí mismo.
– Y hay más: en todo el Antiguo Testamento, Jordán equivale al hebreo yarden, pero ese nombre no se describe en ningún momento como un río. Lo cierto es que esa palabra significa «descender», un desnivel en el terreno. Sin embargo traducción tras traducción describe el Jordán como un río, y su paso como un suceso trascendental. El palestino río Jordán no es ninguna gran vía fluvial; los habitantes de ambas riberas llevan siglos cruzándolo sin esfuerzo. Pero aquí -señaló en el mapa- se encuentran las grandes montañas del oeste de Arabia, imposibles de cruzar salvo por unos pocos pasos, y así y todo es difícil. En cada ejemplo del Antiguo Testamento en que se habla del Jordán, la geografía y la historia casan con esta zona de Arabia.
– ¿El Jordán es una cadena montañosa?
– Ninguna otra traducción del hebreo antiguo tiene sentido.
El anciano estudió los rostros que lo miraban y añadió:
– Los topónimos se transmiten como si de una tradición sagrada se tratase. En la memoria del pueblo sobreviven nombres antiguos, Haddad descubrió que eso era especialmente cierto en Asir.
– ¿No ha habido descubrimientos que relacionan Palestina con la Biblia?
– Los ha habido, pero ninguno de los hallazgos desenterrados hasta la fecha demuestra nada. La estela moabita, encontrada en 1868, habla de guerras libradas entre Moab e Israel, como se menciona en Reyes. Otro hallazgo que se encontró en el valle del Jordán en 1993 cuenta lo mismo. Sin embargo, ninguno dice que Israel se ubicara en Palestina. Documentos asirios y babilonios refieren conquistas en Israel, pero ninguno indica dónde se hallaba ese Israel. En Reyes se asevera que ejércitos de Israel, Judá y Edom marcharon siete días por un árido desierto, pero el valle tectónico de Palestina, al que se suele considerar ese desierto, se atraviesa en no más de un día y tiene abundante agua.
Ahora las palabras de Hermann fluían con profusión, como si hubiese contenido esas verdades demasiado tiempo.
– No queda un solo resto del templo de Salomón, nunca se ha encontrado nada, aunque en Reyes se asegura que el rey empleó «grandes piedras escogidas para los cimientos de la casa, piedras labradas». ¿Cómo es que no se ha encontrado ninguna? Lo que ha ocurrido es que los estudiosos han permitido que sus ideas preconcebidas influyeran en sus interpretaciones. Querían que Palestina fuese la tierra de los judíos del Antiguo Testamento, así que pusieron los medios. La realidad es muy diferente. La arqueología sí ha demostrado una cosa: que la Palestina del Antiguo Testamento la componían gentes que vivían en aldeas, en su mayoría agricultores primitivos, con escasas muestras de una cultura desarrollada. Era una sociedad rústica, no los extremadamente astutos israelitas de la era postsalomónica. Ése es un hecho científico.
– Pero en Salmos se dice: «La verdad brotará de la tierra.» -argumentó un miembro.
– ¿Qué quiere decir? -quiso saber alguien.
Hermann agradeció la pregunta.
– Independientemente de que los saudíes se negaran a permitir cualquier investigación arqueológica, Haddad pensaba que aún existen pruebas de su teoría. Ahora mismo estamos intentando localizar esas pruebas. Si su teoría se puede corroborar (al menos lo bastante para poner en tela de juicio la validez de las promesas del Antiguo Testamento), pensad en las consecuencias. No sólo Israel, sino también Arabia Saudí, se desestabilizarían. Y todos nos hemos visto perjudicados por la corrupción de ese gobierno. Imaginad lo que harían los musulmanes radicales si su lugar más sagrado es la bíblica patria judía. Sería similar a la Explanada del Templo, en Jerusalén, reclamada por las tres religiones principales. Ese sitio lleva miles de años engendrando discordias. Esta revelación sobre Arabia provocaría el caos.