– ¿Y usted no lo sabía? -le preguntó Stephanie.
Él movió la cabeza en una extraña mezcla de enfado y perplejidad.
– Yo mismo intentaba pillarlo cuando descubrí que tú estabas investigando. Valerte de una buscona… Imaginativo. Mi gente no fue tan creativa. Debo decir que cuando me lo contaron la opinión que tenía de ti cambió.
Stephanie tenía que saber algo.
– ¿Cómo supo que lo estaba haciendo?
– A mis muchachos les encantan los teléfonos y el vídeo, así que escucharon y observaron. Sabíamos lo de las memorias USB, y también conocíamos su escondite, así que sólo estábamos esperando.
– Esa investigación se realizó hace meses. ¿Por qué no hizo nada?
– ¿Por qué no lo hiciste tú?
La respuesta era evidente.
– Yo no puedo despedirlo. Usted, sí.
Daniels apoyó los dos pies en el suelo y se meció en el borde del asiento.
– El escándalo es complicado, Stephanie. Nadie en este país se creería que yo no sabía lo que hacía Daley. Tenía que quitarlo de en medio, pero sin dejar huellas.
– Así que era necesario que lo hiciese el propio Daley -apuntó Cassiopeia.
Daniels la miró.
– Ésa era la mejor forma, pero Larry es especialista en supervivencia. Y he de decir que se le da bien.
– ¿Qué puede utilizar contra usted?
La audacia de Stephanie pareció satisfacerlo en lugar de enfadarlo.
– Aparte de esas comprometedoras fotos mías con una cabra, no mucho.
Ella sonrió.
– Tenía que preguntar.
– Cierto. Ahora entiendo lo que dicen de ti, que puedes ser exasperante. ¿Y si volvemos a mi pregunta, ésa que ninguna de las dos cree que es importante? ¿Por qué quería hablar Brent Green directamente con Cotton?
Ella recordó lo que Daley le había dicho en el museo.
– Daley me dijo que Brent quiere ser el próximo vicepresidente.
– Con lo que llegamos al propósito de esta reunión -Daniels se echó hacia atrás y comenzó a balancearse de nuevo-. Me gusta hacer de bueno de la película, es lo que tiene haber crecido en las montañas de Tennessee. Ése es uno de los motivos por los que me gusta tanto Camp David. Me recuerda a mi casa. Pero ahora es hora de ejercer de presidente. Alguien accedió a nuestros archivos protegidos y consiguió echar un vistazo a la Conexión Alejandría. Después filtraron esa información a dos gobiernos extranjeros, y ahora ambos andan alborotados. Los israelíes están cabreados de veras. Sí, públicamente parece que nos llevamos como el perro y el gato, pero en privado me caen bien esos chicos. Nadie, y quiero decir nadie, va a joder a Israel mientras yo esté de guardia. Por desgracia en mi administración hay quien piensa de otra manera.
A Stephanie le entraron ganas de preguntar quién, pero decidió dejarlo hablar.
– Algo se ha puesto en marcha, y todo empezó cuando se llevaron al hijo de Cotton Malone. Por suerte esos tipos no saben con quién se enfrentan. Él les dará su merecido. Y eso nos permite a nosotros hacer lo que nos interesa. Uno de mis tíos solía decir: «¿Quieres matar serpientes? Es fáciclass="underline" prende fuego a la maleza y espera a que salgan. Entonces podrás aplastarles la cabeza.» Eso es lo que vamos a hacer.
Cassiopeia hizo un gesto negativo.
– Como decía, señor presidente, tiene usted un buen lío. Yo sólo llevo metida en él uno o dos días, pero no tengo ni idea de quién dice la verdad.
– ¿Incluido yo?
Los ojos verde esmeralda de Cassiopeia se entrecerraron.
– Incluido usted.
– Eso está bien. Debería recelar de vosotras. -Su voz sonó sincera-. Pero necesito vuestra ayuda. Por eso te despedí, Stephanie. Necesitabas libertad de movimientos, y ahora la tienes.
– Para hacer ¿qué?
– Dar con mi traidor.
Viena
23:20
Thorvaldsen llevó a Gary de la segunda planta del castillo a la primera. No había sabido más de Alfred Hermann desde la conversación que habían mantenido un rato antes. Gary había pasado la tarde con algunos de los otros invitados. Dos miembros habían acudido con sus hijos adolescentes, y Hermann había dispuesto que cenaran en el invernadero, en la parte posterior de la mansión.
– Ha estado bien -comentó el chico-. Las mariposas se te posan en el plato.
El danés había ido varias veces a la Schmetterlinghaus y también la encontraba fascinante. Incluso se planteaba incorporar una a Christiangade.
– Son unas criaturas extraordinarias que necesitan grandes cuidados.
– Ese sitio era como una selva.
Ninguno de los dos podía dormir. Por lo visto Gary también era un noctámbulo, así que se dirigieron a la biblioteca de la mansión.
Thorvaldsen había oído antes que Hermann tenía intención de reunirse con el comité económico. Las deliberaciones durarían un buen rato, lo cual le daría a él tiempo para leer y prepararse. La asamblea del día siguiente sería decisiva, así que en el debate habría que ser preciso. Todo el mundo se marcharía el domingo, la asamblea nunca se prolongaba. El personal y los comités limitaban las cuestiones a aquellas que requerían el voto colectivo, y a continuación éstas se exponían, discutían y resolvían. De esta forma, los planes de la Orden quedaban fijados durante los meses que faltaban hasta la primavera.
De modo que debía estar preparado.
La oscura biblioteca tenía dos alturas y estaba revestida de relucientes paneles de madera de nogal. Una chimenea de mármol negro, flanqueada por estatuillas barrocas y coronada por un tapiz francés, dominaba una pared. Las tres restantes las recorrían estanterías empotradas del suelo al techo. Un fresco muy realista cubría la estancia de tal modo que daba la impresión de que la biblioteca se abría al cielo.
Una escalera de caracol llevaba hasta las estanterías superiores. Thorvaldsen se agarró a la ornada barandilla de hierro e inició un lento ascenso por los estrechos peldaños.
– ¿Qué hacemos aquí? -preguntó Gary cuando se vieron arriba.
– Quiero leer una cosa.
Conocía el atril de la biblioteca de Hermann, el cual exhibía una magnífica Biblia. El austriaco se jactaba de que la edición era una de las primeras. Thorvaldsen se aproximó al antiguo volumen y admiró sus tapas.
– La Biblia fue el primer libro que salió de la imprenta cuando ésta finalmente se perfeccionó, en el siglo xv. Gutenberg hizo muchas Biblias, y ésta es una de ellas. Como te dije antes, deberías leerla.
Gary miró fijamente el libro, y Thorvaldsen supo que el muchacho no comprendía su importancia, de modo que le explicó:
– Estas palabras cambiaron el curso de la historia de la humanidad, modificaron el desarrollo social del género humano y forjaron sistemas políticos. Éste y el Corán tal vez sean los dos libros más importantes del mundo.
– ¿Cómo pueden ser las palabras tan importantes?
– No se trata sólo de las palabras, Gary, sino de lo que hacemos con ellas. Después de Gutenberg iniciara la impresión a gran escala, los libros se difundieron rápidamente. No eran baratos, pero para el año 1500 sí habituales. Tener más acceso a la información trajo consigo un debate más fundamentado, una crítica de la autoridad más generalizada. La información cambió el mundo, lo convirtió en un lugar distinto. -Señaló la Biblia-. Y este libro lo cambió todo.
Abrió con cuidado la cubierta.
– ¿Qué idioma es ése? -preguntó Gary.
– Latín.
El danés echó una ojeada al índice.
– ¿Lo entiende?
Él sonrió al percibir el tono de incredulidad.
– Me lo enseñaron de pequeño. -Le dio unos golpecitos al muchacho en el pecho-. Tú también deberías aprenderlo.
– Si lo hiciera ¿para qué me serviría?
– En primer lugar para leer esta Biblia. -Señaló el índice-. Treinta y nueve libros. Los judíos veneran los cinco primeros: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Relatan la historia del antiguo pueblo de Israel desde la creación del mundo hasta la entrega a Moisés de las Tablas de la Ley en el Sinaí, pasando por el diluvio universal, el éxodo de Egipto y la travesía por el desierto. Toda una epopeya.