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Él sabía que esos escritos significaban mucho para los judíos, al igual que la siguiente división, los profetas -Josué, Jueces, Samuel y Reyes-, que referían la historia de los israelitas desde el paso del río Jordán hasta la conquista de Canaán, el auge y la caída de sus numerosos reinos y su derrota a manos de los asirios y los babilonios.

– Estos libros nos cuentan la historia del pueblo de Israel durante miles de años antes de Cristo -le dijo a Gary-. Eran un pueblo cuyo destino iba ligado directamente a Dios y a las promesas que éste hizo.

– Pero eso fue hace mucho tiempo, ¿no?

Thorvaldsen asintió.

– Hace cuatro mil años. Sin embargo, árabes y judíos luchan desde hace siglos para intentar demostrar su verdad.

Hojeó despacio el Génesis y dio con el pasaje que había ido a analizar:

– «Dijo Yavé a Abram: “Alza tus ojos, y desde el lugar donde estás mira al norte y al mediodía, al oriente y al occidente. Toda esa tierra que ves te la daré yo a ti y a tu descendencia para siempre”» -Hizo una pausa-. Estas palabras le han costado la vida a millones de personas.

Releyó de nuevo en silencio las cinco palabras más importantes.

– ¿De qué se trata? -preguntó Gary.

Él clavó la vista en el chico. ¿Cuántas veces le había preguntado Caí eso mismo? Su hijo había aprendido latín, leído la Biblia y practicado su religión. Era un buen muchacho, pero terminó siendo víctima de la violencia sin sentido.

– La verdad es importante -respondió, más para sí que para Gary.

«Desde el lugar donde estás.»

– ¿Ha sabido algo de mi padre? -quiso saber Gary.

Él lo miró y negó con la cabeza.

– Nada. Ha ido a buscar algo muy parecido a lo que nos rodea: una biblioteca, una que podría encerrar la clave para entender estas palabras bíblicas.

Un alboroto en la parte de abajo captó su atención. La puerta de la biblioteca se abrió, y se oyeron voces. Reconoció una. Era la de Alfred Hermann.

Thorvaldsen hizo una señal y ambos retrocedieron hasta donde las estanterías superiores se veían interrumpidas por el hueco de una ventana. La parte inferior estaba débilmente iluminada por varias lámparas distintas; la galería de arriba, por focos encastrados en el techo. Le indicó a Gary que no hiciera ruido, y el muchacho asintió.

El danés aguzó el oído. El otro hombre hablaba en inglés. Era americano.

– Esto es importante, Alfred. A decir verdad, es más que importante, es vital.

– Me hago cargo de tu situación -respondió Hermann-, pero no es más vital que lo nuestro.

– Malone va camino del Sinaí. Dijiste que no pasaría nada.

– Y así es. ¿Te apetece un coñac?

– ¿Intentas tranquilizarme?

– Intento servirte un coñac.

Thorvaldsen le dijo a Gary que no se moviera mientras él salía del hueco para echar un vistazo al otro lado de la ornada barandilla de hierro. Abajo estaba Alfred Hermann con una licorera, y a su lado había un hombre más joven, de cincuenta y pocos años, vestido con un traje oscuro, la cabeza coronada por una poblada mata de cabello rubio. Iba bien afeitado, el rostro vigoroso, angelical; perfecto para un retratista o un actor.

Lo cual no se alejaba mucho de la realidad.

Thorvaldsen conocía a ese hombre. Era el vicepresidente de Estados Unidos.

61

Camp David, Maryland

Stephanie asimiló las palabras del presidente.

– ¿Cómo que su traidor?

Daniels la miró con inquietud.

– Alguien de este gobierno me está fastidiando: llevan a cabo sus propias políticas, promueven sus propios objetivos, y piensan que soy demasiado vago, patético o idiota para darme cuenta. Bueno, no hace falta ser un genio para saber quién es el cabecilla: mi presuntamente leal vicepresidente, un capullo ambicioso.

– Señor presidente… -empezó a decir Stephanie.

– Vaya, otra novedad, «señor presidente». Puede que nuestra relación esté avanzando.

– Abrigaba mis dudas respecto a usted y a esta administración.

– Ése es el problema con los burócratas de carrera. Nosotros, los políticos, vamos y venimos, pero vosotros seguís y seguís, lo que significa que tenéis con qué comparar. Por desgracia para mí, Stephanie, resulta que esta vez tienes razón: estoy rodeado de traidores. Mi vicepresidente quiere mi puesto tan desesperadamente que no puede soportarlo. Y para conseguirlo está dispuesto a hacer un trato con el diablo. -Daniels se detuvo, y ella no interrumpió el hilo de sus pensamientos-. La Orden del Vellocino de Oro.

¿Había oído bien?

– Está allí, en este momento, reuniéndose con su líder, un hombre llamado Alfred Hermann.

Stephanie había subestimado a Danny Daniels; igual que a Brent Green. Ambos hombres estaban bastante informados. Cassiopeia se balanceaba en su mecedora, pero ella veía que escuchaba con atención. Le contó a Cassiopeia lo que sabía de la Orden.

– Mi padre era miembro -comentó ella.

No lo había mencionado antes, cuando habían estado hablando.

– Durante muchos años él y Henrik asistieron a sus asambleas. Yo decidí no ingresar en ella a su muerte.

– Bien hecho -alabó Daniels-. Se ha relacionado a ese grupo con diversas inestabilidades a escala mundial. Y son buenos, no dejan huellas. Claro que las figuras clave suelen terminar muertas. Como cualquier banda que se precie, cuentan con un brazo ejecutor, un hombre llamado Las Garras del Águila. Típico de los europeos: un mercenario con un nombre grandilocuente. Ellos son quienes se llevaron al hijo de Malone.

– ¿Y lo dice ahora?

– Sí, Stephanie, ahora. Una de las prerrogativas de ser el líder del mundo libre es que puedo hacer básicamente lo que me venga en gana. -Le dirigió una mirada escrutadora-. Están pasando muchas cosas. Deprisa y en varios frentes. He hecho cuanto he podido, dadas las circunstancias.

Ella lo obligó a rebobinar.

– ¿Qué está haciendo el vicepresidente con la Silla Azul?

– ¿«Silla Azul»? Me alegra ver que también tú estás informada. Eso esperaba. El vicepresidente está vendiendo su alma. Ante todo, la Orden va tras la Biblioteca de Alejandría. Busca probar una teoría, y aunque yo pensaba que toda esa historia era de lo más rara, por lo visto tiene bastante enjundia.

– ¿Qué dicen los israelíes? -se interesó Cassiopeia.

– No quieren que se encuentre nada. Punto. Que las cosas sigan como hasta ahora. Al parecer la Orden lleva décadas presi0nando a la casa real saudí y ahora ha decidido darle un giro al asunto: sacar de quicio a judíos y árabes. La verdad es que la jugada no es mala. Todo el mundo sabe que nosotros hemos hecho lo mismo.

Pero esto va a ir a más. Los fanáticos son impredecibles, ya sean árabes, israelíes o -hizo una pausa- americanos.

– ¿Qué quiere que haga? -preguntó Stephanie.

– Deja que te diga algo más que no sabes: Cotton hizo una segunda llamada a Green. Necesitaba un favor, así que Green aprobó un transporte aéreo militar para Malone, su ex mujer y un tercer hombre con rumbo al Sinaí, imagínate. En este momento van para allá. Nosotros suponemos que ese tercer hombre es el sicario contratado por la Orden. Malone también le pidió a Green que comprobara una identidad, cosa que, dicho sea de paso, el fiscal general pasó por alto. Así que la comprobamos nosotros. El nombre que Cotton dio fue James McCollum. La descripción no encaja, pero había un tipo llamado así que estuvo en el Ejército, en las fuerzas especiales, y ahora es un mercenario independiente. Parece que tiene el currículo perfecto para trabajar para la Orden, ¿no?