Выбрать главу

– ¿Cómo entró en contacto con Malone? -preguntó Cassiopeia.

Daniels sacudió la cabeza.

– No lo sé, pero me alegro de que sea Cotton quien está con él. Por desgracia no podemos hacer nada para ayudarlo.

– Podríamos contactar por radio con el transporte -sugirió Cassiopeia.

El presidente hizo un gesto negativo.

– Imposible. No podemos permitir que nadie sepa que estamos enterados. Quiero a mis traidores. Y para cogerlos hemos de guardar silencio.

– Y los candidatos son Larry Daley y Brent Green -concluyó Stephanie.

Daniels ladeó la cabeza.

– El ganador del concurso se llevará un viaje con todos los gastos pagados a una prisión federal. Después de recibir una patada mía en el culo. -Acto seguido pareció recuperar la costumbre de mandar-. Vosotras dos sois todo lo que tengo para dar con la respuesta a la pregunta del día. No puedo involucrar a ningún otro servicio por razones obvias. Permití que todo esto se pusiera en marcha para que tuvieseis una oportunidad. Stephanie, sabía que ibas por Daley, pero por suerte no hiciste nada. Ahora hemos de averiguar la verdad.

– ¿Cree que el fiscal general está implicado? -inquirió Cassiopeia.

– No tengo ni idea. Brent borda el papel de santurrón» y puede que sea un cristiano meapilas temeroso de Dios, pero también es un hombre que no quiere dejar un cargo con poder e influencia para pasar a ser la imagen consultiva de un bufete de abogados de Washington. Por eso ha permanecido en mi segundo mandato. Caray, todo el mundo abandonó el barco, mejoró su currículo con su experiencia en el gobierno y sacó tajada de sus contactos. Menos Brent.

Stephanie sintió la necesidad de decir:

– Me contó que fue él quien filtró la Conexión Alejandría porque buscaba al traidor.

– Es posible que lo hiciera. No lo sé. Lo que sí sé es que mi viceconsejero de seguridad nacional ha estado sobornando al Congreso, mi vicepresidente conspira con uno de los hombres más ricos del mundo, y dos naciones de Oriente Próximo, que por lo general se desprecian, están colaborando para impedir que se encuentre una biblioteca que tiene más de dos mil años de antigüedad. Te parece un buen resumen, ¿Stephanie?

– Sí, señor presidente. Nos hacemos una idea.

– Pues encontrad a mi traidor.

– ¿Alguna sugerencia?

Él sonrió al oír la resuelta pregunta.

– Lo he estado pensando bien. Vamos a comer algo. Luego vosotras dos dormiréis un rato, parecéis rendidas. Aquí podéis descansar con tranquilidad.

– Esto no puede esperar a mañana -objetó ella.

– Es preciso. ¿Sabes cómo se prepara una buena sémola? Impidiendo que cueza. Se deja hacer poco a poco en la cazuela, con la tapa puesta y el fuego bajo. Eso es lo que hace que un cereal basto sea una delicia. Dejemos estar esto unas cuantas horas y os diré lo que tengo en mente.

62

Viena

Thorvaldsen mantuvo el oído atento a la conversación que se desarrollaba abajo. El hecho de que el vicepresidente norteamericano se encontrase allí, en el château de Hermann, planteaba multitud de posibilidades nuevas. Miró deprisa a Gary y se llevó un dedo a los labios, dándole a entender que continuara callado.

Debajo se oyó un tintineo de copas.

– Por nuestra amistad -brindó Hermann.

– Eso es lo que me gusta de ti, Alfred, la lealtad. Algo que escasea en los tiempos que corren.

– Quizá tu superior opine lo mismo.

El otro soltó una risita.

– Daniels es un idiota. Tiene una visión simplista de la vida y el mundo.

– Y ¿tú dirías que eres leal?

– Completamente. He sufrido a Danny Daniels cinco años enteros. Hice lo que quería, sonreí, lo defendí, me llevé algunos palos por él. Pero ya no aguanto más. Ni los americanos tampoco.

– Espero que ese tiempo no fuera una pérdida.

– Estos años he estado formando coaliciones, haciendo amigos, apaciguando a enemigos. Tengo todo lo que necesito…

– Salvo dinero.

– Yo no diría tanto. He recibido generosas aportaciones para poner en marcha las cosas. Mis amigos árabes están siendo muy generosos.

– La Orden también sabe apreciar a quienes le muestran su apoyo. Tu presidente no ha sido muy benévolo con los negocios internacionales. Parece que le gustan los aranceles, las restricciones comerciales, la trasparencia bancaria.

– Ése es otro gran problema. Te aseguro que hay muchos en Washington que opinan de forma distinta a Daniels.

Los sonidos que llegaron de la parte inferior indicaron que los dos hombres se habían sentado. Thorvaldsen se acercó aún más a la barandilla. Hermann ocupaba una silla, y el vicepresidente uno de los sofás. Ambos tenían una copa en la mano.

– Israel intenta averiguar qué está pasando -informó el vicepresidente.

– Lo sé -repuso Hermann-. Tengo un colaborador que, mientras nosotros hablamos, se está ocupando de eso.

– Mi jefe de gabinete me dijo que en Alemania ha desaparecido un equipo de vigilancia israelí y que en Rothenburg encontraron muerto a uno de sus funcionarios de Asuntos Exteriores, del que se sospechaba que vendía información. Enviaron a Londres unos ejecutores. Curiosamente Tel Aviv quería que lo supiéramos.

– Nuevamente, amigo mío, estoy al tanto.

– Entonces sin duda sabrás que uno de nuestros ex agentes, Cotton Malone, va camino del Sinaí con su ex mujer y otro hombre.

Por toda respuesta obtuvo silencio.

– Sentíamos curiosidad -prosiguió el vicepresidente-, así que sacamos las huellas del otro tipo de una barandilla que tocó cuando subía al avión militar en Lisboa. Es un americano: James McCollum. ¿Lo conoces?

– Alias Dominick Sabre. Trabaja para nosotros.

– Y, como eres mi amigo, Alfred, voy a decirte con todo respeto que eres un mentiroso de mierda. Lo he visto en tus ojos: no sabías que tu hombre iba al Sinaí.

Otra pausa.

– No se le exige que me mantenga informado. Los resultados son lo único que importa.

– Entonces dime, ¿qué está haciendo con Cotton Malone? ¿Va en busca de esa biblioteca?

– Has dicho el Sinaí. Sin duda, por la ubicación, es posible. Se encuentra lo bastante cerca de Alejandría para poder transportar los manuscritos en la antigüedad, y además está aislado. Allí ya existían rutas comerciales tanto antes como después de Cristo. Los faraones minaron la tierra en busca de cobre y turquesas. Egipto conocía bien el Sinaí.

– Y tú conoces la historia.

– El conocimiento es bueno. Sobre todo aquí.

– Alfred, éste no es ningún ejercicio intelectual. Lo que intento es cambiar de raíz la política exterior norteamericana. Daniels y yo nos hemos peleado por ello. Ahora puedo hacer algo al respecto. Es hora de que les mostremos a los árabes la misma consideración que siempre le hemos tenido a Israel. Y al igual que tú con tu sicario, también a mí me interesan únicamente los resultados. Tú y tus adláteres queréis beneficios; yo quiero estar al mando.

– Y nosotros queremos que consigas ese cargo.

– En tal caso dime, Alfred, ¿cuándo va a morir el presidente de Estados Unidos?

Un escalofrío recorrió la corva espalda de Thorvaldsen cuando éste oyó las palabras del vicepresidente.

– Parece que empieza a gustarte la idea -observó Hermann.

– Me has convencido.

– Y está organizado -aseguró Hermann-. El inesperado viaje de Daniels a Kabul tendrá un final espectacular.

– Cuando esté en el aire haré que lo confirmen todo por la vía de la que hemos hablado -dijo el vicepresidente-. Sale este próximo jueves. Sólo lo saben cuatro personas: él, yo y nuestros respectivos jefes de gabinete. Ni siquiera el presidente afgano sabe que va. Se le comunicará justo antes de que aterrice. La idea es que sea una maniobra de los servicios de comunicación y prensa de la Casa Blanca. Se trata de dar un empujón a los votos con un viaje para animar a las tropas.