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– ¿De verdad te crees todo eso?

Hermann sopesó si decir más. Las cosas avanzaban deprisa, y aquel hombre, que pronto sería presidente, tenía que comprender la situación. Se puso en pie.

– Deja que te enseñe algo.

A Thorvaldsen lo invadió la preocupación en el mismo instante en que Alfred Hermann se levantó de la silla y dejó en la mesa su copa. Se arriesgó a mirar de nuevo abajo y vio que el austríaco echaba a andar por el piso de madera noble hacia la escalera de caracol, el vicepresidente tras él. Inspeccionó deprisa la pasarela superior y descubrió que no había otra forma de bajar que la escalerilla. Más huecos de ventana interrumpían las estanterías de las tres paredes restantes, pero era imposible que él y Gary pudiesen refugiarse en ellos.

Los descubrirían en el acto.

Sin embargo Hermann y el vicepresidente rodearon la escalera y se detuvieron ante una vitrina de cristal.

Hermann señaló la iluminada vitrina. Dentro había un antiguo códice, la tapa de madera picada como si la hubiesen atacado los insectos.

– Se trata de un manuscrito también del siglo iv, un tratado sobre primeras enseñanzas religiosas escrito por san Agustín. Mi padre lo adquirió hace décadas. Carece de relevancia histórica (existen copias), pero es impresionante.

Apretó un botón camuflado como uno de los tornillos de acero inoxidable. Por un eje situado en una esquina separó del resto el tercio superior del expositor. En los dos tercios inferiores descansaban nueve hojas de quebradizo papiro.

– Éstas, en cambio, son muy valiosas. También las compró mi padre, hace decenios, a la misma persona que le vendió el códice. Algunas las escribió Eusebius Hieronymus Sophronius, que vivió en los siglos iv y v. Un gran padre de la Iglesia. Tradujo la Biblia del hebreo al latín vulgar, que recibió el nombre de la Vulgata, la cual terminó siendo la versión definitiva. La historia lo llama por otro nombre: san Jerónimo.

– Eres un hombre extraño, Alfred. Te estimulan las cosas más raras. ¿Qué importancia podrían tener hoy esas páginas viejas y arrugadas?

– Te aseguro que poseen gran relevancia. La suficiente para cambiar nuestra forma de pensar, tal vez. Algunas también las escribió san Agustín. Éstas son cartas entre san Jerónimo y san Agustín.

Vio que aquello seguía sin impresionar al norteamericano.

– ¿Tenían correo por aquel entonces?

– Una forma primitiva: los viajeros llevaban y traían mensajes. Algunos de los mejores testimonios de esa época se encuentran en la correspondencia.

– Vaya, qué interesante.

Hermann fue al grano.

– ¿Alguna vez te has preguntado cómo nació la Biblia?

– La verdad es que no.

– ¿Y si todo fuese una mentira?

– Es cuestión de fe, Alfred. ¿Qué importancia tiene?

– Mucha. ¿Y si los padres de la Iglesia, hombres como san Jerónimo y san Agustín, que forjaron el pensamiento religioso, decidieron cambiar las cosas? No olvides la época: cuatrocientos años después de Cristo, mucho después de que Constantino hiciera oficial la religión cristiana, en un tiempo en que la iglesia surgía y eliminaba filosofías contrarias a sus enseñanzas. Justo entonces iniciaba su andadura el Nuevo Testamento, varios evangelios reunidos que conformaban un mensaje unificado: principalmente que Dios era bueno y compasivo, y que Cristo había llegado. Pero estaba el Antiguo Testamento, el que utilizaban los judíos. Los cristianos querían que también formara parte de su religión. Por suerte para esos primeros padres de la iglesia, los textos del Antiguo Testamento eran escasos, y todos ellos estaban escritos en hebreo antiguo.

– Pero has dicho que ese san Jerónimo tradujo la Biblia al latín.

– Ahí quería llegar. -Metió la mano en la vitrina y sacó una de las curtidas páginas-. Éstas están en latín vulgar, la lengua más conocida en tiempos de san Jerónimo. -Bajo los pergaminos había unas hojas mecanografiadas. Las extrajo-. Mandé traducir las cartas. A tres expertos distintos, para asegurarme. Quiero leerte algo. Creo que así entenderás a qué me refiero.

»Soy consciente del talento que es necesario para persuadir al orgulloso de cuan grande es la virtud de la humildad, la cual nos eleva, no mediante la arrogancia humana, sino mediante la gracia divina. Nuestro cometido consiste en garantizar que el espíritu humano se enaltezca y el mensaje se transmita con claridad a través de las palabras de Cristo. Tu sabiduría, que me fue ofrecida cuando comencé con este cometido, ha resultado acertada. Esta obra en la que trabajo será la primera interpretación de las antiguas Escrituras en una lengua al alcance de casi todos. Parece lógico que exista una relación entre el antiguo texto y el nuevo, y se me antoja contraproducente que las Escrituras entren en conflicto; ello sólo colocaría la filosofía judía en una posición superior, ya que su existencia es muy anterior a nuestra fe. Desde la última vez que hablamos he hecho más progresos en el antiguo texto. Avanzar es muy complicado con tantos dobles sentidos. Una vez más solicito tu consejo sobre un punto crítico: en el antiguo texto Jerusalén es la ciudad sagrada. La palabra yeruwshalaim se utiliza a menudo para identificar su ubicación, sin embargo he reparado en que en ninguna parte del texto antiguo se usa ìyir yeruwshalayimi que claramente significa “ciudad de Jerusalén”. Permíteme que ejemplifique el problema. En hebreo, en Reyes, Yavé dice a Salomón: “Jerusalén, la ciudad/capital que yo he elegido en él.” Más adelante Yavé afirma: “Para que la ciudad en Jerusalén, que guarda la memoria de David ante mí, la ciudad que yo he elegido para poner allí mi nombre, sea preservada.” Hermano, ¿ves el dilema? El antiguo texto habla de Jerusalén no como una ciudad, sino como un territorio. Siempre se trata de “la ciudad en Jerusalén”, no Jerusalén en sí. A decir verdad, Samuel habla de ella como si fuese una región cuando en hebreo dice: “El rey se dirigió con su gente a Jerusalén, contra los jebuseos que habitaban la tierra.” Le he estado dando vueltas a la traducción con la esperanza de descubrir algún error, pero en hebreo guarda la coherencia en todo momento. La palabra yeruwshalaim, Jerusalén, siempre hace referencia a un lugar que comprende distintas ciudades, no a una sola ciudad llamada así.

Hermann dejó de leer y miró al vicepresidente.

– San Jerónimo le escribió esto a san Agustín cuando traducía el Antiguo Testamento del hebreo al latín. Deja que te lea lo que san Agustín le escribió a san Jerónimo en un momento determinado.

Dio con otra de las traducciones.

– Docto hermano, tu labor parece a un tiempo ardua y gloriosa. Cuan extraordinario ha de ser revelar lo que hace tanto tiempo recogieron los escribas, y todo con la divina guía de nuestro glorioso Señor. Sin duda eres consciente de las dificultades que todos soportamos en estos tiempos tan peligrosos. Los dioses paganos se van apagando, y el mensaje de Cristo florece. Sus palabras de paz, misericordia y amor suenan a verdad. Muchos están descubriendo nuestro nuevo mensaje sencillamente porque se encuentra disponible, lo cual hace que tu esfuerzo por dotar de vida a las antiguas palabras resulte tanto más importante. Tus cartas explicaban claramente el problema al que te enfrentas. Sin embargo, el futuro de esta Iglesia, de nuestro Dios, recae en nosotros. Adaptar el mensaje del antiguo texto al del nuevo no es ningún pecado. Como decías, las palabras poseen tantos dobles sentidos que, ¿quién puede decir cuál es el correcto? Ciertamente ni tú ni yo. Me pides consejo, de modo que te lo daré: haz que las viejas palabras sean fieles a las nuevas, ya que si las viejas son distintas de las nuevas nos arriesgaremos a confundir a los fieles y avivar el fuego de las discordias, el mismo que nuestros numerosos enemigos no dejan de alimentar. El tuyo es un gran cometido. Que todos puedan leer las antiguas palabras significará mucho. Eruditos y rabinos dejarán de tener el control de tan importante texto. Así que, hermano, trabaja con ahínco y siéntete bien sabiendo que tienes en tus manos la obra del Señor.