Thorvaldsen dejó de leer.
Ante sí tenía a dos padres de la iglesia, tal vez los más brillantes de todos, planteándose cómo manipular la traducción del Antiguo Testamento. Era evidente que san Jerónimo tenía conocimiento de un manuscrito escrito en el hebreo original y había observado errores en la traducción al griego. San Agustín sabía de Herodoto y Estrabón, el primero conocido como «el padre de la historia»; el segundo, de la geografía. Uno griego, el otro romano. Hombres que vivieron en siglos distintos y básicamente cambiaron el mundo. La Geografía de Estrabón aún se conservaba y se la consideraba uno de los textos antiguos más preciosos, un libro que daba a conocer el mundo y su época, pero su Historia había desaparecido.
No existía ningún ejemplar.
Sin embargo san Agustín lo había leído.
En la Biblioteca de Alejandría.
– ¿Qué significa todo esto? -preguntó Gary.
– Mucho.
Si la Iglesia de los primeros tiempos había falseado la traducción del Antiguo Testamento, adaptando sus palabras a sus propósitos, las implicaciones podían ser catastróficas.
Hermann tenía razón: sin duda los cristianos tomarían parte en la lucha. Su cerebro daba vueltas a lo que planeaba el austríaco. Sabía por conversaciones que habían mantenido a lo largo de los años que él no era creyente. Para Hermann la religión era un instrumento político, y la fe un apoyo para los débiles. Disfrutaría sobremanera viendo a las tres religiones principales combatir las implicaciones de que el Antiguo Testamento que conocían estaba lleno de falsedades.
Las páginas que Thorvaldsen sostenía eran muy valiosas. Formaban parte de las pruebas de Hermann. Pero éste necesitaría más, razón por la cual tenía tanta importancia la Biblioteca de Alejandría. Si seguía en pie, quizá fuese la única fuente capaz de arrojar luz sobre el asunto. Sin embargo, eso era problema de Malone, dado que por lo visto iba camino del Sinaí.
Le deseó buena suerte a su amigo.
Luego estaba el presidente de Estados Unidos. Habían planeado su muerte para el próximo jueves.
Y ése era problema de Thorvaldsen.
Sacó el móvil de un bolsillo y marcó un número.
Península del Sinaí
Malone despertó a Pam, que se incorporó en el asiento y se quitó los tapones de los oídos.
– Hemos llegado -le anunció.
Ella se sacudió el sueño y se animó.
– ¿Estamos aterrizando?
– Hemos llegado -repitió él, haciéndose oír por encima del rugido del motor.
– ¿Cuánto tiempo he estado fuera de combate?
– Unas horas.
Ella se levantó, el paracaídas aún a la espalda. El Hércules daba sacudidas y se abría paso por el aire de la mañana.
– ¿Cuánto falta para aterrizar?
– Saldremos en breve. ¿Has comido algo?
– Imposible, tenía el estómago en la garganta. Pero por fin se ha asentado.
– Bebe un poco de agua. -Le señaló la botella.
Ella la abrió y dio unos sorbos.
– Esto es como ir en un furgón.
Malone sonrió.
– Es una buena forma de definirlo.
– ¿Solías volar en estos chismes?
– Sí.
– Tu trabajo era duro.
Era la primera vez que hacía un reconocimiento semejante de su antiguo empleo.
– Yo me lo busqué.
– Estoy empezando a entender. Sigo alucinada con lo del reloj. Qué idiota fui al pensar que le gustaba a ese tipo.
– Puede que fuera así.
– Claro. Me utilizó, Cotton.
La confesión pareció dolorosa.
– Utilizar a la gente forma parte de esto. -Hizo una pausa y añadió-: Una parte que nunca me gustó.
Ella bebió más agua.
– Yo te utilicé, Cotton.
Era cierto, lo había hecho.
– Debí contarte lo de Gary, pero no lo hice. Así que ¿quién soy yo para juzgar a nadie?
No era el momento de mantener esa charla, pero Malone vio que ella estaba afectada por todo lo que había sucedido.
– No te agobies. Acabemos con esto y después ya hablaremos.
– No me agobio, sólo quería que supieras lo que sentía.
Eso también era una novedad.
En la parte de atrás del avión un molesto chirrido acompañó la apertura de la rampa posterior. El viento se coló en la zona de carga.
– ¿Qué ocurre? -preguntó ella.
– Tienen cosas que hacer. Recuerda que nosotros venimos de paquete. Ve hacia allí y detente donde está el jefe de carga.
– ¿Por que?
– Porque nos lo han pedido. Yo voy contigo.
– ¿Cómo está nuestro amigo? -preguntó ella.
– Tenemos que vigilarlo.
Malone la vio dirigirse a popa y, acto seguido, fue al mamparo opuesto y le dijo a McCollum:
– Hora de irnos.
Malone se había fijado en que McCollum los había visto hablar.
– ¿Lo sabe?
– Todavía no.
– Es un poco cruel, ¿no?
– No si la conociera.
McCollum meneó la cabeza.
– Recuérdeme que no lo cabree.
– Un buen consejo, sí.
Vio que el otro captaba el mensaje.
– Claro, Malone. Sólo soy el tipo que le salvó el pellejo.
– Que es por lo que está aquí.
– Muy generoso por su parte, considerando que tengo el texto de la búsqueda.
Malone cogió la mochila en la que había metido lo que le dejó George Haddad y el libro de san Jerónimo, que había recuperado del aeropuerto antes de dejar Lisboa. Se afianzó el bulto al pecho.
– Y yo tengo esto, así que estamos iguales.
McCollum también llevaba cosas que quizá necesitaran: agua, raciones, un GPS. Según el mapa había una aldea a unos cinco kilómetros de donde se dirigían. Si no encontraban nada, podían ir hasta allí y dar con la forma de recorrer los treinta kilómetros que la separaba de un aeropuerto, cerca del monte de Moisés y el monasterio de Santa Catalina, ambos populares focos turísticos.
Se pusieron las gafas y el casco, y enfilaron a popa.
– ¿Qué están haciendo? -preguntó Pam cuando Malone se acercó.
Había que reconocer que el uniforme le sentaba bien.
– Tienen que realizar una operación con paracaídas.
– ¿Con esta carga? ¿La van a dejar caer en alguna parte?
En esas ocasiones la velocidad descendía a 120 nudos, si no recordaba mal, y el morro se inclinaba hacia arriba.
Le puso a Pam un casco y le cerró a toda prisa la correa del cuello.
– ¿Qué haces? -La confusión teñía su voz.
Tras colocarle unas gafas Malone contestó:
– Han bajado la rampa posterior. Todos tenemos que hacer esto, por seguridad.
Malone comprobó sus arneses y se aseguró de que las cuatro correas estuviesen unidas al mosquetón. Antes se había cerciorado del estado de las suyas. Después se enganchó a la línea estática e hizo lo propio con Pam.
Vio que McCollum ya se había enganchado.
– ¿Cómo vamos a aterrizar con esta rampa abierta? -chilló ella.