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Keith vio una pequeña posibilidad.

– ¿O sea que cree en el infierno?

– Supongo. Creo que después de morir vamos todos a algún sitio, y no me imagino que sea el mismo para usted y para mí. ¿Usted sí, pastor? Vaya, me he pasado casi toda la vida en la cárcel, y le aseguro que hay un tipo de humanidad que es subhumano. Es gente que nace mala. Son hombres crueles, desalmados y locos, a los que es imposible ayudar. A algún sitio malo tienen que ir cuando se mueran.

La ironía era casi cómica: un asesino confeso y violador en serie condenando a los hombres violentos.

– ¿En su casa había una Biblia? -preguntó Keith, procurando no entrar en el tema de los crímenes abyectos.

– Yo nunca vi ninguna. Libros tampoco es que viera muchos. Me crié con porno, pastor, el que me daba el tío Chett, y el que tenía Darrell debajo de su cama. Mis lecturas infantiles no van más allá.

– ¿Cree usted en Dios?

– Mire, pastor, no pienso hablar de Dios, Jesús, la salvación y todo eso. En la cárcel lo oía sin parar. Muchos, cuando los encierran, se exasperan y empiezan a darle mamporros a la Biblia. Supongo que algunos lo hacen en serio, pero también queda muy bien en las vistas para la condicional. La verdad es que yo nunca me he tragado eso.

– ¿Está preparado para la muerte, Travis?

Se produjo una pausa.

– Mire, pastor, tengo cuarenta y cuatro años y mi vida ha sido un enorme choque de trenes. Estoy cansado de vivir en la cárcel. Estoy cansado de vivir con la culpa de lo que he hecho. Estoy cansado de oír las voces lastimeras de las personas a quienes he hecho daño. Estoy cansado de mucha mierda, ¿de acuerdo, pastor? Y perdone que hable tan mal. Estoy cansado de ser un degenerado que vive al margen de la sociedad. Estoy tan harto de todo… Estoy orgulloso de mi tumor, ¿queda claro? Aunque parezca mentira, cuando no me parte el cráneo me gusta, el condenado. Me dice lo que me queda por delante. Tengo los días contados, y eso no me preocupa. Así no le haré daño a nadie más. Nadie me echará en falta, pastor. Sin el tumor, me tomaría un frasco de pastillas y una botella de vodka y me iría flotando para siempre. Puede que aún lo haga.

En eso quedó la aguda conversación sobre el tema de la fe. Pasaron quince kilómetros.

– ¿De qué le gustaría hablar, Travis? -dijo Keith.

– De nada. Solo quiero estar aquí, sentado, mirando la carretera sin pensar en nada.

– Me parece perfecto. ¿Tiene hambre?

– No, gracias.

Robbie salió de su casa a las cinco de la mañana, y dio un rodeo para ir al bufete. Tenía la ventanilla del coche bajada, para poder oler el humo. Ya hacía tiempo que habían apagado el incendio, pero el olor a madera recién chamuscada flotaba sobre Slone como una densa nube. No había viento. En el centro de la ciudad, policías nerviosos cerraban calles y desviaban el tráfico hacia la Primera Iglesia Baptista. Robbie solo pudo atisbar sus ruinas humeantes, iluminadas por el parpadeo de las luces de los vehículos de bomberos y de rescate. Fue por calles secundarias, y al aparcar en la antigua estación de tren y salir del coche el olor seguía tan punzante y fresco como antes. Al despertarse, todo Slone se encontraría con el ominoso vapor de un sospechoso incendio; y la pregunta sería obvia: ¿habrá más?

Fueron llegando sus empleados, todos faltos de sueño y con muchas ganas de ver si el día se apartaba drásticamente de la dirección en la que iba. Se congregaron en la sala principal de reuniones, en torno a la mesa larga, que aún estaba cubierta por los restos de la noche anterior. Carlos recogió las cajas de pizza vacías y las botellas de cerveza, mientras Samantha Thomas servía café y bagels. Robbie, que se esforzaba por mostrarse animado, les reprodujo su conversación con Fred Pryor sobre la grabación furtiva del club de strippers. Pryor aún no había llegado.

Empezó a sonar el teléfono. Nadie quería cogerlo. Todavía no había llegado la recepcionista.

– Que alguien active el «No Molesten» -dijo Robbie de malas maneras.

El teléfono dejó de sonar.

Aaron Rey iba de sala en sala, mirando por las ventanas. El televisor estaba encendido, pero sin volumen.

Bonnie entró en la sala de reuniones.

– Robbie -dijo-, acabo de escuchar los mensajes telefónicos de las últimas seis horas. Nada importante, solo un par de amenazas de muerte y uno o dos paletos felices de que por fin haya llegado el gran día.

– ¿Ninguna llamada del gobernador? -preguntó Robbie.

– Todavía no.

– Qué sorpresa. Seguro que le ha costado dormir, como a nosotros.

Con el tiempo, Keith enmarcó la multa por exceso de velocidad, gracias a la cual siempre sabría exactamente qué había hecho el martes 8 de noviembre de 2007 a las seis menos diez de la mañana. La ubicación no estaba clara, porque no había ninguna población a la vista; solo un tramo largo y vacío de la interestatal 35 al norte de Ardmore, Oklahoma.

El policía estaba escondido entre unos árboles de la mediana. Nada más verlo, y tras echar un vistazo al indicador de velocidad, Keith supo que tenía problemas. Pisó el freno, redujo considerablemente la velocidad y esperó unos segundos.

– Mierda -dijo Boyette cuando aparecieron las luces azules.

– No sea malhablado.

Keith pisó a fondo el freno y se apresuró a arrimarse al arcén.

– Eso es lo último que debería preocuparle. ¿Qué le va a decir?

– Que lo siento.

– ¿Y si pregunta qué estaba haciendo?

– Ir por la carretera; puede que un poco demasiado deprisa, pero no pasa nada.

– Creo que voy a decirle que me estoy saltando la condicional, y que usted me ayuda a fugarme.

– Vale ya, Travis.

A decir verdad, Travis parecía exactamente el tipo de personaje capaz de saltarse la condicional. Como salido de un casting. Keith paró el coche, apagó el motor y se levantó el alzacuellos, verificando que su visibilidad fuera máxima.

– Usted ni palabra, Travis -dijo-. Déjeme hablar a mí.

Mientras esperaban a un policía muy calmoso y resuelto, Keith logró divertirse a sí mismo admitiendo que estaba al lado de la carretera, practicando no una sino dos actividades delictivas, y que por alguna razón inconcebible había elegido como cómplice a un violador en serie y asesino. Miró a Travis.

– ¿Se podría tapar el tatuaje? -le preguntó.

Lo tenía en la parte izquierda del cuello: un diseño en espiral que solo un anormal podía entender y llevar con orgullo.

– ¿Y si le gustan los tatuajes? -dijo Travis, sin el menor ademán de tocarse el cuello de la camisa.

El policía se acercó con precaución, con una linterna larga.

– Buenos días -dijo hoscamente aunque sin apreciar peligro.

– Buenos días -respondió Keith, levantando la vista.

Le entregó el carnet de conducir, los documentos del coche y la tarjeta del seguro.

– ¿Es usted sacerdote?

Parecía más bien una acusación. Keith dudó que hubiera muchos católicos en el sur de Oklahoma.

– Soy pastor luterano -dijo con una cálida sonrisa, viva imagen de la paz y los buenos modales.

– ¿Luterano? -gruñó el policía, como si eso aún fuera peor que ser católico.

– Sí.

Enfocó el carnet con la linterna.

– Pues iba usted a ciento treinta y seis por hora, reverendo Schroeder.

– Sí, lo siento.

– Aquí el límite está en ciento veinte. ¿Qué prisa tiene?

– La verdad es que ninguna. Es que no me había fijado.

– ¿Adónde va?

Keith tuvo ganas de replicar «¿A usted qué le importa?», pero en vez de eso dijo rápidamente:

– A Dallas.

– En Dallas vive un hijo mío -dijo el policía, como si eso tuviera alguna relevancia.