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Keith bajó la cabeza.

– Ay, Dios mío -dijo.

– No lo dirá en serio, ¿verdad? -preguntó Robbie.

– Yo diría que ahora todo va en serio, señor Flak -contestó Boyette-. ¿No le parece?

– Es la primera vez que se habla de una recompensa -dijo Keith, completamente exasperado.

– Yo tengo mis necesidades -replicó Boyette-. No dispongo de un chavo ni de perspectivas de ganarlo. Lo pregunto por pura curiosidad.

– ¿Pura curiosidad? -repitió Robbie-. Faltan menos de seis horas para la ejecución, y tenemos poquísimas posibilidades de impedirla. Texas está a punto de ejecutar a un inocente, y yo aquí sentado, con el verdadero asesino, que de repente quiere que le paguen por lo que hizo.

– ¿Quién dice que sea el verdadero asesino?

– Usted -soltó Keith-. Me dijo que la había matado, y que sabe dónde está enterrado el cadáver porque lo enterró usted mismo. No juegue con nosotros, Travis.

– Si no recuerdo mal, cuando intentaban encontrarla, el padre de la chica ofreció un buen pellizco; algo así como doscientos mil dólares, ¿no, señor Flak?

– De eso hace nueve años. Si cree que van a pagarle la recompensa, se equivoca del todo.

Robbie midió sus palabras, pero la explosión era inminente.

– ¿Para qué quiere dinero? -preguntó Keith-. Según dijo usted mismo, dentro de unos meses se habrá muerto. El tumor, ¿se acuerda?

– Gracias por recordármelo, pastor.

Robbie fulminó a Boyette con una mirada de odio incontrolado. La verdad era que en aquel momento habría comprometido todos sus bienes a cambio de una buena declaración jurada que explicase la verdad y le permitiera salvar a su cliente. Durante un largo silencio, los tres meditaron sus siguientes pasos. Boyette hizo una mueca y empezó a frotarse el cuero cabelludo. Después se puso una palma en cada sien y apretó con todas sus fuerzas, como si una presión del mundo externo pudiera aliviar la que sentía dentro.

– ¿Le está dando un ataque? -preguntó Keith, sin recibir respuesta-. Es que le dan ataques -dijo a Robbie, como si la explicación sirviera de algo-. Se los alivia la cafeína.

Robbie se levantó de un salto y salió de la sala.

– Quiere dinero, el muy hijo de puta -les dijo a Aaron y a Pryor fuera del despacho.

Fue a la cocina, cogió una cafetera que de fresca no tenía nada, encontró dos vasos de cartón y regresó a su despacho. Sirvió un vaso a Boyette, que estaba doblado por la cintura, con los codos en las rodillas y la cabeza entre las manos, gimiendo.

– Tenga, un poco de café.

Silencio.

– Voy a vomitar -anunció finalmente Boyette-. Necesito estirarme.

– Póngase en el sofá -dijo Robbie, señalando al otro lado de la habitación.

Boyette se levantó con dificultad, y con la ayuda de Keith llegó al sofá, donde se envolvió la cabeza con los brazos y pegó las rodillas al pecho.

– ¿Podría apagar la luz? -pidió-. Se me pasará en un minuto.

– ¡No tenemos tiempo! -dijo Robbie, a punto de perder los estribos.

– Solo un minuto, por favor -suplicó Boyette con patetismo, mientras le temblaba todo el cuerpo y respiraba con dificultad.

Keith y Robbie salieron del despacho y fueron a la sala de reuniones. Pronto se formó todo un grupo. Robbie hizo las presentaciones entre Keith y los demás. Trajeron la comida, que despacharon rápidamente.

Capítulo21

Pasaron a buscar a Donté a las doce del mediodía, ni un minuto antes ni uno después: todo exacto y bien ensayado. Se oyeron golpes en la puerta metálica que tenía a su espalda. Tres impactos fuertes. Estaba hablando con Cedric, pero al saber que era la hora pidió ver a su madre. Roberta estaba detrás de Cedric, de pie, entre Andrea y Marvin: los cuatro cabían a duras penas en aquella salita, y los cuatro lloraban sin hacer el menor esfuerzo por contener las lágrimas. Llevaban cuatro horas mirando el reloj, y ya no quedaba nada por decir. Cedric cambió de sitio con Roberta, que cogió el teléfono y puso la palma sobre el plexiglás. Donté hizo lo mismo por su lado. Sus tres hermanos se abrazaron por detrás de su madre, formando un grupo de cuatro muy unido, con Andrea en medio, a punto de desmayarse.

– Te quiero, mamá -dijo Donté-. Y siento mucho lo que pasa.

– Yo también te quiero, hijo. Y no digas que lo sientes, porque tú no has hecho nada malo.

Donté se pasó una manga por las mejillas.

– Siempre deseé haber salido de la cárcel antes de que se muriera papá. Quería que me viese libre. Quería que supiera que yo no había hecho nada malo.

– Ya lo sabía, Donté. Tu padre nunca dudó de ti. Murió sabiendo que eras inocente. -Roberta se secó la cara con un kleenex-. Yo tampoco he dudado nunca de ti, hijo.

– Ya lo sé. Supongo que a papá voy a verlo muy pronto.

Roberta asintió con la cabeza, pero no fue capaz de contestar. En ese momento se abrió la puerta de detrás de Donté y apareció un celador alto y corpulento. Donté colgó el teléfono, se levantó y puso las dos palmas en el plexiglás. Su familia hizo lo mismo. Después del último abrazo se fue.

Se lo llevaron del ala de visitas, nuevamente con las manos esposadas, y cruzando una serie de puertas de metal que se abrían con un chasquido salieron del edificio a un césped surcado por un zigzag de caminitos. Desde ahí entraron en un ala donde lo condujeron por última vez a su celda. Ahora todo era la última vez, y al sentarse en su catre y mirar fijamente la caja de sus pertenencias, Donté estuvo a punto de convencerse de que irse sería un alivio.

A su familia le dejaron cinco minutos para reponerse. Al salir con ellos de la sala, Ruth les dio un abrazo, y dijo que lo sentía. Ellos le agradecieron su amabilidad.

– ¿Vais para Huntsville? -dijo justo cuando cruzaban una puerta metálica.

Sí, claro que sí.

– Pues igual sería mejor ir tirando. Dicen que podría haber problemas en las carreteras.

Asintieron sin saber muy bien qué contestar. Después pasaron por el control de seguridad del pabellón de entrada, recogieron los carnets de conducir y los bolsos y salieron por última vez de Polunsky.

Los «problemas en las carreteras» mencionados por Ruth eran una conspiración clandestina por Facebook que impulsaban dos alumnos negros de la Universidad Estatal Sam Houston de Huntsville. El nombre en clave era Desvío, y el plan era tan simple y tan inteligente que atrajo a decenas de voluntarios.

En 2000, poco después de que Donté llegase al corredor de la muerte, los reclusos fueron trasladados de Hunstville a Polunsky; fueron trasladados ellos, pero no la cámara de ejecuciones. Durante siete años -y doscientas ejecuciones-, hubo que llevar a los condenados desde Polunsky hasta Huntsville. Se planearon y se pusieron en práctica desplazamientos enrevesados, pero después de unas cuantas decenas de traslados sin emboscadas, ni esfuerzos heroicos por rescatar a los condenados, ni ningún otro indicio sospechoso, las autoridades se dieron cuenta de que no había observadores. En el fondo, aquello no le importaba a nadie. Desde entonces, prescindiendo de complicaciones, se usó la misma ruta para cada traslado: salían de la cárcel a la una del mediodía, giraban a la izquierda por la 350, luego otra vez a la izquierda por la 190 (una carretera de cuatro carriles, con mucho tráfico), y en una hora se acababa el viaje.

A los reclusos los metían en la parte trasera de un furgón sin identificar, rodeados por una cantidad de músculos y de armamento digna de la protección que se dispensa a un presidente; y como escolta, por si acaso, añadían otro furgón idéntico con otra escuadra de vigilantes aburridos, cuya esperanza era encontrar animación.

La última inyección letal la había recibido Michael Richard el 25 de septiembre. Diez estudiantes, todos ellos miembros de la operación Desvío, usaron cinco vehículos y una gran cantidad de teléfonos móviles para rastrear los movimientos de los dos furgones blancos desde Polunsky hasta Huntsville. Los estudiantes no fueron detectados. Nadie sospechaba de ellos. Nadie los buscaba. A principios de noviembre ya tenían ultimado el plan, y sus operativos se morían de ganas de armar bronca.