Quincy se alejó, completamente derrotado.
Después de un sándwich y tres vasos de café, Boyette se encontraba mejor. Estaba sentado delante de la mesa, con la luz encendida y las persianas levantadas. Robbie y Keith lo miraban fijamente. Nadie sonreía. Evidentemente, Boyette había dejado de lado el tema del dinero, al menos por el momento.
– Bueno, y si le cuento qué le pasó a Nicole, ¿a mí qué me pasará? -preguntó, mirando a Robbie.
– Nada, al menos durante mucho tiempo. La policía y los fiscales ya tienen a su hombre. Si esta noche lo matan, nunca se plantearán la posibilidad de acusar a nadie más. En cambio, si Donté consigue un aplazamiento, no estoy seguro de lo que harán, pero tardarán mucho en reconocer que a Nicole la mató otra persona. Se juegan demasiado con su condena injusta.
– ¿O sea que no me detendrán ni hoy, ni mañana, ni pasado mañana?
– Yo de estos payasos no puedo responder, señor Boyette. No sé qué harán. Aquí, por norma general, los policías son tontos, y el detective Kerber es un gilipollas, pero detenerlo a usted sería reconocer que se han equivocado con Donté, y eso no lo harán. Si entrase ahora mismo en la comisaría, jurase sobre la Biblia y les explicase hasta el último detalle del rapto, violación y asesinato, lo tomarían enseguida por un loco. No tienen ningunas ganas de creerlo, señor Boyette. Su confesión los destroza.
El tic y la pausa. Robbie se inclinó y miró a Boyette con cara de enfado.
– Se ha acabado el tiempo, señor Boyette. Quiero oírlo. Dígame la verdad. ¿Mató a la chica?
– Sí, ya se lo dije a Keith: la rapté, la violé durante dos días, la estrangulé y escondí el cadáver.
– ¿Dónde está el cadáver? Le aseguro que encontrarlo evitaría la ejecución. ¿Dónde está?
– En las colinas del sur de Joplin, Missouri. Lejos de todo.
– De aquí a Joplin hay como mínimo cinco horas.
– Más. Yo fui en coche con Nicole.
– O sea que al salir de Texas estaba viva.
El tic y la pausa.
– Sí, la maté en Missouri. De camino la violé.
– ¿Sería posible llamar a las autoridades de Joplin y explicarles cómo encontrar el cadáver?
Boyette logró reírse de aquella insensatez.
– ¿Se cree que soy tonto? ¿Por qué la iba a enterrar donde pudieran encontrarla? Después de tantos años, ni siquiera estoy seguro de poder encontrarla yo.
Robbie, que se lo esperaba, no se inmutó.
– Pues entonces tenemos que tomarle declaración, por vídeo y cuanto antes.
– De acuerdo. Estoy preparado.
Fueron a la sala de reuniones, donde Carlos esperaba con una cámara y una taquígrafa. Pusieron a Boyette en una silla, frente a la cámara. La taquígrafa se sentó a su derecha, y Robbie a su izquierda. La cámara la manejaba Carlos. De golpe aparecieron los otros miembros del bufete -a quienes Robbie quería como testigos- y se sentaron a tres metros, con Keith. De pronto, al mirarlos, Boyette se puso nervioso. Se sentía como si estuviera ante su propia ejecución, con un nutrido público. La taquígrafa le pidió que levantase la mano derecha y jurase decir la verdad. Boyette lo hizo. Robbie empezó con las preguntas. Nombre, lugar de nacimiento, dirección, ocupación, situación actual como preso en libertad condicional y antecedentes penales. Le preguntó si declaraba voluntariamente. No le habían prometido nada. ¿Vivía en Slone en diciembre de 1998? ¿Por qué? ¿Cuánto tiempo?
Las preguntas de Robbie eran amables, pero eficaces. Boyette miraba directamente a la cámara, sin flaquear ni pestañear, como si fuera cogiéndole el gusto. Curiosamente, el tic desapareció.
Háblenos de Nicole.
Tras pensarlo un segundo, se embarcó en su relato: los partidos de fútbol americano, la fascinación por Nicole, la obsesión, el seguimiento y por último el rapto fuera del centro comercial sin un solo testigo. En el suelo de su furgoneta le puso una pistola en la cabeza y la amenazó con matarla si hacía ruido. Después le ató las muñecas y los tobillos con cinta americana. También le puso cinta en la boca. Salió con ella al campo, no sabía muy bien dónde, y después de violarla por primera vez estuvo a punto de dejarla en una zanja, herida pero no muerta. Sin embargo, quiso volver a violarla. Salieron de Slone. Como el móvil del bolso de ella no dejaba de sonar, al final Boyette paró en un puente sobre el Red River, sacó el dinero, la tarjeta y el carnet de conducir y tiró el bolso por el puente. Condujo sin rumbo por el sudeste de Oklahoma. Justo antes del amanecer, cerca de Fort Smith, vio un motel barato donde ya había estado a solas. Pagó una habitación en efectivo e hizo entrar a Nicole sin que la vieran, apuntándola en la cabeza. Volvió a ponerle cinta en las muñecas, los tobillos y la boca, y le dijo que se durmiera. El durmió un par de horas, pero no estaba seguro de que ella hubiera hecho lo mismo. Pasaron un largo día en el motel. Boyette la convenció de que la soltaría si cooperaba, si le daba lo que quería, pero ya sabía la verdad. Después de oscurecer siguieron hacia el norte. El domingo, al salir el sol, estaban al sur de Joplin, en una zona aislada, de bosques densos. Pese a las súplicas de Nicole, la mató. No fue fácil. Ella se resistió mucho, y le hizo sangre con sus arañazos.
Boyette embutió el cadáver en una caja de herramientas grande, y lo enterró. Nunca la encontraría nadie. Después volvió en coche a Slone y se emborrachó.
Robbie tomaba notas. La taquígrafa pulsaba las teclas de su estenotipo. Nadie más se movía. Parecía que nadie respirase.
Concluido su relato, Boyette se quedó en silencio. Su manera distante de contar las cosas, y su dominio del detalle, ponían los pelos de punta. Más tarde, Martha Handler escribió: «Al ver los ojos y la cara de Boyette mientras hablaba de sus crímenes, desaparecía cualquier duda de que estábamos en presencia de un asesino despiadado. Lo que nunca sabremos, y tal vez prefiramos no saber, es la historia de lo que sufrió la pobre chica durante su suplicio».
Robbie, tranquilo, pero también impaciente por llegar al final del testimonio, insistió.
– ¿Hacia qué hora del domingo la mató?
– Casi no había salido el sol. Esperé a poder distinguir las cosas, ver dónde estaba y encontrar el mejor sitio para esconderla.
– ¿Y era el domingo 6 de diciembre de 1998?
– Si usted lo dice… Sí.
– ¿O sea que el sol debió de salir hacia las seis y media?
– Yo diría que sí.
– ¿Y adónde fue al volver a Slone?
– Me fui a mi habitación del Rebel Motor Inn, después de haberme comprado una caja de cervezas con el dinero que le quité a Nicole.
– ¿En el Rebel Motor Inn se emborrachó?
– Sí.
– ¿Cuánto tiempo vivió en Slone después del asesinato?
– No lo sé; puede que un mes y medio. Me detuvieron en enero. Ya tiene usted la ficha. Al salir de la cárcel, me fui.
– Después de matarla, ¿cuándo se enteró de que habían detenido a Donté Drumm?
– Exactamente no lo sé. Lo vi en la tele. Le vi a usted gritar ante las cámaras.
– ¿Qué pensó cuando lo arrestaron?
Boyette sacudió la cabeza.
– Pensé que vaya pandilla de memos. El chico no tenía nada que ver. Se habían equivocado de tipo.
Era el momento perfecto para dejarlo.
– Ya está -dijo Robbie.
Carlos acercó la mano a la cámara.
– ¿Cuánto tardaremos en tener la transcripción? -preguntó Robbie a la taquígrafa.
– Diez minutos.
– Muy bien. Dese prisa.