Robbie se amontonó con los demás en torno a la mesa de reuniones. Hablaron todos a la vez, y por unos instantes Boyette quedó olvidado, aunque Fred Pryor no le quitaba ojo de encima. Boyette pidió agua, y Pryor le dio un botellín. Keith salió a llamar a Dana y Matthew Burns, y a respirar aire fresco, pero el aire no era precisamente refrescante, sino que estaba cargado de humo y de tensión.
Se oyó un fuerte impacto, seguido por un grito: Boyette se había caído de la silla, chocando con el suelo. Se cogió la cabeza y, con las rodillas contra el pecho, empezó a temblar, presa de un ataque. Fred Pryor y Aaron Rey se arrodillaron a su lado sin saber qué hacer. Robbie y los demás formaron un corro y asistieron horrorizados a un ataque tan virulento que parecía hacer temblar el viejo suelo de madera. Hasta se compadecieron de él. Al oír el ruido, Keith se sumó al grupo.
– Necesita un médico -dijo Sammie Thomas.
– ¿Verdad que lleva medicinas, Keith? -preguntó Robbie en voz baja.
– Sí.
– ¿Tú ya lo habías visto alguna vez?
Boyette seguía retorciéndose, entre gruñidos lastimeros.
Seguro que se estaba muriendo. Fred Pryor le daba palmaditas en el brazo.
– Sí-dijo Keith-, hace unas cuatro horas, en alguna parte de Oklahoma. Primero se ha pasado un siglo vomitando, y luego se ha quedado inconsciente.
– ¿Deberíamos llevarlo al hospital? Bueno, Keith, lo digo porque… Quizá se esté muriendo.
– No lo sé, no soy médico. ¿Qué más necesitáis de él?
– Nos hace falta su firma en la declaración, y que lo haga bajo juramento. -Robbie se apartó y llamó a Keith por señas. Hablaron en voz baja-. Luego está el tema de encontrar el cadáver. Esta declaración no garantiza que el tribunal pare la ejecución. El gobernador seguro que no. En todo caso, hay que encontrar el cadáver, y pronto.
– Vamos a ponerlo en el sofá de tu despacho -dijo Keith-, con las luces apagadas. Le daré un calmante. Quizá no se esté muriendo.
– Buena idea.
Era la una y veinte del mediodía.
Capítulo22
El primer viaje en helicóptero de Donté estaba pensado para ser el último. Por cortesía del Departamento de Seguridad Pública de Texas se movía por los aires a ciento cincuenta kilómetros por hora, mil metros por encima de un paisaje ondulado, y no veía el suelo. Estaba encajado entre dos vigilantes, unos chicos recios que miraban muy serios por las ventanillas, como si la operación Desvío pudiera tener en su arsenal uno o dos misiles tierra-aire. Delante había dos pilotos, muchachos de gesto adusto, entusiasmados por tener una misión tan emocionante. Durante el viaje, lleno de ruido y sobresaltos, Donté sintió náuseas; cerró los ojos, apoyó la cabeza en el plástico duro y procuró pensar en algo agradable. Pero no pudo.
Practicó sus últimas palabras, articulándolas en silencio, aunque el estruendo del helicóptero le habría permitido gritarlas sin que nadie se diera cuenta. Pensó en otros reclusos (algunos de ellos amigos, otros enemigos, casi todos culpables, excepto alguno que otro que proclamaba su inocencia), y en cómo habían afrontado la muerte.
El trayecto duró veinte minutos. Cuando el helicóptero aterrizó en la cárcel de Huntsville, en la antigua pista de rodeo, al preso le esperaba un pequeño ejército. Donté, cargado de cadenas y grilletes, prácticamente fue llevado en volandas a una furgoneta por sus celadores. Al cabo de unos minutos, la furgoneta se metió por un camino bordeado de tela metálica, recubierta por un grueso cristal y con una reluciente alambrada en lo alto. Hicieron salir a Donté de la furgoneta y lo acompañaron por una verja y un camino corto que llevaba al pequeño edificio de ladrillo de una planta donde Texas mata a los condenados.
Una vez dentro aguzó la vista, intentando captar lo antes posible su nuevo entorno. A su derecha había ocho celdas, cada una de las cuales desembocaba en un pasillo corto. También había una mesa con varias Biblias, una de ellas en español, y un puñado de guardias que en algunos casos, mientras daban vueltas, hablaban sobre el tiempo, como si en un momento así tuviera alguna importancia. Pusieron a Donté delante de una cámara y lo fotografiaron. Después le quitaron las esposas, y un técnico le informó que a continuación le tomarían las huellas dactilares.
– ¿Por qué? -preguntó él.
– Puro trámite -fue la respuesta.
El técnico le cogió un dedo y lo hizo rodar sobre el tampón.
– No entiendo por qué tienen que tomarle las huellas a un hombre antes de matarlo.
El técnico no contestó.
– Ya lo entiendo -dijo Donté-: quieren asegurarse de que no se equivocan de persona, ¿verdad?
El técnico le mojó otro dedo en la tinta.
– Pues esta vez sí que se han equivocado, se lo aseguro.
Después de tomarle las huellas, se lo llevaron a la celda de detención, una de las ocho que había. Las otras siete no estaban en uso. Donté se sentó al borde del catre, fijándose en lo brillante que estaba el suelo, lo limpias que estaban las sábanas y lo agradable que era la temperatura. Al otro lado de los barrotes, en el pasillo, había varios funcionarios de prisiones. Uno de ellos se acercó a los barrotes.
– Donté -dijo-, soy Ben Jeter, el director de Huntsville.
Donté asintió con la cabeza, pero no se levantó. Siguió mirando fijamente al suelo.
– Nuestro capellán se llama Tommy Powell. Está aquí, y se quedará toda la tarde.
– No necesito capellán -dijo Donté sin levantar la vista.
– Como usted quiera. Ahora escúcheme, porque voy a explicarle cómo funciona todo.
– Creo que ya sé cómo funciona.
– Bueno, pero se lo diré de todos modos.
Tras una serie de discursos, cada uno más estridente que el anterior, la manifestación perdió algo de gas. Delante del juzgado, los negros eran tantos que ocupaban parte de la calle Mayor, cerrada al tráfico. En vista de que nadie más cogía el megáfono, se despertó otra vez el cuerpo de tambores, y la muchedumbre siguió a la música por la calle Mayor, hacia el oeste, entre cánticos, despliegue de carteles y notas de We Shall Overcome. Asumiendo el papel de cabecilla de la marcha, Trey Glover maniobraba su todoterreno por delante de los percusionistas. El rap hacía temblar las tiendas y los bares del centro, cuyos dueños, dependientes y clientes se asomaban a las puertas y los escaparates. ¿Por qué estaban tan indignados los negros? El chico había confesado. Había matado a Nicole, según dijo él mismo. Ojo por ojo.
No hubo conflictos, pero la ciudad parecía a punto de explotar.
Al llegar a Sisk Avenue, Trey y los percusionistas no giraron a la izquierda, sino a la derecha. Girar a la izquierda habría encaminado la manifestación hacia el sur, que era aproximadamente su punto de partida. El giro a la derecha significaba que iban hacia la parte blanca. A pesar de todo, seguían sin verse objetos arrojadizos, y tampoco se oían amenazas. Algunos coches de la policía los seguían a bastante distancia, mientras otros vigilaban la manifestación desde las calles paralelas. Dos manzanas al norte de la calle Mayor, llegaron a la parte residencial más antigua. El ruido hacía salir a la gente a los porches, y lo que veían les hacía entrar de nuevo para ir directamente al armario de las armas. También cogían sus teléfonos para llamar al alcalde y al comisario jefe. Estaban perturbando la paz, eso estaba claro. ¿Qué indignaba tanto a toda aquella gente? El muchacho había confesado. Que hicieran algo.
El parque Civitan era un complejo de campos de baloncesto y softball para jóvenes, a cinco manzanas al norte de la calle Mayor, en Sisk Avenue. Trey Glover decidió que ya habían caminado bastante. La manifestación llegó a su fin, y el ruido de los tambores cesó. Ahora era una reunión, una mezcla volátil de juventud, rabia y la sensación de no tener nada mejor que hacer durante el resto de la tarde y la noche. Un capitán de la policía calculó que había unas mil doscientas personas, casi todas menores de treinta años. La mayoría de los negros de mayor edad habían vuelto a sus casas. Los móviles confirmaron los detalles, y coches llenos de más jóvenes negros salieron hacia el parque Civitan.