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En la otra punta de la ciudad, otra multitud de negros airados asistía al salvamento por parte de las brigadas de bomberos de lo que quedaba de la Iglesia de Dios en Cristo de Mount Sinai. Gracias a la inmediatez de la llamada al 911, y a la rapidez de la respuesta, los daños no eran tan graves como los que había sufrido la Primera Iglesia Baptista, pero el interior del santuario estaba prácticamente destruido. Aunque las llamas se hubieran apagado, seguía saliendo humo por las ventanas, un humo que la ausencia de viento dejaba flotando sobre la ciudad, como otra capa adicional de tensión.

La partida de Reeva hacia Huntsville se grabó, como era de rigor. Invitó a algunos parientes y amigos a otra interpretación desgarradora, y todos pudieron disfrutar de sus llantos ante las cámaras. En ese momento, Sean Fordyce venía en avión desde Florida. Se reunirían en Huntsville para la entrevista previa a la ejecución.

Contando a Wallis, sus otros dos hijos y el hermano Ronnie, formaban un grupo de cinco, lo cual podía ser incómodo para un viaje de tres horas en coche, así que Reeva no solo persuadió a su pastor de que tomase prestada una de las camionetas de la iglesia, sino que además le insinuó que condujera él. Pese a sentirse agotado y emocionalmente sin fuerzas, el hermano Ronnie no estaba en situación de llevar la contraria a Reeva en un momento así, «el día más importante de su vida». En consecuencia, subieron todos y emprendieron el viaje, con el hermano Ronnie al volante de una camioneta de diez plazas en cuyos dos lados se leía en grandes letras primera iglesia baptista de slone, texas. Todos saludaron con la mano a sus amigos y a quienes les deseaban suerte. Todos saludaron a la cámara.

Reeva ya lloraba antes de llegar a las afueras.

Tras un cuarto de hora en el silencio y la penumbra del despacho de Robbie, Boyette, ya recuperado, se quedó en el sofá, aturdido de dolor, todavía con algunos temblores en los pies y las manos.

– Estoy aquí, pastor -dijo cuando Keith miró por la rendija de la puerta-. Aún estoy vivo.

Keith se acercó.

– ¿Cómo se encuentra, Travis? -preguntó.

– Mucho mejor, pastor.

– ¿Puedo ayudarle en algo?

– Un café. Parece que alivia el dolor.

Keith se fue y cerró la puerta. Al encontrarse con Robbie, le informó de que Boyette aún estaba vivo. En esos momentos, la taquígrafa estaba transcribiendo la declaración. Sammie Thomas y los dos técnicos legales, Carlos y Bonnie, pergeñaban a toda prisa una instancia que ya se conocía como «la petición Boyette».

El juez Elias Henry entró en el bufete y fue a la sala de reuniones, pasando junto a la recepcionista.

– Aquí-dijo Robbie.

Llevó al juez a una pequeña biblioteca, cerró la puerta y cogió un mando a distancia.

– Tiene que verlo -dijo.

– ¿Qué es? -preguntó el juez Henry, dejándose caer en una silla.

– Un momento. -Robbie enfocó el mando en la pantalla que había en una pared. Apareció Boyette-. Es el hombre que mató a Nicole Yarber. Lo acabamos de filmar.

El vídeo duraba catorce minutos. Lo miraron en silencio.

– ¿Dónde está? -preguntó el juez Henry cuando la pantalla volvió a quedarse negra.

– En mi despacho, tumbado en el sofá. Tiene un tumor maligno en el cerebro, o eso dice, y se está muriendo. El lunes por la mañana entró en el despacho de un pastor luterano de Topeka, Kansas, y descargó su conciencia. Al principio se resistía, pero al final el pastor ha conseguido que subiera a un coche, y hace un par de horas que han llegado a Slone.

– ¿Lo ha traído el pastor conduciendo hasta aquí?

– Sí. Un momento. -Robbie abrió la puerta y llamó a Keith. Se lo presentó al juez Henry-. Aquí lo tiene -dijo, dándole una palmada en la espalda-. Siéntate. El juez Henry es el juez titular de nuestro distrito. Si hubiera presidido el juicio de Donté Drumm, ahora no estaríamos aquí.

– Mucho gusto en conocerlo -dijo Keith.

– En buena aventura se ha metido, por lo que me han dicho.

Se rió.

– No sé dónde estoy ni qué hago -dijo.

– Pues entonces ha acertado con el bufete -comentó el juez Henry.

Se rieron un momento. Después el buen humor se disipó de golpe.

– ¿Qué le parece? -preguntó Robbie al juez Henry, que se rascó la mejilla.

– La cuestión -dijo después de pensarlo a fondo- es lo que le parecerá al tribunal de apelación. Nunca se sabe. Odian a estos testigos sorpresa que aparecen en el último momento y empiezan a cambiar hechos con diez años de antigüedad. Además, un hombre que ha convertido la violación con agravantes en su modo de vida no tiene muchas posibilidades de que lo tomen en serio. Creo que tenéis pocas posibilidades de conseguir un aplazamiento.

– Es mucho más de lo que teníamos hace dos horas -repuso Robbie.

– ¿Cuándo lo presentarás? Casi son las dos.

– En menos de una hora. Lo que quería preguntarle es si quiere que hablemos a la prensa del señor Boyette. Voy a mandar el vídeo al juzgado y al gobernador. También se lo podría entregar a la tele de aquí, o mandárselo a todas las cadenas de Texas. O mejor aún: organizar una rueda de prensa aquí o en el juzgado, y dejar que todo el mundo escuche cuál es la versión de Boyette.

– ¿De qué serviría?

– Quizá quiero que el mundo se entere de que Texas está a punto de ejecutar a la persona equivocada. Mirad, el asesino es este. Escuchad lo que dice.

– Pero el mundo no puede parar la ejecución. Eso solo está en manos de los tribunales o del gobernador. Yo iría con cuidado, Robbie; ahora mismo el ambiente está muy cargado, y si la gente ve a Boyette responsabilizándose del crimen por la tele, podría saltar todo por los aires.

– Saltará igualmente.

– ¿Quieres una guerra racial?

– Si matan a Donté, sí. No me molestaría una guerra racial. A pequeña escala.

– Vamos, Robbie, eso es jugar con dinamita. Piensa estratégicamente, no emocionalmente; y ten en cuenta que lo que dice ese hombre podría ser mentira. No sería la primera ejecución en la que un farsante se proclama culpable. La prensa no se puede resistir, el loco sale por la tele y todos quedan como tontos.

Robbie daba vueltas: cuatro pasos en una dirección y cuatro en la otra. Estaba inquieto, e incluso frenético, pero mantenía la claridad mental. Sentía una gran admiración por el juez Henry, y era bastante inteligente para saber que en esos momentos necesitaba que lo aconsejaran.

Dentro de la habitación, todo era silencio. Al otro lado de la puerta las voces se oían tensas, y sonaban los teléfonos.

– Supongo que no se podría buscar el cadáver -dijo el juez Henry.

Robbie sacudió la cabeza y cedió la palabra a Keith.

– Ahora no. Hace dos días, creo que el martes, aunque no estoy seguro (tengo la sensación de llevar todo un año viviendo con ese hombre, pero bueno, el martes), dije que la mejor manera de impedir la ejecución era encontrar el cadáver, y Boyette contestó que sería difícil. La enterró hace nueve años en una zona aislada, llena de bosques. También dijo que ha vuelto varias veces a visitarla, aunque no sé muy bien qué significa eso, ni he tenido muchas ganas de averiguarlo, la verdad. Después perdí el contacto con él. Lo estuve buscando sin descanso. Tenía decidido acorralarlo, e insistir en que lo notificásemos a las autoridades, las de aquí y las de Missouri, si es allí donde está enterrada Nicole, pero él no accedió. Después volvimos a perder el contacto. Es un tipo raro, rarísimo. Esta medianoche me ha llamado por teléfono. Yo ya estaba en la cama, profundamente dormido. Me ha dicho que quería venir a contar su historia y parar la ejecución, y me ha parecido que yo no tenía alternativa. Le aseguro que es la primera vez que hago algo así. Ya sé que está mal ayudar a un presidiario a infringir la libertad condicional, pero bueno, qué se le va a hacer. El caso es que hemos salido de Topeka a la una de la madrugada de hoy. Yo le he vuelto a proponer que lo notificásemos a las autoridades, y que empezásemos a buscar el cadáver, como mínimo, pero él se ha cerrado en banda.